Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén

Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén

Mon, 08 Apr 19 Lectio Divina - Year C

Con esta celebración iniciamos la Semana Mayor dedicada a la celebración anual de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, hoy concretamente recordamos la solemne entrada del Jesús a Jerusalén. Recorramos el itinerario santo de la Lectio divina, para acoger la Palabra de Dios en nuestra vida y con la gracia del Espíritu Santo confirmar nuestra fe y pertenencia a Cristo, quien sufrió una dolorosa pasión y entregó su vida como signo de su infinito amor por nosotros, de esta manera también aprendamos a morir a nosotros mismos, especialmente a nuestras infidelidades y pecados para vivir una auténtica pascua con Él.

Lectio: En este primer paso del itinerario se nos invita a leer atentamente el texto bíblico con cuidado, atención, a modo de escucha para entrar en diálogo con Dios.  La pregunta que debemos  tratar de responder  en este primer paso es ¿Qué dice el texto?

La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas inicia en el contexto de la última cena, allí Jesús al partir y compartir el pan y el vino, invita a sus discípulos a hacer este gesto como conmemoración de su entrega generosa por la salvación de la humanidad.  En este contexto, Jesús enseña a sus discípulos cuál ha de ser su comportamiento en medio de la comunidad, cuál ha de ser el distintivo de un cristiano: el servicio.  De igual forma, confirma a Pedro en su misión de fortalecer a sus hermanos en la fe.  Este testamento de Jesús en la última cena se hará palpable en su entrega generosa que culmina en el calvario, cada gesto, cada palabra, cada actitud, dará razón de la eterna misericordia de Dios.  El texto en su conjunto nos confronta y nos lleva a ponernos de rodillas y dirigir nuestra súplica humilde al Dios compasivo y misericordioso.

Llaman la atención en el texto varios elementos como son:
El testamento de Jesús es el servicio, que es al mismo tiempo, el distintivo del cristiano.
Jesús, el perfectamente fiel, ora para que la fe del discípulo, que cae en la infidelidad, que niega a su maestro, no desfallezca, sino que más bien sea causa de confirmación de la fe de sus hermanos.
La oración de Jesús en el monte de los olivos es un acto de abandono a la voluntad del Padre.
Jesús es traicionado por Judas y negado por Pedro, quien ha recibido antes la misión de confirmar a sus hermanos en la fe.
Jesús es humillado, injustamente llevado al juicio y a la condena, incluso cuando ha sido reconocida su inocencia.
Jesús carga con su cruz y tiene en su camino al calvario el encuentro con las mujeres, con Simón de Cirene que le ayuda a cargar su cruz.
Jesús muere en la cruz perdonando a sus verdugos, recordándonos la necesidad de perdonar a los enemigos y las ofensas que nos hacen.
Muchos de los presentes ven este acontecimiento y contemplándolo comienzan su conversión, reconocen su culpa, ratifican su condición de discípulos de Jesús, recordemos a las mujeres, a José de Arimatea, al mismo centurión Romano.

Meditatio: En este segundo paso debemos profundizar en la lectura que hemos realizado, es el momento de dejarnos interpelar y de confrontarnos con el texto bíblico, el Señor quiere traspasar nuestro corazón con su Palabra, como diría San Agustín,  Él quiere abonar la tierra de nuestro corazón para sembrar su semilla y que esta dé fruto. 

Este texto de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo nos permite contemplar a Jesús en su hora definitiva, es el momento de sellar con su muerte en la cruz el sacrificio que dará la salvación a la humanidad.  En los diferentes momentos y actitudes que nos ofrece el texto sea de Jesús como de sus discípulos y quienes intervienen en este momento crucial de su misión, podemos confrontarnos como si nosotros mismos fuéramos espectadores y testigos de su entrega.  Aquí podemos destacar algunas actitudes que nos deben llevar a interrogarnos en torno a nuestra relación con Dios y con los hermanos:

Servicio y entrega generosa: “No vine a ser servido sino a servir y a dar mi vida en rescate por muchos”.  Preguntémonos: ¿Soy desprendido, generoso, comparto de lo que Dios me ha dado, soy disponible cuando necesitan de mi ayuda, de mi tiempo, estoy dispuesto a hacer mi mejor esfuerzo en lo que se refiere al testimonio que debo dar, así esto implique sacrificios y renuncias?

