XXXII Domingo del Tempo Ordinario

XXXII Domingo del Tempo Ordinario

Sun, 03 Nov 19 Lectio Divina - Year C

Nos aproximamos al final de año litúrgico en el cual hemos recorrido, cada domingo, el itinerario del evangelio de Lucas. En éste y en los próximos dos domingos, colocaremos nuestra mirada en la meta de nuestro caminar como discípulos y misioneros del Señor. Vamos a fijar nuestros ojos en el cielo nuevo y en la tierra nueva que vendrán al final de los tiempos, en el pleno y definitivo encuentro con Jesús.
Por eso hoy, al asistir a la controversia entre Jesús y los saduceos, colocamos en primer plano nuestra esperanza en la Resurrección. No nacimos para morir, sino para vivir. La ridiculización que los saduceos intentan hacer de la vida “más allá” de esta vida, le da ocasión a Jesús para afirmar con fuerza y con una gran maestría en el manejo de textos bíblicos aquello que la revelación va desvelando sólo poco a poco: hasta dónde es capaz de ir la fidelidad de Dios con nosotros.

La resurrección es nuestro destino de gloria, no es una simple trasposición de nuestras condiciones de vida actuales: es un verdadero y completo nacimiento a la vida gracias a la obra amorosa del Dios de la vida. En esta fe se alienta nuestra esperanza, encontramos fuerza a la hora de la tribulación y sentimos impulso para hacer todo lo posible de manera que la vida actual vaya en esa dirección.

Contexto
El evangelio de hoy nos sitúa en la ciudad santa, en la explanada del Templo, meta del viaje de Jesús. El de hoy es el último dialogo de Jesús con sus contradictores: “Acercándose algunos de los saduceos...” (20,27a ). Por primera y única vez en el evangelio de Lucas aparecen los saduceos (después nada más en Hch 4,1; 5,17; 23,6.7.8). Sabemos de su existencia, pero no es común que aparezcan en los evangelios.

Éste era un grupo de tendencia conservadora, integrado por miembros de la clase política y socialmente dominante –a ellos pertenecía entre otros el alto clero de Jerusalén– que basaba su doctrina exclusivamente en los libros del Pentateuco –al pie de la letra– y rechazaba la tradición oral predicada por los fariseos. Con relación a éstos últimos eran un partido opuesto en materia teológica y también en la manera de ver el poder.

Acerca de ellos el evangelista nos precisa: “Esos que sostienen que no hay resurrección” (20,27b). Y así debía ser, porque al menos en una ocasión en los Hechos de los Apóstoles los vemos participar en una trifulca por este tema (ver Hch 23,6-7). Ellos aparecen entonces como opositores de la fe en la resurrección, una doctrina que fue sostenida por Jesús (el Maestro había dicho “k”, 14,14).

En general los judíos del tiempo de Jesús pensaban la resurrección como una prolongación y aumento indefinido de los goces de la vida terrena; si bien, como se ha dicho, los saduceos rechazaban tajantemente esta posibilidad. Para los griegos la misma idea de la resurrección era absurda, teniendo en cuenta que, para ellos, el cuerpo era una prisión del alma inmortal.

Estructura:
El pasaje del Evangelio que se nos proclama este Domingo tiene dos partes

  • La Pregunta que los saduceos le dirigen a Jesús, citando la Ley del levirato ( Dt 25,5-10) e hipotizando una situación: cuando llegue la resurrección ¿de cuál de ellos será la mujer?
  • La segunda parte es la respuesta de Jesús.

En esta respuesta también hay dos momentos diferentes:

  • En el primero Jesús hace referencia al hecho de casarse o no casarse en la “otra vida”, y con esto da respuesta al caso presentado por los saduceos.
  • Y en el segundo momento Jesús afronta la respuesta sobre la resurrección de los muertos, basándose en una afirmación sincera y directa: hay resurrección porque Dios no puede dejar de ser el protector de las personas que ha escogido y amado.

Debate sobre la resurrección de los muertos. En opinión saducea, debate absurdo y ridículo: la resurrección daría lugar a situaciones grotescas. Jesús empieza corrigiendo el falso supuesto saduceo: resucitar es pasar a una categoría de vida en la que ya no hay muerte. Acabada la muerte, no se engendran hijos. La condición humana en esta vida no es equiparable a la condición humana en la vida futura.

A continuación, Jesús contra argumenta desde la Escritura Santa y desde la autoridad de Moisés, la única que los saduceos aceptaban. Si Moisés puede hablar de Dios como Señor de sus antepasados, es porque éstos siguen vivos. El señorío no se ejerce sobre muertos sino sobre vivos. El Señor no puede autodefinirse como Dios de muertos.

La bienaventuranza eterna, finalidad de la salvación
Jesús enseña claramente que la salvación eterna es una gracia sobrenatural de Dios y no una simple consecuencia de nuestra naturaleza en parte "espiritual". No se trata, como dicen algunos, de que "algo ha de haber después de la muerte", o de una vaga supervivencia del alma, sino de una obra poderosa del Dios que mantiene a los justos vivos para él y que resucitó a Jesús de entre los muertos: Los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles, son hijos de Dios, porque participan de la resurrección (Lc 20,35-36). Jesús va mucho más lejos, con estas palabras, de quienes creían que el tener hijos era la forma de asegurarse una cierta supervivencia; el Señor rectifica esta opinión: solo vale el ser hijos de la resurrección. La salvación no es cosa de este mundo. Esta vida, con sus injusticias y absurdos, adquirirá sentido para quienes renazcan como hijos de Dios en la resurrección, porque serán dignos de ella. Jesús unió la promesa de la resurrección a su propia exaltación después de la muerte, resumiéndolo en su lema: Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá (Jn 11,25).

La fe en la resurrección total e integral del ser humano es uno de los motivos de contraste más frecuentes con la mentalidad mundana; se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna? Sin embargo este es un elemento imprescindible del cristianismo. Como declaraba Tertuliano en el siglo II: "La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella".

Los cristianos creemos en la resurrección de los muertos, porque creemos en Jesús como Hijo de Dios vivo, nos hemos fiado de Él, por su palabra, y su vida, creemos en la resurrección, porque es la primera proclamación que hacen los apóstoles: “Jesús ha resucitado”, lo que ha prometido se cumple. No sabemos cómo será, sólo que Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, y que por la fuerza de la resurrección para Dios todos estamos vivos.

Y así los cristianos podemos afrontar la vida desde otra mirada, esperanzada en aquel que nos conforta, en aquel que nos sostiene. No porque quisiéramos evitar la angustia de la muerte, sino porque sabemos en quien hemos depositado nuestra confianza. En Dios manifestado en Jesucristo.

La mirada de cada persona ante la muerte, no es indiferente, según en qué, o mejor dicho en quién creamos, estamos diciendo no tanto sobre la muerte, sino sobre la vida. Cómo vives está estrechamente ligado a como miras la muerte, y a cómo afrontas las situaciones que te aproximan a ella.