XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Mon, 07 Oct 19 Lectio Divina - Year C

Hemos llegado al vigésimo octavo Domingo del Tiempo Ordinario. La liturgia de la Palabra nos propone para meditar el capítulo quinto del Segundo Libro de los Reyes. El Salmo Responsorial de este domingo es el 97, que tiene como respuesta: “El Señor revela a las naciones su justicia”. Seguimos leyendo la Segunda Carta del Apóstol Pablo a Timoteo, el de hoy es el capítulo segundo, para terminar con el capítulo 17 del Evangelio según san Lucas.

El tema dominante de hoy es la gratitud: en breve se cuenta que después de la curación solamente un samaritano –despreciado por los judíos como extranjero y hereje– sintió la necesidad de regresar y postrarse a los pies de Jesús para agradecerle. Es curioso que la mitad de un relato de milagro sea para contar cómo se dan las gracias y lo que esto implica.

Sólo quien comprende que lo que se hace por otra persona es un gesto de amor inmerecido entrará correctamente por el camino de una espiritualidad de la gratitud. Y la gratitud tiene que ver con la fe, porque la fe es esencialmente relación.

Estructura del texto
– la introducción (17,11-12),
– la petición de los leprosos (17,13),
– la respuesta de Jesús (17,14ª), (4) la verificación de la curación (17,14b) 

La Introducción: el encuentro con los leprosos (17,11-12)
El relato comienza describiendo  
– la circunstancia en la que se encuentra Jesús (“de camino a Jerusalén”),
– el lugar (“los confines entre Samaría y Galilea... un pueblo”) 
– los personajes (“diez hombres leprosos”).

La referencia al viaje de Jesús hacia Jerusalén (comenzado en 9,51 y recordado en 13,22), es clave importante. La obra de Jesús y la respuesta de fe y de gratitud por parte del samaritano deben ser comprendidas desde el misterio pascual. Jesús se encuentra en medio del valle del Jordán, donde trazan los límites entre Samaría y Perea; hace una parada en medio del viaje. Allí le salen al encuentro –por iniciativa propia– diez leprosos que se paran “a distancia”. Esta brevísima indicación nos deja entender que ellos se encuentran fuera de la casa donde está Jesús, aunque lo más probable es que estén fuera del pueblo.

La situación de una persona sospechosa de lepra era grave, a ésta se le apartaba de la vida social y sólo si lograba curarse se le reintegraba, pero no sin pasar previamente por un riguroso “examen médico” y un ritual sacrificial en el Templo por parte de un sacerdote (ver el procedimiento para el diagnóstico y el ritual en Levítico 13-14). Todo esto implicaba una inversión considerable de tiempo y nuevos gastos.

Cuando se dice que ellos permanecen “a distancia”, se nos dice que están actuando conforme a la Ley que les prohibía el contacto con la gente sana. Efectivamente, la norma de Lv 13,46 dice que el leproso: “habitará solo: fuera del campamento tendrá su morada” (ver también Nm 5,2). Aunque este “habitar solo” no hay que tomarlo estrictamente, porque la desgracia sufrida llevaba a que los leprosos –echados de sus familias– tuvieran que buscarse unos a otros y formar pequeños grupos, como efectivamente se nota en este pasaje.

– La petición de los leprosos (17,13)
“Y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» Los leprosos parecen dirigirse a Jesús a los gritos. Lo llaman “Maestro”, un título que en la forma griega que se utiliza aquí (“epistatēs”), se escucha en boca de los discípulos y no de otras personas; esta es una particularidad del evangelio de Lucas (ver 5,5; 8,24.45;9,33.49). Los leprosos entonces se están colocando en la fila de los discípulos, esto es bajo la autoridad del Maestro Jesús.

Partiendo de esta actitud de sometimiento a la autoridad de Jesús, los leprosos claman su misericordia. El “Ten compasión de nosotros”, este “miserere” comunitario (ver Salmo 51,3ª). Aparece así en primer plano el acudir al corazón misericordioso de Jesús. Aquí tema de la “misericordia” vuelve a aparecer una vez más en este evangelio como característica del contenido y del estilo de la misión de Jesús.

El clamar piedad indica que en la situación desesperada se admite que necesita definitivamente de la ayuda de otro y que de su buen corazón depende todo; todo depende de su gratuidad.

La respuesta de Jesús (17,14ª)
Jesús los “ve” y les responde en estos términos: “Id y presentaos a los sacerdotes”
Este mandato de Jesús a los leprosos es al mismo tiempo 1) el epílogo normal de la curación de un leproso según la normativa del Antiguo Testamento, como ya describimos: un ritual de purificación religiosa; 2) una prueba de la fe de ellos.

