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El dulce Jesús en la tierra

El dulce Jesús en la tierra

Mié, 05 Ago 26 Familia Carismática Jóvenes Sacerdotes

Dos Hijos de la Iglesia comparten con la Familia Carismática la gracia de su encuentro con el Papa León XIV, 2 de agosto de 2026.

Hay regalos del Señor que llegan sin esperarlos y que permanecen para siempre en el corazón. Hace casi dos meses, Sor María Fernanda Vega Celis y quien escribe estas líneas hemos tenido la gracia de encontrarnos con el Santo Padre, el Papa León XIV. Fueron encuentros distintos, vividos en lugares diferentes y por motivos completamente diversos; sin embargo, cuando compartíamos nuestras experiencias descubríamos que ambas repetíamos prácticamente las mismas palabras.

Las dos habíamos experimentado lo mismo.

Los dos comprendíamos mejor aquella expresión tan querida de nuestra Madre María Oliva cuando llamaba al Sucesor de Pedro «el dulce Jesús en la tierra».

Por eso hemos querido compartir este testimonio con toda la Familia Carismática. Porque ninguno de los dos vivió este encuentro en solitario. Ambas llevábamos en el corazón a nuestras hermanas, a nuestros sacerdotes, a las consagradas, a los asociados y a tantas personas que, desde distintos estados de vida, forman parte de esta hermosa familia suscitada por el Espíritu en la Iglesia.

Una audiencia preparada en la adoración

Sor María Fernanda Vega Celis, colombiana e Hija de la Iglesia, pudo participar en una audiencia con el Santo Padre acompañando a Sor María Fernanda Rivas, ecuatoriana, quien recientemente profesó sus votos perpetuos y actualmente estudia en Roma.

Aquella oportunidad surgió precisamente con motivo de esa profesión perpetua. Una hermana que trabaja en el Vaticano solicitó la audiencia y consiguió un pase adicional para Sor María Fernanda.

Durante los días previos preparó aquel momento donde siempre ha aprendido a preparar los grandes acontecimientos de su vida: en la adoración.

Recordaba continuamente las palabras de nuestra Madre María Oliva y pedía al Señor la gracia de vivir aquel encuentro con los mismos sentimientos con los que se acercaría a Cristo.

Después de cuatro horas de espera bajo un intenso sol romano llegó finalmente el momento.

Mientras Sor María Fernanda Rivas entregaba al Santo Padre un recuerdo de su profesión perpetua y una carta escrita para él, Sor María Fernanda, que incluso había preguntado a su madre qué debía decirle, dejó simplemente que hablara el corazón.

Tomó su mano, besó el anillo del Pescador y le dijo:

Santo Padre, lo queremos mucho.

No era un «lo queremos» dirigido únicamente a El. En aquellas palabras llevaba a toda la Iglesia y, de un modo muy especial, a toda nuestra Familia Carismática.

Antes de despedirse le pidió también que rezara por Colombia. El Santo Padre la escuchó atentamente, la miró con una cercanía verdaderamente paternal y respondió: Estoy orando por Colombia.

Pero quizá lo que más la impresionó fue comprobar que, después de un buen tiempo recibiendo a tantas personas y bajo un intenso sol romano, el Papa las recibió con la misma serenidad y atención con que habría recibido a las primeras. Aunque disponían apenas de un minuto para hablar con él, las escuchó con calma, las miró a los ojos y les hizo sentir que, por unos instantes, no había nadie más.

«Sentí que tenía todo el tiempo del mundo para escucharnos», recuerda.

Cuando hoy intenta resumir aquella experiencia solo encuentra tres palabras:

Dulzura. Paternidad. Paz.

Y si hubiera que destacar un gesto que permanecerá siempre en su corazón, sería otro aún más grande: la bendición que pidió expresamente para toda la Familia Carismática. En aquel breve encuentro estaban presentes, en su oración y en su intención, las Hijas de la Iglesia, los Sacerdotes que viven este carisma en sus diócesis, las Consagradas, los Asociados y todos aquellos que han encontrado en esta espiritualidad un camino para amar más profundamente a la Iglesia.

 

Mi camino vocacional tejido por las Hijas de la Iglesia

Mientras escuchaba el relato de Sor María Fernanda, no podía dejar de pensar en mi propia historia.
Mi vocación está profundamente unida a las Hijas de la Iglesia.

Desde niño había algo que siempre me llamaba la atención en ellas: sonreían constantemente. Recuerdo preguntarme muchas veces cuál era el secreto de aquella alegría tan serena. Con el paso de los años comprendí que esa sonrisa nacía de saberse profundamente amadas por Dios y de vivir completamente entregadas a la Iglesia.

Conocí al Señor desde mi infancia gracias a mi familia y, de un modo muy especial, a mi bisabuela. Pero fue el testimonio de las Hijas de la Iglesia el que me ayudó a descubrir algo decisivo: que yo también era importante para Dios y que mi vida, con toda su historia, merecía ser entregada por completo a Jesucristo.

En mi casa era habitual hablar de las Hijas de la Iglesia. Evocar la casa frente a la parroquia de Santa Inés, recordar «Manitas Creativas» o mencionar a tantas hermanas que desgastaron allí su vida era algo completamente natural.

