Ascensión del Señor

Ascensión del Señor

Lun, 23 May 22 Lectio Divina - Año C

Este VII Domingo de Pascua, la liturgia celebra la “Solemnidad de  la Ascensión del Señor” que nos abre las puertas a la Esperanza. Su presencia continua en la acción del Espíritu Santo. Vivimos le tiempo del Espíritu que es luz y fuera.  «A sí como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría, así también ahora su Ascensión al cielo nos es un nuevo motivo de gozo, al recordar y celebrar litúrgicamente el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo... hasta compartir el trono de Dios Padre» (San León Magno, Sermon II de Ascensione Domini, 1). Con estas palabras el papa san León Magno resumía el significado de la presente solemnidad de la Ascensión del Señor

Mediante sucesivas experiencias (Lc 24,5-6ª; 24,34; 24, 35); Jesús fue convenciendo a sus discípulos de la realidad de su resurrección y los preparó para su misión futura. En el momento de la despedida, con palabras (24, 44-49) y con el gesto de la bendición (24, 51), se retoma ahora todo lo esencial acerca de Jesús y de los discípulos. 
El Evangelio de Lucas, en su parte final, aporta sobre el tema, importantes afirmaciones de Jesús, después de su resurrección. Dice: “Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre... permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto” (Lc 24, 49). El Evangelista reitera esta misma afirmación al principio de los Hechos de los Apóstoles, libro del cual es también autor: “Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del padre” (Hch 1, 4).
Hablando de la “Promesa del Padre”, Jesús señala la venida del Espíritu Santo (cf. Mt10:19Jn14:16Jn 14:26), ya anunciada de antemano en el antiguo Testamento (Jl 3, 1-2). Las promesas de Jesús se cumplen. Él se va, pero no deja huérfanos a sus amigos. Sabe que tienen necesidad de la presencia constante de Dios. Y Dios vuelve a venir al hombre. Esta vez no ya en la carne, sino invisiblemente en el fuego de un amor impalpable, en el ardor de un vínculo que jamás se romperá, el arco iris de la alianza ratificada. El esplendor de la sonrisa de Dios, el Espíritu Santo. Revestidos de Cristo, revestidos del Espíritu los apóstoles no tendrán ya miedo y podrán finalmente andar.
Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo” (24,50). El momento de dejarlos es solemne. Betania el lugar de la amistad. Jesús alza las manos y bendice a los suyos. Un gesto de saludo que es un don. Dios no se aleja de los suyos, simplemente los deja para volver con otra vestimenta.
Jesús realiza las últimas dos acciones sobre sus discípulos: (1) los “saca” y (2) los “bendice” con las manos en alto. Conduciéndolo en el Éxodo. El Señor Resucitado sintetiza, con este gesto y en clave pascual, lo que ha hecho con sus discípulos a lo largo del Evangelio. La mención de Betania (lugar a donde los “saca”) nos remite a la gran celebración de los discípulos cuando la entrada triunfal en Jerusalén, allí fue el punto de partida de la procesión festiva que proclamó a Jesús como “Rey” y su Señorío (“Paz” y “Gloria”) en el cielo (Lc 19, 29-40, particularmente los vv.29 y 38).
Veamos la “bendición”. La última acción de Jesús ante sus discípulos reviste un colorido litúrgico. Jesús se despide con los brazos en alto (cf. Ecle 50. 20,21), en actitud de bendecir: “y alzando sus manos, los bendijo” (24, 50).  Es la última imagen del Maestro, que queda impregnada en la retina de los testigos oculares del Evangelio. Jesús sintetiza toda su obra, todo lo que quiso hacer por sus discípulos y por la humanidad, en una “bendición”.  Así sella el gran “amén” de su obra en el mundo. La bendición de Jesús permanecerá con los discípulos, los animará a lo largo de sus vidas y los sostendrá en todos sus trabajos.
Jesús, finalmente se separa de sus discípulos. Lucas nos describe la manera como se da la partida de Jesús: es “llevado” o “conducido” hacia el cielo.   Esto nos invita a detenernos contemplativamente en este instante de la vida de Jesús: se da gradualmente (Hech 1,9-10).
Si bien la tradición del Nuevo Testamento coincide en afirmar que Jesús “ha sido exaltado a la derecha del Padre”, como plenitud de su obra en el mundo, acontecimiento que presupone la “ascensión”, San Lucas parece ser el más preocupado por que ésta sea visible. Para ello se coloca del lado de los discípulos y así describe un último rasgo de su relación con Jesús: ellos lo ven hasta el último instante y son testigos de su obra completa coronada por su “Señorío” en el cielo.
Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios”. El gozo de los apóstoles es grande, gozo de volver por los caminos de Jerusalén con un tesoro sin medida, el tesoro de la pertenencia. La humanidad de Cristo entra en cielo, es una puerta que se abre para no cerrarse jamás. El gozo de la vida sobreabundante que Cristo ha vertido en la experiencia de ellos no desaparecerá más.
Y estaban siempre en el Templo alabando a Dios” (v. 53). Estar, es un verbo importantísimo para el cristiano. Estar supone una fuerza particular, la capacidad de no huir de las situaciones, sino de vivirlas, gustándolas hasta el fondo. Estar. Un programa evangélico para entregar a todos. Entonces la alabanza surge sincera, porque en el estar, la voluntad de Dios aparece como bebida saludable de felicidad. El evangelio de la “Ascensión” termina con la primera alabanza que se le dirige directamente a Jesús por parte de su comunidad.