1) El envío a los sacerdotes para la purificación
Una orden similar había aparecido al final de la curación de un leproso después del llamado de Jesús a Pedro al inicio del evangelio (ver 5,14). La idea es que el hombre curado pueda asumir oficialmente su lugar en la sociedad. Para ello se sigue puntualmente el ritual previsto en Levítico 14,2-8

Una prueba para la fe en la palabra del Maestro.
A diferencia de la curación del leproso en Lc 5,12-14, esta vez el envío donde los sacerdotes ocurre antes de la curación. Lo que Jesús hace esta vez no es normal, porque la ida donde los sacerdotes supone que ya se ha superado la enfermedad. Por eso dicho envío tiene el valor de una prueba de la fe de los leprosos en el poder de la Palabra de Jesús.

Hay un relato bastante conocido que va en esta misma dirección: la curación del leproso Naamán el Sirio “según la palabra del hombre de Dios” (ver 2ª Reyes 5,14). Su historia fue recordada por Jesús en su discurso inaugural en la sinagoga de Nazaret (ver Lc 4,27: a propósito de la evangelización de los paganos). Según este relato del Antiguo Testamento, a Naamán el profeta Eliseo también le envió a realizar un rito de purificación en el río, lo cual él consideró excesivamente simple: la curación fue con toda la parafernalia, con todos los rituales complicadísimos que él se esperaba; sólo se le dio una orden y así se puso a prueba su fe.

La verificación de la curación (17,14b)
Termina la primera parte de nuestra historia así: “Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios”. No se dice que Jesús dé –a distancia– una orden sobre la enfermedad. La curación se realiza por la fe de los leprosos en la palabra de Jesús, quien no les ha pedido nada distinto de lo que normalmente haría cualquier leproso estando ya curado. Y en el momento en el que ésos están cumpliendo el mandato –después del encuentro con Jesús y a distancia de él –sucede el milagro pedido: “quedaron limpios”.

Entonces el milagro es obrado dentro del gesto de obediencia.
Segundo encuentro con Jesús:
La acción de gracias del samaritano y la interpelación de Jesús (17,15-19)
Esta segunda parte es completamente novedosa pues saca a la luz nuevos temas propios del maravilloso evangelio de Lucas: la oración y la acogida de un samaritano (acogida del enemigo); digámonoslo claramente: ¡un samaritano que ora dando gracias!

Comienza un giro inesperado: “Uno de ellos, viéndose curado, se volvió...” (17,15ª). Uno de los curados no va donde los sacerdotes sino que emprende el camino de regreso donde Jesús. Se realiza entonces un segundo encuentro con Jesús.

Si el primer encuentro sigue la dinámica de la “petición- respuesta”, este segundo sigue el de la “gratitud- salvación”; en ambos casos se describen aspectos de la experiencia de fe. Como lo hace notar el mismo Jesús en sus palabras finales, este segundo encuentro está en un nivel más alto que el primero y es una pena que no todos lo alcancen (de 10 sólo 1).

Las tres partes del segundo encuentro con Jesús:
– El regreso de uno de los leprosos y su gesto de gratitud a los pies de Jesús (17,15-16).
– La interpelación-comentario de Jesús: tres preguntas (17,17-18).
– El envío del samaritano (17,19)

El regreso de uno de los leprosos y su gesto de gratitud a los pies de Jesús (17,15-16)
El regreso de uno de los leprosos curados se describe con cuatro afirmaciones: El punto de partida del segundo encuentro con Jesús es la percepción – la toma de conciencia– de lo que el Maestro ha obrado en su vida. El “ver” lo pone en movimiento hasta quien hizo posible su curación. La vieja normativa levítica de ir donde el sacerdote para él queda atrás, el nuevo centro del cual irradia la acción de Dios es el Mesías Jesús.

2) La alabanza a Dios en el camino: “glorificando a Dios en alta voz”
No se regresa de cualquier manera, se lo hace quizás cantando y danzando en alabanza a Dios como  los pastores en la noche de la navidad (en este mismo evangelio): cuando los pastores “ven” lo sucedido en Belén (2,15-18; “se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído” (2,20).

El leproso se coloca en la lista de los personajes que en el evangelio saben reconocer la obra de Dios en Jesús: aquellos que no sólo ven la mano que les ofrece dádivas sino la identidad del rostro de quien los ayuda. Lo mismo también hicieron: un paralítico curado (5,25), la multitud después de la resurrección del hijo de la viuda de Naím (7,176), una mujer encorvada (13,13), el ciego de Jericó (18,43) y el centurión romano al pie de la Cruz (23,47); de la misma manera reaccionó la multitud ante la primera enseñanza de Jesús (según el sumario de 4,15). Y esto es tan importante que hasta el mismo evangelio de Lucas concluye finalmente con una alabanza por parte de la comunidad de los discípulos (24,53).