Pienso con enorme gratitud en Sor Aracelly Montañez, Sor Gabriela Pérez, Sor Patricia Fajardo, Sor Daniela Cobos, Sor Bárbara Iguavita y Sor Yolanda Torres. Todas ellas, cada una desde su misión, fueron dejando una huella silenciosa en mi corazón.

Gracias también a mi tía Yaneth, asociada de los Laicos Hijos de la Iglesia, fui descubriendo poco a poco este carisma que terminaría marcando profundamente mi camino vocacional.

En la capilla de la Casa Nuestra Señora de América Latina, en Bucaramanga, aprendí a preguntarle seriamente al Señor qué quería de mí. Allí comprendí, acompañada por estas hermanas, que valía la pena desgastar la propia vida por Jesucristo y por la Iglesia.

Pensé muchas veces en la vida religiosa. Incluso conocí otros carismas. Pero el Señor me condujo finalmente al Seminario Diocesano de Canarias, donde hoy continúo mi formación sacerdotal procurando vivir también este espíritu de amor apasionado por la Iglesia que aprendí de las Hijas de la Iglesia.

Servir al Santo Padre

Con motivo de la visita apostólica del Papa León XIV a Canarias recibí una noticia completamente inesperada. Primero fui llamado para colaborar en la preparación litúrgica junto al Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, Mons. Diego Ravelli. Poco después me comunicaron que serviría también como ceremoniero durante parte de la visita del Santo Padre. La emoción era inmensa.

Los días previos estuvieron llenos de reuniones, ensayos y preparativos. Hasta que finalmente llegó el momento.

Cuando el Papa apareció, el tiempo pareció detenerse. Recuerdo su sonrisa. Recuerdo cómo nos miraba directamente a los ojos. Recuerdo su sencillez para preguntar, escuchar y agradecer. Pero, sobre todo, recuerdo la paz. En medio de los nervios propios del servicio bastó estar cerca de él para experimentar una serenidad difícil de explicar. Comprendí de una manera nueva por qué nuestra Madre María Oliva llamaba al Papa «el dulce Jesús en la tierra».

Antes de comenzar la Eucaristía saludó personalmente a quienes prestábamos el servicio litúrgico. Nos dedicó unos segundos a cada uno. Fueron apenas unos instantes, pero bastaron para dejar una huella imborrable. Al finalizar la celebración, mientras el Santo Padre se alejaba, uno de los ceremonieros le gritó espontáneamente:

¡Santo Padre, lo queremos mucho!

Él se volvió, sonrió ampliamente y levantó la mano despidiéndose.

Al escuchar después a Sor María Fernanda contar que aquellas mismas palabras habían brotado también de su corazón durante la audiencia, no pude evitar sonreír. Sin habernos puesto de acuerdo, ambos habíamos querido decir exactamente lo mismo.

Un regalo que pertenece a toda la Familia

Al terminar toda la jornada hubo algo que nació espontáneamente en mi corazón. Pensé inmediatamente en las Hijas de la Iglesia.

Una de las primeras fotografías que recibí la envié enseguida a Sor Esmeralda, secretaria de la Delegación de Colombia, para que hiciera extensiva aquella alegría a toda la Familia Carismática. Sentía que aquel encuentro no era únicamente mío. Era un regalo recibido también gracias al camino que el Señor había querido recorrer conmigo a través de este carisma. Pensé especialmente en nuestros sacerdotes, en tantos santos curas diocesanos que encuentran una especial plenitud en su ministerio viviendo el espíritu de las Hijas de la Iglesia. Entre ellos, de manera muy particular, mi querido don Ambrogio Giuffrida, cuyo testimonio sacerdotal tanto bien hace a nuestra Familia.

Hubo además un detalle que me conmovió profundamente. Saber que la Madre General estaba siguiendo la celebración y conocer la alegría con la que recibió la noticia de que yo estaba prestando aquel servicio al Santo Padre fue para mí un auténtico gesto de familia. Sentirme acompañado desde tantos lugares distintos me hizo comprender, una vez más, que este carisma crea verdaderos vínculos de comunión, de afecto y de pertenencia.

Una misma experiencia

Cuando Sor María Fernanda y yo compartimos nuestras vivencias descubrimos algo hermoso. Ella hablaba de dulzura. Yo hablaba de paz.

Ella había pedido la bendición para toda la Familia Carismática. Yo había pensado inmediatamente en compartir con toda la Familia la alegría de aquel encuentro. Y, sin habernos puesto de acuerdo, los dos habíamos pronunciado exactamente la misma frase: «Santo Padre, lo queremos mucho».

Dos encuentros distintos. Dos países. Dos vocaciones diferentes. Y una misma experiencia.

Concluimos estas líneas compartiendo con todos la misma bendición que Sor María Fernanda pidió delante del Santo Padre. Que alcance a cada Hija de la Iglesia, a cada Sacerdote, a cada Consagrada, a cada asociado y a todos aquellos que forman esta gran Familia Carismática.

Porque, en realidad, aquel «Santo Padre, lo queremos mucho» nunca fue solo de ella ni solo mío.

Era, sencillamente, la voz de una familia entera.

Daniel Acevedo Paternina, SST