II Domingo de Adviento

II Domingo de Adviento

Lun, 28 Nov 22 Lectio Divina - Año A

Todo hombre tiene en su corazón muchas preguntas que hacer a quienquiera que lo escuche, pero tiene ante todo necesidad de saber escuchar, acordándose que es Jesús el que le está hablando. Déjate guiar hacia la interioridad, allá donde la Palabra resuena con todo su peso de verdad y de amor, con toda su fuerza terapéutica y transformante. El silencio orante te pide pararte “dentro”, firme completamente a los pies del Señor y recoger todas las propias energías para escuchar sólo a Él.
En este II Domingo de Adviendo, la liturgia nos presenta dos personajes encargados de prepararnos a acoger al Señor que viene. Son Isaías y el Bautista. Isaías es el profeta que en tiempos oscuros de la historia de su pueblo, supo infundir alegría, esperanza, mantuvo viva la certeza que las promesas de bien, hechas por el Señor, se cumplirían aun cuando los eventos parecían desmentirlas. Una de sus profecías más bellas, la escucharemos hoy en la primera lectura de este Domingo.
Hoy tenemos tanta necesidad de escuchar las palabras de este profeta, porque el desánimo, el pesimismo están muy difundidos en nuestra sociedad.
Nos viene al encuentro la figura de Juan el Bautista, un personaje semejante a un roble, como dio a entender Jesús un día delineando su personalidad: “¿Acaso habéis ido a ver una caña batida por el viento?” (Mt 11, 7).

Estructura del texto
El perfil del Bautista que la liturgia nos propone viene presentado en dos grandes bloques:
3,1-6, figura y actividad de Juan; 3,7-12, su predicación.
Dentro de estas dos partes se pueden separar unidades más pequeñas que determinan la articulación del texto.
En 3,1- 2 Juan es presentado como aquel que predica la “ conversión”, porque “ el Reino de los Cielos se está acercando”. Este llamamiento es como un hilo rojo que atraviesa toda la actividad de Juan: se vuelve a tomar en 3,8.12. El motivo de tal anuncio de conversión se da por el inminente juicio de Dios, que es comparado a la tala de todo árbol seco para tirarlo al fuego y ser quemado (3,10) y a aquella operación de aventar que los campesinos hacen en la era para separar el grano de la paja, que se ha de quemar también en el fuego (3,12). La imagen del fuego que caracteriza la última parte de nuestro pasaje litúrgico, muestra la urgencia de prepararse a este acontecimiento del juicio de Dios.

El texto presenta la siguiente articulación:
Mateo 3,1-3: En esta primera pequeña unidad “la voz que grita en el desierto” de Isaías 40,2 se identifica con la voz del Bautista que invita a la conversión “en el desierto de Judea”; Mateo 3,4-6: sigue una breve unidad que de un modo pintoresco delinea la figura tradicional de Juan: es un profeta y un asceta; por su identidad profética viene unido a Elías, de hecho visto como el profeta de Tesbis. Un detalle geográfico y espacial describe el movimiento de mucha gente para recibir el bautismo de inmersión en las aguas del Jordán, en un clima penitencial. La influencia de su actividad profética no está circunscrita a un lugar restringido, sino que abarca toda la región de la Judea y comprende a Jerusalén y el territorio a lo largo del Jordán.
Mateo 3,7-10: se presenta un grupo particular que se acerca a Juan a recibir el bautismo, son los “fariseos y saduceos”. A ellos se dirige Juan con un lenguaje muy duro, para que desistan de su falsa religiosidad y pongan la atención en el “llevar fruto” para huir del juicio de condenación. Mateo 3,11-12: se puntualiza el significado del bautismo en relación con la conversión y sobre todo la diferencia de los dos bautismos y de los respectivos protagonistas: el de Juan es con agua para la conversión; el de Jesús “el más fuerte que viene después”, es con Espíritu santo y fuego.

