Jesucristo Rey del Universo Solemnidad

Jesucristo Rey del Universo Solemnidad

Lun, 20 Nov 23 Lectio Divina - Año A

Jesús rey, juez y pastor

Mateo da a Jesús el título de rey (1,23; 13, 41; 16, 28; 20, 2). La realeza de Dios es un tema muy querido en la Biblia. Porque es el Hijo de Dios, Jesús reina junto al Padre. En nuestro texto el rey es Jesús, pero Él ejercita su realeza en estrecha relación con el Padre. Los elegidos son los "benditos de mi Padre" y el reino al cual son invitados a entrar, es un reino preparado para ellos por Dios, como indica la forma pasiva del verbo. Esta forma verbal, dicha pasiva divina, se encuentra a menudo en la Biblia y tiene siempre a Dios como sujeto implícito. En este texto el reino viene a indicar la vida eterna.

Igualmente unida a la realeza está el simbolismo pastoral. En la antigüedad el rey se presentaba a menudo como pastor de su pueblo. También el Antiguo Testamento habla de Dios, rey de Israel, como pastor (ver por ejemplo Sal 23; Is 40, 11; Ez 34) y el Nuevo Testamento aplica el título también a Jesús (Mt 9, 36; 26, 31; Jn 10). Los pastores de Tierra Santa en los tiempos de Jesús llevaban a pastar rebaños mixtos, compuestos de ovejas y cabras. Al atardecer los separaban porque las ovejas duermen al sereno, mientras las cabras prefieren ponerse bajo cobijo. En nuestro texto las ovejas representan a los elegidos porque son de mayor valor económico que las cabras y también por su color blanco que a veces en la Biblia significa la salvación.
Mirando este último tiempo de la historia, que es la manifestación definitiva del reino de Dios, comprendemos cómo ese reino se manifiesta solo en el misterio, en pequeños gestos simbólicos, pero significativos.
El evangelio de hoy nos presenta uno de estos gestos, que son constitutivos de nuestra vida cotidiana: dar de comer a los hambrientos, dar de beber a los sedientos, vestir al desnudo, etc.
Esto vale para toda persona que viva sobre la faz de la tierra. Dios ha querido crearnos solidariamente; y este tiempo actual nos prepara para la manifestación plena de Dios en nosotros. Es cierto que, en esta fase del reino de Dios, estamos todavía en el misterio. Pero es un misterio de caridad y de atención a los otros donde solo cuenta la autenticidad del amor.
Al releer estas actitudes podemos pensar que somos un tanto utópicos. Si con ello se pretende describir cómo será la vida de las personas en la tierra, tendrán que hacer frente a la realidad de la agresividad y de la negatividad. Pero el Señor ha venido a revelar la potencia del Dios amor, que es la fuerza que atrae al universo hacia la plenitud del reino. Jesús anuncia la posibilidad de un amor que puede neutralizar e integrar los efectos nocivos y destructivos de la agresividad. Cada uno de nosotros está llamado a la plenitud del reino y a asumir ante cada hermano y hermana esa caridad desde la que se decidirá nuestro destino eterno.
No es fácil captar cómo aparece la realeza de Cristo en la historia de la humanidad, tan llena de crueldad y de violencia.
Conviene partir del principio de que esta fiesta de Cristo Rey del universo se despliega en dos fases: la primera es la actual, escondida en el misterio; la segunda es la definitiva, el punto de llegada de toda la historia de la humanidad -y no solo de la historia de la Iglesia-, su punto de referencia. En la primera carta de san Pablo a los Corintios (15,20) se dice que «Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de aquellos que han muerto».
Esto significa que Él es el primero de una larga serie de muertos que revivirán. Pero el primero en resucitar es Cristo, que es como la primicia; después, con su venir da final, también todos aquellos que son de Cristo. Cuando todo esto haya sucedido, Jesús entregará el reino al Padre, y Dios será todo en todos. En ese momento será enjugada toda lágrima del rostro de los hombres: «Ya no habrá muerte, ni luto, ni lamentación, ni afán, puesto que las cosas de antes habrán pasado» (Ap 21,4).
Nosotros estamos a la espera de este momento final y apostamos todo por ello. No habrá una simple glorificación de los individuos y de sus virtudes, sino que será la plenitud de vida del conjunto de la humanidad, que será una sola cosa con Dios Padre en una maravillosa transparencia recíproca.
Hagamos de nuestra fe vida. Pero no queramos hacer encajar la grandeza de la fe en la pequeñez de nuestra vida.