La expresión de gratitud a Jesús acompañada de un gesto de postración profunda: “postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias
También aquí notamos la diferencia con el leproso de 5,12, quien se arrodilló antes de la curación y no después (lo mismo sucede con Jairo en 8,41). No sabemos con qué palabras el leproso de este relato le agradeció a Jesús, pero el gesto que realiza es diciente: se postra completamente ante él.

En el lenguaje corporal en el mundo de la oración este gesto indica sometimiento, respeto, abandono, adoración, entrega. De esta manera se reconoce la grandeza de Dios y se le consagra completamente la vida. Llama la atención que en este caso sea ésta la manera de “agradecer”: la gratitud no se queda en una expresión verbal que dice lo reconocido y obligado que se está con Jesús, quien ha mostrado su favor, sino que se abren las puertas para una relación más honda con él y en la cual se le ofrece la vida entera en un impulso de amor total. La gratitud se expresa con la oblación de sí mismo, así el amor recorre su doble vía.

Ciertamente hay una confesión de fe implícita puesto que este hombre pone al mismo nivel el “glorificar a Dios” con el “postrarse a los pies de Jesús”.

En fin, la gratitud de este hombre superará (y grandemente) la acción de gracias del fariseo (18,11; ver el próximo domingo) y se aproximará más a la de la donación eucarística de Jesús (quien se da sin reservas; ver 22,17.19), que es la plenitud de toda oración. La gratitud evangélica, que tiene que ver con el impulso de amor total hacia Dios, se expresa en última instancia en una nueva manera de dirigirse a los hermanos.

La anotación del evangelista: “éste era un samaritano”
El narrador reserva para este momento la nueva sorpresa: quien hace todo esto es un samaritano. Ya hemos comentado antes, a propósito del buen samaritano, cómo precisamente el considerado –por razones históricas– como el viejo enemigo, en el evangelio es uno de los modelos del hombre convertido que encarna la praxis de la misericordia de Jesús y, en este nuevo caso, de la oración en los nuevos tiempos. Se puede deducir que los otros nueve que siguieron de largo eran judíos

La interpelación –comentario de Jesús: tres preguntas (17,17-18)
Jesús primero le habla a todos los presentes y luego al samaritano: 1) delante de todos destaca el hecho de que sólo el samaritano regresó para darle gracias a Dios; y 2) al samaritano mismo lo levanta del piso y lo envía declarando la realidad de su salvación gracias a su fe. Como en una cascada Jesús plantea tres preguntas que le corresponde responder al lector (esto nos recuerda el evangelio del domingo pasado, sólo que esta vez no se trata de una parábola). Se trata de preguntas lógicas que traen implícita la respuesta:

1) “¿No quedaron limpios los diez?”. Respuesta de quien leyó el v.14: “sí”.
2) “Los otros nueve, ¿dónde están?”. Respuesta obvia: “siguieron derecho su camino”.
3) “¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?”. Aquí es mejor no responder sino aplicarse el llamado de atención implícito para poder decir luego: “yo también quisiera dar gloria a Dios”.

La tercera pregunta subraya el contraste cuantitativo y cualitativo que pensiona este relato: De los diez curados sólo volvió uno; los nueve judíos debían dar “gloria a Dios” pero sólo fue el “extranjero” (expresión que aquí coloca al samaritano al nivel de los paganos por el hecho no ser judío) quien lo hizo. Que sea uno solo de diez nos dice que la espiritualidad de la gratitud ni es común ni es fácil; además que para vivirla se necesita ponerle atención a un presupuesto fundamental que se está tratando de expresar.

Jesús presenta al samaritano como ejemplo del que sabe hacer el camino de la espiritualidad de la gratitud. En sus palabras se nota una queja hacia el pueblo judío que se enorgullece de confesar al verdadero Dios de quien procede la salvación (ver Jn 4,22). Como se nota en este caso concreto: el “no judío”, que no tiene privilegios religiosos de ninguna naturaleza, muestra que tiene una mejor comprensión de la obra de Dios y de la dinámica de la salvación.

Con esta palabra de hoy la Iglesia nos está invitando a ser conscientes de lo que significa la gracia que Dios derrama con la curación, y el amor que tiene por todos sus hijos, sin distinciones. Y nos invita a alejar de nosotros las tentaciones que podemos tener de considerarnos los mejores, de pensar que sólo la salvación es de nosotros porque estamos bautizados. El hecho de pertenecer a la Iglesia es un aval que tenemos en cuanto a la relación con Dios, pero no nos garantiza la salvación de manera automática, como pensaban los judíos, sino que se nos invita, como hace Pablo a Timoteo, a reconocer cada día que pertenecemos al Señor Jesús, y que esa relación la debemos cultivar con la oración y con el compromiso evangelizador. La seguridad de la salvación la tenemos si permanecemos con él, si le somos fieles, como él es siempre fiel con todas sus creaturas.