III Domingo de Pascua

III Domingo de Pascua

Mon, 20 Apr 20 Lectio Divina - Year A

El relato de los discípulos que regresan de Jerusalén a la Aldea de Emaús, responde a una inquietud vital de la comunidad del Resucitado: ¿Dónde encontraremos a Jesús después de su resurrección si, al subir al cielo, ya no estará con nosotros? Cleofás y el otro discípulo van tristes y apesadumbrados, porque habían puesto su esperanza en un liberador socio-político de Israel (24,21) y, con su muerte ninguna de sus expectativas se cumplió. Por esa razón la muerte de Jesús  es un fracaso sin igual para ellos, que aún no creen en el anuncio de las mujeres de que Cristo resucitó (24,10-11. 22-24). Por eso, a pesar de que Jesús camina con ellos, no están en condiciones de reconocerlo (24,15-16).
La pregunta, por tanto, no es si Jesús va a estar con nosotros, sino si sabemos reconocerlo gracias a las mediaciones de encuentro con El. Hay que reconocer al Resucitado en la vida discernida a la luz de la fe (24,19-24), en la Sagrada Escritura leída desde el Misterio Pascual de Jesús (24,25-27), en los Sacramentos,  particularmente en la Eucaristía (24,28-30), y en la comunidad reunida, presidida por los Apóstoles, comunidad que comparte la fe y la alegría de la resurrección de su Señor (24,33-35). Estas mediaciones de encuentro tienen tal capacidad, de hacer presente a Cristo que hace arder el corazón y abren los ojos para reconocer que el Crucificado es el Resucitado (24-31-32).

El relato concluye con una acción sacramental, como en el caso de Felipe y el Eunuco (Hech 8,27-39); el relato presenta muchos puntos de contacto con el de los discípulos de Emaús (24,13-31): las dos narraciones se refieren  a hechos acontecidos en un camino, con personas que no entienden el significado de la pasión de Cristo, a quienes se les da una catequesis sobre ello a partir de la Sagrada Escritura, particularmente de textos proféticos, y ambos relatos culminan con una celebración sacramental: la Eucaristía en el Evangelio de Lc 24,13-30, y el Bautismo en Hechos 8,38-39)

La Eucaristía, en la fracción del Pan, porque este rito propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan, como cabeza de familia (cf. Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19) sobre todo en la Ultima Cena (Mt 26, 26; 1Co 11, 24). En este gesto los discípulos lo reconocieron después de su resurrección (Lc 24,13-35) y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas Eucarísticas (Hech 2,42.26; 20, 7. 11); quiere  significar que todos los que comen de este Unico Pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con El y forman un solo cuerpo con El ( cf. 1Co 10.16-179).

Mensaje importante de este Evangelio
El episodio de Emaús, exclusivo de Lucas, más que  una crónica histórica, es una catequesis que nos describe el camino que tienen que hacer los discípulos y las comunidades de todos los tiempos, para reconocer la presencia de Jesús en la historia, en cada hombre, en la Palabra de Dios y particularmente en la Eucaristía; pero necesitamos los ojos creyentes, los ojos de la fe para poder creer.

En este camino de Emaús descubrimos cuatro actitudes fundamentales:
La de los discípulos en el camino hacia Emaús, tristes, desesperanzados, es el estado de ánimo en el que se pueden encontrar los cristianos una y otra vez. No han creído que Jesús ha vuelto a la vida, ha triunfado sobre la muerte, la cruz y el dolor, ellos con sus ojos entristecidos no son capaces de reconocerlo, en el camino de la historia de los hombres cuando se les aparece como uno más de la misma vida y ellos le explican lo que ha pasado.

  1. La explicación paciente y amorosa de Jesús (=el plan de Dios): no hay nada que sea nuevo, se da cumplimiento a las profecías del AT, de los Profetas sobre el Mesías, que señalaban su destino como salvador.
  2. Los dos salen de si mismos  y se dejan interpelar; “sienten arder el corazón”, dan señales de vida. Invitan al caminante: “Quédate con nosotros, que está atardeciendo y el día va ya de caída”.  Han acogido al Hombre sin saber que era Jesús, ofreciéndole techo y comida, ya no son los mismos que al comienzo, es ahora que el relato nos recuerda la Última Cena, aquí sucede lo imprevisto: “lo ven”,  reconocen que es Jesús. Es la Eucaristía, Sacramento por excelencia,  que nos evidencia la vida nueva que Jesús nos quiere comunicar.
    Hoy cuantos se pierden de recibir la comunión eucarística, el tesoro que nos da la vida nueva, no saben la inmensa sabiduría que nos dan la Palabra y la Eucaristía, elementos indispensables para el encuentro con Jesús; la Palabra que anima y estimula y hace arder el corazón. Necesitamos de la Eucaristía, el Pan de Vida, que nos hace sentir que vive en medio de nosotros.
  3. El regreso a la comunidad. Con el corazón lleno de alegría empezaron a desandar lo andado y vuelven a Jerusalén, que es tanto como volver a la realidad. Cleofás y su compañero vuelven para dar testimonio ante los demás discípulos: hemos visto al Señor. El encuentro será una fiesta, pues también los otros habían visto al Señor resucitado.

La tarea de todos es anunciar el Evangelio: dar testimonio de lo que hemos visto y oído, para que los demás escuchando y viendo, crean. Ahora sabemos que todos podemos ver al resucitado en el hombre desconocido, en el hermano caminante, en el peregrino que se nos acerca, en el prójimo; en la fracción del pan, en la Eucaristía, en el compartir y en la entrega, en la fraternidad, en la comunidad reunida en el amor, en la escucha de la Palabra de Dios, en la acogida al necesitado, al que padece hambre…  Así, nuestra fraternidad y solidaridad encuentran su autenticidad y su crisol en que los hombres y mujeres de hoy puedan ver, en nosotros, a Jesús Resucitado y sus signos de vida y esperanza.
Nuestro compromiso es vivir de la Palabra de Dios y de la Eucaristía; que cada día podamos alimentarnos de la Palabra de Dios que la Liturgia nos propone y acudir a la Eucaristía para recibir a Jesús que nos llena de vida y alegría.