El mensaje del texto:
Con un estilo típicamente bíblico-narrativo Mateo presenta la figura y la actividad de Juan Bautista en el desierto de la Judea. Esta última indicación geográfica intenta situar la actividad de Juan en la región de la Judea, mientras Jesús desarrollará su misión en Galilea. Para Mateo la actividad de Juan está completamente orientada y subordinada hacia “aquel que debe venir”, la persona de Jesús. Además, Juan es presentado como el grande y valeroso predicador que ha preanunciado el inminente juicio de Dios. El mensaje del Bautista consiste en un preciso imperativo: “convertíos”; y en un motivo también muy claro: “porque el reino de los cielos está cerca”. La conversión adquiere un gran relieve en la predicación del Bautista, aunque al principio no aparece todavía clara en su contenido. En 3,8, sin embargo, se indican los frutos de la conversión para expresar una nueva orientación que dar a la propia existencia. Tal indicación, por un lado, se coloca en la línea de los profetas que entendían la hecho de la conversión en el abandono radical de todo aquello que hasta ahora tenía un valor; por otro lado, va más allá e intenta demostrar que la conversión es un dirigirse hacia el “reino de los cielos”, hacia una novedad que se presenta inminente con sus exigencias y prospectivas. Se trata de dar un cambio decisivo en la vida, orientándola en una nueva dirección: el “reino de los cielos” da fundamento y define la conversión, no una serie de esfuerzos humanos.
La expresión “reino de los cielos” está para indicar que Dios se revelará a todos los hombres y con gran potencia. Juan dice que tal revelación de Dios es inminente, no está lejana. La actividad profética de Juan tiene el deber de preparar a sus contemporáneos a la venida de Dios en Jesús, con los rasgos de la figura de Elías. Interesantes son los motivos, las imágenes con las que viene interpretada la figura del Bautista, entre ellas el cinturón de cuero ceñido en los costados, un signo de reconocimiento del profeta Elías (2 Re 1,8); el manto tejido de pelos de camello es un vestido típico del profeta, según Zacarías 13,4. Se trata de una identificación directa entre el profeta Elías y Juan. Su actividad profética Juan consigue mover grandes muchedumbres, también Elías había reconducido al pueblo entero a volver a la fe en Dios (1 Re 18).
El bautismo de Juan no es importante porque sean grandes muchedumbres las que lo reciben, sino que tiene valor porque va acompañado de precisos compromisos de conversión. Además no es un bautismo que tiene el poder de borrar los pecados, sólo la muerte de Jesús tiene este poder, pero imprime sin embargo una nueva orientación que dar a la vida.
También los “fariseos y saduceos” se acercan a recibirlo, pero se acercan con ánimo hipócrita, sin una verdadera decisión de convertirse. Obrando así, no podrán huir del juicio de Dios. La invectiva de Juan hacia este grupo lleno de falsa religiosidad, subraya que la función de su bautismo, acogido con sincera decisión de cambiar de vida, protege a quien lo recibe del inminente juicio de Dios. ¿De qué modo se hará visible una tal decisión de convertirse? Juan se abstiene de dar precisas indicaciones, se limita sólo a indicar el motivo: evitar el juicio punitivo de Dios.
Se pudiera decir en un lenguaje propositivo que el fin de la conversión es Dios, el radical reconocimiento de Dios, el orientar de un modo todo nuevo la propia vida hacia a Dios. En tanto “los fariseos y saduceos” no están disponibles a convertirse, en cuanto ponen su confianza y esperanza en la descendencia de Abrahán: en cuanto que pertenecen al pueblo elegido están seguros de que Dios, por méritos de sus padres, les concederá la salvación.
Juan pone en duda esta falsa seguridad con dos imágenes: la del árbol y la del fuego. Ante todo la imagen del árbol que se tala, en el Antiguo Testamento recuerda al juicio de Dios. Un texto de Isaías así lo describe: “He ahí el Señor Dios de los ejércitos, que rompe los árboles con estruendo, las punta más altas son derribadas, las cimas son abatidas”. Por su parte la imagen del fuego tiene la función de expresar la “ira inminente ” que se manifestará con el juicio de Dios (3.7)
En síntesis, se muestra la apremiante inminencia de la venida de Dios: los que escuchan deben abrir los ojos sobre lo que les espera. Finalmente la predicación de Juan hace un confrontamiento entre los dos bautismos, las dos personas, la de Juan y la del que debe venir. La diferencia substancial es que Jesús bautiza con espíritu y fuego, mientras Juan sólo con agua, un bautismo para la conversión. Tal distinción subraya que el bautismo de Juan está completamente subordinado al de Jesús. Mateo anota que el bautismo con el espíritu ya se ha realizado, precisamente en el bautismo cristiano, como afirma la escena del bautismo de Jesús, mientras aquel del fuego debe todavía llegar y sucederá en el juicio que Jesús dará.
El adviento: El tiempo de las almas interiores. Una evocación mística sacada de los escritos de la Beata Isabel de la Trinidad nos ayuda a descubrir la conversión como tiempo, ocasión de sumergirse en Dios, de exponerse al fuego del amor que purifica y transforma nuestra vida: He aquí el sagrado tiempo del adviento que, más que de otro, se puede llamar el tiempo de las almas interiores, de aquellas, que viven siempre y en cada cosa “escondidas en Dios con Cristo”, al centro de ellas mismas. En la espera del gran misterio [ de la Navidad]...pidámosle que nos haga verdaderos en nuestro amor, o sea que nos transforme... es bello pensar que la vida de un sacerdote, como la de la carmelita, es un ¡adviento que prepara la encarnación en las almas! David canta en un salmo que “el fuego caminará delante del Señor” ¿Y no es el amor aquel fuego? ¿Y no es también nuestra misión preparar los caminos del Señor a través de nuestra unión con aquel que el Apóstol llama un “fuego devorador”? A su contacto nuestra alma se convertirá en una llama de amor que se expande por todos los miembros del cuerpo de Cristo que es la Iglesia” (Carta al Rev. Sacerdote Chevignard, en Escritos, 387-389).