III Domingo de Cuaresma

III Domingo de Cuaresma

Mon, 01 Mar 21 Lectio Divina - Year B

En el camino de cuaresma Moisés representa la etapa del Éxodo, de aquella Pascua que fue figura de la cumplida en Jesús y de aquella salida de la esclavitud que profetizó la ascensión de Jesús de este mundo al Padre y de nuestra liberación del pecado y de la muerte. En este ciclo B se comienza la serie de evangelios que anuncian e interpretan el misterio pascual de Jesucristo; así se lee hoy la profecía de Jesús sobre su muerte y resurrección comparando su cuerpo con el templo de Jerusalén de modo que la pascua sea la consagración de un templo espiritual nuevo y definitivo.

Después de los dos primeros domingos de la Cuaresma, donde las escenas de las tentaciones de Jesús y la de la transfiguración, sirvieron de pórtico y nos dieron luces para nuestro camino, entramos en una nueva etapa del itinerario bíblico: la revelación del sentido profundo del misterio pascual. Para esto nos ayuda el evangelista san Juan.

Oración
Espíritu de Dios, dóname un corazón dócil a la escucha.
Arranca de mi pecho el corazón de piedra y dame un corazón de carne,
Para acoger la Palabra y ponerla en práctica; y me deje encontrar de Dios que continuamente me busca.
Espíritu de Dios, haz que yo no ponga obstáculos
A la Palabra que saldrá de la boca de Dios y has que me deje penetrar por la Palabra.
Espíritu de Dios, ayúdame a entender cuánto es sublime conocer a Jesús,
Ayúdame a conocerlo a Él, la potencia de su resurrección, sus sufrimientos.
Ayúdame a descubrir todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia escondidos en Cristo.
Espíritu de Dios, hazme sentir aquí y ahora la presencia de Cristo en medio de nosotros.
Espíritu de Dios, has que yo aprenda el silencio para conservar, como María, la Palabra que me ha dado,
Haz que experimente en mi vida  la presencia amorosa de mi Dios
Y haz que  anuncie a los otros  la grandeza y la profundidad de la riqueza de Cristo. Amén

 

Jesús es el verdadero templo
Los sinópticos sitúan este relato en la última semana de la vida de Jesús (Mc 11, 15-19; Mt 21, 12-17; Lc 19, 46-46). El de Juan es un relato anticipado, por cuanto el hecho en sí mismo supone una actividad previa de Jesús y en su narración todavía no se ha dado. La razón de dicha anticipación es su carácter programático. Juan nos quiere decir, desde el principio, que con Jesús se inaugura un tiempo nuevo en las relaciones del ser humano con Dios. Él reemplaza al templo antiguo y se presenta como el verdadero templo, como el lugar de encuentro de lo divino y de lo humano. Ni los judíos ni los discípulos entienden a Jesús. Su resurrección será la confirmación de sus palabras.
Este es un relato típicamente teológico. Teniendo de base un hecho histórico - la expulsión de los mercaderes del templo y la controversia que ello crea - el evangelista lo ve a la luz de la resurrección y nos transmite un mensaje que va más allá del hecho histórico: Jesús es el verdadero templo, el lugar del encuentro con Dios.

No convirtáis la casa del Padre en un mercado
La actuación de Jesús en el templo de Jerusalén nos pone en guardia frente a posibles ambigüedades, ambivalencias y manipulaciones de lo cultual. Frente al interés por lo sagrado en muchas personas al uso de lo religioso en determinados momentos y situaciones, frente a la atracción por determinadas prácticas de piedad y al acercamiento a los Sacramentos en los momentos más decisivos de la vida (bautismo, primera comunión, …), uno no puede menos que preguntarse: ¿Qué hay tras esa religiosidad? ¿Qué se busca a través de ese culto?, ¿Con qué Dios se encuentran esos hombres y mujeres en el templo?
¿Son nuestras iglesias lugar donde nos encontramos con el Padre de todos que nos urge a preocuparnos por los hermanos, o el lugar donde tratamos de poner a Dios al servicio de nuestros intereses egoístas?  ¿Qué es nuestra Iglesia: la casa del Padre en donde se vive, se celebra y manifiesta a todos la justicia, la verdad y la fraternidad, o un mercado en el que se negocia con lo sagrado, con el culto, con los sentimientos de las personas?
Solo hay una manera de que nuestra Iglesia sea “la casa del Padre”: celebrar un culto que nos comprometa a vivir como hermanos, a practicar la justicia que Dios quiere y construir su Reino.