Fe: ¿Cultivo un trato íntimo y cercano con Dios en mi vida que me lleva a fortalecer mi fe y mi confianza en Dios y a vivir la caridad, suscitando y confirmando la fe de mis hermanos, de mis familiares, de mis amigos? ¿Mi vida invita a la confianza en Dios y a la fidelidad?

Abandono: ¿Soy capaz de aceptar con paz y con entereza las pruebas que aparecen en el camino y las cuales me llevan a abandonarme en las manos de Dios de quien procede la fortaleza y la paz necesarias para no rendirnos sino continuar el camino de la vida?  ¿Busco agradar a Dios o a los hombres?

Misericordia: ¿Acojo con bondad y perdono las ofensas y traiciones de las personas que me rodean, sobre todo de aquellas en quien he depositado mi confianza? ¿Estoy convencido de que el perdón y la misericordia son el camino que nos conducen a una auténtica conversión personal y que propician la conversión de quienes me han ofendido u ofenden constantemente a Dios con sus actos?

Anonadamiento: En comunión con Jesús, ¿soy capaz de sobrellevar con fortaleza y con grandeza de espíritu las humillaciones, las injusticias, las ofensas, las actitudes que me incomodan y sobre todo la cruz que debo cargar para seguir a Jesús?

Ver con los ojos de la fe: Meditar la pasión del Señor, contemplar a Jesús exánime en la cruz, ¿me lleva a comprometerme a recorrer un camino de su mano en el cual dé muerte en mi vida al pecado para resucitar con él a una vida nueva?  ¿Me esfuerzo para que mis palabras y mis obras sean una respuesta generosa al amor y a la misericordia de Dios? ¿Puedo decir con San Pablo: Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí?

Oratio:  Diría San Agustín que la oración es: “la ascensión del alma de las cosas terrestres a las celestes, es la búsqueda de las cosas superiores y el deseo de las cosas invisibles”.  Es el momento en este itinerario de dejarnos conducir por este deseo de Dios comenzando por expresarle nuestra gratitud y nuestra firme voluntad de adherirnos a Él, de confirmar nuestra fe en Él, de caminar con Él hasta el calvario cargando nuestra cruz, muriendo al pecado, pidiéndole su gracia para que vivamos una verdadera conversión del corazón y así una pascua de resurrección a una nueva vida en Cristo. 

Hemos recorrido el camino cuaresmal dedicándonos a la oración, al ayuno, a la limosna, realizando ciertos sacrificios personales que nos permitieran renovarnos interiormente, pedir perdón por nuestros pecados, arrepentirnos por nuestras infidelidades y por nuestras faltas de caridad.  Hoy le pedimos al Señor nos permita culminar este trabajo cuaresmal viviendo intensamente estos días santos en los que recordaremos y actualizaremos ese misterio pascual de Nuestro Señor Jesucristo que debe hacerse vida en nosotros cada vez que con la gracia de Dios morimos a nosotros mismos, a nuestros egoísmos, a nuestra soberbia, a nuestras malas obras y nos revestimos de una nueva vida de gracia, de humildad, de fidelidad, de perseverancia en el bien obrar.

Contemplatio:  “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”, expresa San Agustín al inicio de sus confesiones, y debe ser nuestro empeño en este último paso del itinerario de la lectio divina, descansar en Dios, permitir que nuestro deseo e inquietud, que esos santos propósitos que ha suscitado en nosotros la meditación de su Palabra colme nuestro corazón y nuestro ser y nos fortalezca de cara al compromiso que hoy nos plantea la Palabra: configurarnos con ese siervo de Dios sufriente, humillado, sacrificado por nuestra salvación pero al mismo tiempo resucitado, que vive para interceder por nosotros y conducirnos al Padre.  
¡Alabado sea Jesucristo!