XIV Domingo del Tiempo Ordinario

XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Mon, 29 Jun 20 Lectio Divina - Year A

Hoy celebramos el Domingo XIV del Tiempo Ordinario. En este domingo, día del Señor, la Palabra que Dios nos regala por medio de su Santa Iglesia,  nos presenta varios temas que forman parte de nuestra relación con Él. Nos hace la invitación a exultar y gritar de alegría, nos indica cual es el motivo de esta alegría: viene tu rey, que proclamará la paz y suprimirá todo signo de muerte, esclavitud y miedo.  

Nuestro caminar en la vida y especialmente en la vida cristiana, se ve, no pocas veces, amenazado por situaciones cuya intención es impedirnos la alegría. Las razones pueden ser: las preocupaciones, los problemas, la falta de fe, el odio o el rencor, la envidia, el orgullo, nuestras heridas del pasado o el miedo al futuro etc.; como consecuencia, no es extraño encontrar rostros tristes y almas amargadas, personas que han olvidado cuando fue la ultima vez que se sintieron felices, no encuentran motivos para sonreír y la vida pasa de ser vivida a sobrevivida.
La primera lectura, sin embargo, nos confirma que todo aquello puede cambiar, que la vida tiene un sentido; y no cualquier sentido: este sentido es la paz, que nace como fruto del encuentro personal con Dios en la oración, meditando diariamente su Palabra, dejándonos amar.

La segunda lectura ratifica esta verdad cuando nos recuerda, en tres ocasiones, que el Espíritu de Dios habita en nosotros y que es su Espíritu el que nos da vida. Es una certeza que estamos llamados a creer y recordárnosla todos los días, ya que en ciertos momentos se puede olvidar o se hace dificil creer que Dios pueda estar dentro de cada cristiano. Esto trae como consecuencia ver a Dios como un Dios lejano, como una idea o alguno que “de pronto” puede escuchar. Estamos llamados a estar atentos y no caer en la tentación de creer que no somos importantes para Dios o que “Dios se preocupa por los demás, pero no por mí”. Si dejamos actuar el Espíritu en nuestra vida, lograremos dar muerte a las obras de la carne, es decir, a todo aquello que nos roba la alegría y el gozo de vivir; seremos en grado de discernir cual es el único camino que nos conduce a vivir plenamente la vida presente y a alcanzar la Vida Eterna.

Esta llamada a la Vida Eterna nos la hace Jesucristo: “Vengan a mi… aprendan de mi”. La primera cosa que nos enseña hoy el Evangelio es a bendecir a Dios. Bendigamos a Dios en cada momento: bendigamos la vida, la familia, el trabajo, las personas… No maldigamos, pues maldecir trae como consecuencia la muerte interior, y en consecuencia la falta de alegría y gozo. Cuando estemos cansados y fatigados a causa de las vicisitudes de la vida, busquemos a Jesús, dejémonos ayudar por Él. Su yugo es el AMOR, por eso es suave y ligero, es un amor que sana, que comprende, que da fuerzas para continuar el camino, que perdona y mantiene viva la Esperanza. No tengamos miedo a dejarnos amar por Él. Su AMOR nos hace “pequeños” como dice el Evangelio, es decir capaces de entrar en el misterio de Dios, de su voluntad que no es otra, sino que podamos exultar y gritar de alegría. Por esto, déjate amar por Dios, no le pongas obstáculos a su amor, quita aquellos que te lo impiden y sé feliz.