XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Mon, 26 Jul 21 Lectio Divina - Year B

Precioso el texto que la Liturgia nos presenta en este XVIII Domingo del tiempo ordinario. Ya el Domingo pasado se ha interrumpido la lectura del Evangelio de San Marcos, propia del año B para dar paso al capítulo sexto del Evangelio de San Juan, que contiene la multiplicación de los panes y el discurso sobre el “Pan de vida “ (Jn. 6, 25-35).
El discurso del Pan de vida, tal como ahora lo tenemos, revela el genio constructivo del cuarto evangelista de modo parecido a como el sermón de la montaña refleja el género del primer evangelista (Mt.); es una buena oportunidad para profundizar el tema de la fe en Jesús como verdadero Pan de vida.
El saludo de Jesús es poco convencional: Me buscáis no porque habéis visto el signo, es decir, no porque habéis comprendido nada de mí, sino porque comisteis hasta saciaros. En pocas palabras: vuestro estómago está lleno, vuestro corazón vacío. No habéis captado el misterio, la lección, la revelación; os habéis fijado sólo en la utilidad de seguirme para resolver el problema cotidiano de la comida y no el de la salvación.
El trabajo que Dios quiere es la fe. Trabajad por el alimento que perdura: el discurso pronunciado por Jesús en la sinagoga en Cafarnaún, donde la gente lo encontró al día siguiente de la multiplicación de los panes. Aquí Jesús les suelta el gran sermón, hermosa y honda catequesis sobre el Pan de Vida. Estas palabras tienen hondura, cada una tiene luz fosforescente, por la cantidad de cosas que ilumina y evoca. Tal es el típico lenguaje de Juan. Es suficiente recordar algunas palabras claves de revelación de Jesús en lo que Él es y en lo que es para nosotros.

En una primera revelación se designa a sí mismo como el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios, a quien el Padre ha marcado con su sello. Y volviendo al tema del Pan se entabla la polémica. Ahora ofendidos los que habían sido saciados, le preguntan: “Y qué signos vemos que haces tú para que creamos en ti". Y recuerdan el maná que sus padres comieron en el desierto, detalle que ante el pueblo avaló a Moisés como profeta enviado por Dios. Pero Jesús puntualiza que fue Dios su Padre, y no Moisés, quien dio a Israel ese alimento material y perecedero. Por eso ahora les da de nuevo el Pan verdadero y definitivo, prefigurado en el maná: el Pan de Dios que baja del cielo y da vida al mundo. Ya está entablada la relación y la trascendencia: entre Dios y Moisés, entre Jesús y el jefe de Israel. Entre el maná la misteriosa comida de la que habla la primera lectura parece recalcar el paralelismo, y el nuevo Pan que el Padre da. Que no es pan, sino una persona: Él, Jesús, el Pan verdadero, bajado del cielo, que da la vida al mundo, vida eterna.
Es impresionante esta revelación de Jesús, con ese solemne “ Yo Soy “  que nos lleva hasta la Palabra "Yahvé" y se disuelve en esa alusión en algo tan fundamental como el pan, alimento base, signo de subsistencia, con la alusión a la vida: "Yo soy el Pan de Vida".
Jesús es ese pan de vida sellado por el Padre con la marca de la divinidad y entregado al hombre. Ese debe responder con la fe a la iniciativa y gratuidad amorosa de Dios, por eso el trabajo y la obra que Dios quiere de nosotros es que creamos en Cristo, su Hijo y enviado (v. 29).
Entonces la gente preguntó al Señor: ¿Cómo podremos ocuparnos en “los trabajos” que Dios quiere? Ellos entenderían bajo esta expresión las obras pías y buenas que debían hacer para salvarse según la orientación de los maestros de la ley Mosaica: oraciones, ayunos, limosnas, diezmos, ritos, purificaciones, etc.
Pero Jesús declara que la obra que Dios quiere, “el trabajo que Dios quiere” es creer en su propio Enviado, es decir, en Él mismo. Así la fe es gracia y don de Dios, y simultáneamente tarea y respuesta del hombre.
Necesitamos el pan de Dios para nuestra hambre existencial. No podemos prescindir del alimento que perdura y que da vida eterna, el pan que nos comunica el amor de Dios por medio de Cristo y que nos abre al amor de los hermanos. En definitiva, necesitamos creer en Jesús, orar y hablar con Dios, dialogar con el hombre y con el mundo, vivir y transmitir esperanza, amor y vida, libertad y dignidad humana. De otra forma el mero pan material, el tener y el gastar, nos dejarán interiormente vacíos. Frente a la religión del dinero que crea sujetos, egoístas, insatisfechos e inmaduros, Jesús proclama hoy: “Yo soy el pan de vida, el que viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí no pasará nunca sed” (Jn.6,35). En el número 1329 del Catecismo de la Iglesia Católica encontramos: “Banquete del Señor, porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su Pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero (Cf. Ap 19,9) en la Jerusalén celestial".
Fracción del pan, porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia (cf. Mt 14,19; Hch 2,42.46; 20,7.11) con él se quiere significar que todos los que comen de este único Pan partido que es Cristo, entran en comunión con Él y forman un solo cuerpo en Él ( cf. 1Co 10, 16-17).

Al número 16b de la Carta Encíclica Ecclesia ed Eucharistía San Juan Pablo II dice como "la Eucaristía es el verdadero Banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento. Cuando Jesús anuncia por primera vez esta comida, los oyentes se quedan asombrados y confusos, obligando al Maestro a recalcar la verdad objetiva de sus palabras: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn. 6,53). No se trata de un alimento metafórico: Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6,55).
Con las palabras de Madre María Oliva del Cuerpo Místico, Fundadora del Instituto religioso “Hijas de la Iglesia, meditemos y oremos:

Hermanos, hermanos, venid
Los que cerca, los que lejos están;
Las mensas marginadas reunid

En la única mensa del Pan.
Es el Pan bajado del cielo
Que a todos nos dona la vida;
Quién, presente, en humilde velo,
revela, poderosa, infinita.

Es Pan que acrecienta la Fe,
Que dona inefable esperanza,
Que llena de amor a quién ve,
Cumplirse en Él, toda su instancia
Oh Pan, Palabra, Viviente,

Que de amor te ofreces en don,
En Ti, un alma sola es la gente,
Por Ti, un sol corazón.

Eres vínculo de nuestra hermandad
El centro del corazón eres Tu,
Hasta que en la eternidad
En Ti, nos veremos, Jesús.

Con los discípulos, que  un día pidieron a Jesús: “Señor, dadnos siempre de ese pan para no tener más hambre”, implorémoslo por la humanidad sedienta y hambrienta de Él…