XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Sun, 10 Nov 19 Lectio Divina - Year C

Ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones, y enciende en nosotros el fuego de tu Amor. Danos sabiduría para entender tu Voluntad, compasión para acercarnos al necesitado, fe para enfrentar las situaciones difíciles. Fortalece nuestra voluntad, danos agudeza para entender y saborear tu Palabra, capacidad para retener, método y facultad para aprender, sutileza para interpretar, gracia y eficacia para comunicar a otros los secretos designios de Dios sobre la humanidad, designios de amor, paz y libertad. Amén.

El año litúrgico tiene 34 semanas, estamos en la semana 33 del Tiempo Ordinario y la Liturgia nos ofrece, para nuestra reflexión y alimento, un anuncio eminentemente pascual: un nuevo mundo y una nueva humanidad.
Jesús, concluye el largo camino de enseñanza a sus discípulos y llega a Jerusalén, meta y cumplimiento de la voluntad del Padre. En Jerusalén Él sabe que hay un proceso que debe cumplirse y unos signos que se tienen que dar. El proceso lo constituyen tres momentos:

  • La destrucción de Jerusalén y su templo (Lc 21,5-6.20-24)
  • La época de las tribulaciones (Lc 21,7-24)
  • La venida del Hijo del Hombre (Lc 21,25-28)

Los judíos creían que -el Templo- por ser morada de Dios, permanecería hasta el fin del mundo, y por esto cuando Jesús advierte que será arrasado, lo consideran una blasfemia. Jesús sabe que esto sucederá, pero no sabe cuándo. Sin embargo aclara, que antes de que esto suceda, sus discípulos tendrán que dar testimonio y padecer persecuciones, juicios y cárceles.

La destrucción no es el fin de la historia, sino el acontecimiento que abre una nueva época. No hay que perder la esperanza, por más difíciles que sean los tiempos en que se vive. La destrucción del Templo, según el plan fijado por Dios, no será el fin de la historia sino el acontecimiento que abre una nueva etapa, de duración desconocida. Etapa en la que el Evangelio, Buena Nueva, será anunciado a todos los pueblos, etapa que acabará con la venida gloriosa del Señor: “Este mismo Jesús que subió al cielo, apartándose de ustedes, volverá de la misma manera que lo han visto partir” (Hc 1,11)

El discurso de Jesús sobre los acontecimientos finales mezcla por un lado enseñanzas referidas a la destrucción de Jerusalén y del Templo, y por otro la venida gloriosa de Jesucristo. La razón es que estos dos acontecimientos implican un juicio sobre Jerusalén y sobre la humanidad, que aunque separados por el tiempo, son una sola unidad.

El primero de ellos, destrucción de Jerusalén, es figura y anticipo del segundo, de la venida gloriosa del Señor. La primera parte del discurso trata de las persecuciones de los discípulos de Jesús y las dolorosas acciones que rodearán la destrucción de Jerusalén y del Templo, hecho que ocurrió hacia el año 70 d.C. por parte de los romanos.

Para los discípulos del Mesías que vendrá al fin de los tiempos, la cruz siempre acompañará su presencia en el mundo y la misión, haciéndolas fecundas. Así lo prometió el Señor: “Con su perseverancia, salvarán su vida” (Lc 21,19)

 A continuación Jesús nos presenta los signos que precederán su venida, que dan un marco impresionante y solemne a la segunda venida. Son signos con dos resultados:

  • de terror para los pueblos
  • de liberación para los discípulos de Jesús.

¿Con qué actitud afronto los acontecimientos bien difíciles de nuestro tiempo: aborto, eutanasia, narcotráfico, robos, traiciones, infidelidades, abusos de poder y otros?
¿Cuál es la esperanza que anima mi caminar en estos momentos en que el mundo parece estar llegando a su final, no por el poder de Dios sino por la mano destructora del mismo hombre?
¿Cómo enfrentamos el fenómeno de hoy: destrucción sin esperanza, muerte sin salvación?

Concluyamos nuestra reflexión uniéndonos a la Iglesia nuestra Madre, con la oración Colecta de este Domingo XXXIII del tiempo Ordinario:
Señor, Dios nuestro, concédenos alegrarnos siempre en tu servicio, porque la profunda y verdadera alegría está en ser fiel a Ti, autor de todo bien. Por Cristo nuestro Señor. Amén.