La pasión por la casa de Dios
El comportamiento de Jesús hace que los discípulos recuerden la frase de las Escrituras: “La pasión por tu casa me consumirá” (Sal 69,10). Tener pasión, celo por algo, es vivirlo apreciarlo y defenderlo como propio, con todo interés e intensidad. Pasión y celo se  tiene por las cosas que se aman, que nos interesan profundamente y en las que nos jugamos mucho. Es sorpresivo como las personas hacemos lo que sea ante determinadas cuestiones que nos parecen vitales o, simplemente, que nos interesa.
Hablar de la casa de Dios no es hablar de las cosas de la Iglesia, aunque estas también sean suyas. Es hablar de sus cosas y de  su causa,  de lo que para él es sagrado. Y para Dios sagrado son las personas, es la vida, la paz, la justicia, las semillas de su Reino que brotan en este mundo. Y no es raro que tengamos más pasión y celo, que nos motiven más, que nos sacrifiquemos más por nuestros intereses personales que por las cosas de Dios.

Templos de Dios
Llama la atención el que Jesús levantara su mano contra los mercaderes y los echara del templo a latigazos. Conocemos palabras suyas sumamente duras; pero acciones violentas no conocemos sino esta expulsión de los vendedores y cambistas que hacían su negocio en la casa de  Dios y con las cosas de Dios.
Por Jesús y en Jesús el creyente se convierte en templo de Dios. De esto fueron muy conscientes los primeros cristianos. San Pablo lo expresó diciendo a sus comunidades: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?” (1 Cor. 3, 16). Y, de hecho, los primeros cristianos no tuvieron templo hasta después de varios siglos. Eran consecuentes, y debemos serlo nosotros, de que la asamblea (ekklesia) es el verdadero templo de Dios.
Toda persona es templo de Dios, porque algo de Dios hay en ella, ya que está hecho a su imagen y semejanza. Hay una prolongación de la encarnación de Cristo en todas las personas, especialmente si están marcadas por la marginación y el sufrimiento. Y sin embargo, son millones los templos-personas profanadas.

¿Quién destruye estos templos? ¿Quiénes son los profanadores y “traficantes” de templos vivos? ¿Son individuos, son organizaciones y estructuras, son sindicatos del crimen, son mafias, son partidos antidemocráticos, son multinacionales del infierno, bendecidas? Ante esta realidad, ¿qué hacemos? No tendremos que encendernos en cólera y levantar como Jesús el látigo de la libertad, de la verdad, de la justicia y del amor?. ¿No tendremos que proclamar, defender y lograr que la gloria de Dios sea que el pobre viva? ¿No tendremos que cambiar nuestra forma de dar culto y de dejarnos devorar por el celo de las cosas/casas de Dios?
Culto a Dios sin defensa de la dignidad de los hombres y mujeres, de todo hombre y de toda mujer, no es un culto a Dios, es convertir la casa de Dios en mercado.

Oración
Respetar y dignificar mi rincón de oración es mi lugar de encuentro con Dios, mi lugar de culto, mi lugar “sagrado”. Cada vez que voy a orar, tomar conciencia de la importancia del lugar, de lo que me aporta, de lo que influye en mi vida.
En mi oración pedir a Dios pasión y celo por todo lo suyo: por la buena noticia, por la vida, por la paz y la justicia, por los pobres y marginados, por un mundo más solidario y una sociedad libre y justa abierta a Dios; por su Reino; por la causa de Jesús; por los que son sus preferidos; por su querer y su voluntad…
Descubrir lo que para mí es sagrado y lo que no lo es. Ver si mis criterios y mi escala de valores se asemejan a los de Jesús. Revalorizar unos hechos, decisiones,  líneas, proyectos, pasos, actitudes… Aprender a elegir y a valorar. Ver por qué hay cosas que me pesan tanto, que me retienen, que me impiden ser libre…
Limpiar mi corazón porque no siempre todo lo que hay dentro de mi manifiesta lo que soy y la gloria de Dios; no siempre todo lo que bulle en mí es justo y digno de Dios…A veces soy como un templo lleno de mercaderes y cambistas que buscan hacer negocio, que compran y venden, que regatean, engañan y hasta espolian… La limpieza, la purificación, la conversión es costosa, y la situación tan aberrante y caótica que se impone el uso del látigo.
Valorar los templos vivos de Dios. Amar, respetar, cuidar, estar atento a las personas y a sus necesidades, sobre todo a las más pobres y necesitadas.  Acercarse a ellas, vivir sus problemas, sus alegrías y angustias, sus fracasos y sus proyectos. Ellas son templos vivos de Dios. Y la gloria de Dios es que todas ellas vivan.