Solemnidad de Pentecostés

Solemnidad de Pentecostés

Lun, 17 May 21 Lectio Divina - Año B

  1. Oración inicial
    ¿Cuándo vendrá el Consolador, oh Padre mío? ¿Cuándo llegará a mí tu Espíritu de verdad? El Señor Jesús nos lo ha prometido, dijo que lo enviaría desde tu seno hasta nosotros. Padre, ¡abre tu corazón y envíalo desde los cielos santos, desde tus altas moradas! No tardes más, sino cumple la antigua promesa; ¡sálvanos hoy, para siempre! Abre y danos tu Amor por nosotros, para que también yo pueda abrirme y ser liberado por ti y en Ti. Que esta Palabra tuya sea hoy el lugar santo de nuestro encuentro, la estancia nupcial de la inmersión en ti, ¡oh Trinidad Amor! Ven a mí y yo a ti. ¡Permanece, oh Padre! ¡Permanece, oh Hijo Jesucristo! ¡Permanece para siempre, oh Espíritu Consolador, no me abandones jamás! Amén.
  2. Introducción.
    Como el Padre me envió, asi tambièn os envió Yo, recibid el Espíritu Santo. Recibieron el Espíritu y supieron perdonar y rompieron las barreras del miedo y las puertas de la pequeña comunidad y experimentaron la paz en la misiòn y se comprometieron con Jesús. Pentecostés, plenitud de la Pascua, Jesús murió para comunicarnos el Espíritu Santo y Resucitó para comunicarnos el Espíritu Santo. Pentecostés, manifestación plena de la Iglesia para la Misión: vayan por todo el mudo y anuncien el Evangelio a todos.
  3. Historia de Pentecostés 
    La palabra “Pentecostés” quiere decir “el día número 50” o “el quincuagésimo día”. Se trata del nombre de una fiesta judía conocida como “Fiesta de las Semanas”, más exactamente la de las “siete semanas” que prolongaban la celebración de la gran fiesta de Pascua. Se sumaba así una semana de semanas (7×7), número perfecto que se celebraba al siguiente del día 49. En un principio se trataba de una fiesta campesina: después de recoger las primicias, los campesinos festejaban agradecidos el fruto de la cosecha (Ex 23,16). Pero con el tiempo, se convirtió en fiesta religiosa en la que se celebraba el gran fruto de la Pascua: el don de la Alianza en el Sinaí (Lev 23,18-20; Nm 28,26).
    En el Pentecostés cristiano, la gracia de la Pascua se convierte en la fiesta de la nueva y definitiva Alianza entre Cristo y cada uno de nosotros, sellada por el poder del Espíritu Santo. Fueron 50 días de alegría y fiesta que hoy, gracias al Espíritu Santo, quieren quedar sellados para siempre. He aquí la causa de nuestra alegría: el amor hecho vida es más fuerte que la muerte; y la Resurrección, el acontecimiento fundante de nuestra fe.

Por eso la fiesta de hoy, no sólo es la culminación del tiempo más fuerte e importante del año para un cristiano, sino el comienzo de una nueva manera de vivir como tales. Quien nos posibilita la victoria sobre el mal y el pecado –que no sólo está fuera sino también dentro de cada uno- es el mismo Espíritu que Jesús “hoy” vuelve a soplar sobre el que quiera recibirlo.

4.   Contexto:
Los pocos versículos que nos ofrece la liturgia hoy para la meditación, pertenecen al gran discurso de despedida dirigido por Jesús a sus discípulos antes de la Pasión, que Juan prolonga desde el cap. 13,31 hasta el final del cap. 17. Jesús comienza a hablar aquí de las consecuencias inevitables del seguimiento y de la opción de fe y de amor por Él; el discípulo debe estar pronto a sufrir persecución por parte del mundo. Pero en este combate, en este sufrimiento, hay un Consolador, un Defensor, un Abogado, que testimonia por nosotros y nos salva: el don del Espíritu ilumina los acontecimientos humanos del discípulo, y lo llena de esperanza viva. Él ha sido enviado para hacernos comprender el misterio de Cristo y para hacernos partícipes del mismo

5. Estructura del texto 
16, 26-27: Jesús anuncia el envío del Espíritu Santo, como Consolador, como Abogado defensor; será Él que actúe en el proceso acusatorio que el mundo hace contra los discípulos de Cristo. Será Él, el que los haga fuertes en la persecución. El Espíritu da testimonio ante el mundo respecto al Señor Jesús; Él defiende a Cristo, contestado, acusado, rechazado. Pero, es necesario también el testimonio de los discípulos; el Espíritu debe servirse de ellos para proclamar con poder al Señor Jesús en este mundo. Es la belleza de nuestra vida convertida en testimonio de amor y fidelidad a Cristo.

16, 12: Jesús coloca a sus discípulos - y por lo tanto a nosotros - frente a su condición de pobreza, de incapacidad, por la cual no les es dado comprender muy bien, ni las palabras de Jesús, ni las palabras de la Escritura. Su verdad es todavía un peso, que no pueden recibir, sostener y llevar.

16, 12-15: En estos últimos versículos, la Palabra de Jesús revela a los discípulos cuál será la acción del Espíritu en ellos. Será Él el que los lleve hasta la verdad completa, es decir, les hará comprender el misterio de Jesús en su totalidad, en la totalidad de su verdad. Él guiará, revelará, anunciará, iluminará, dándonos a nosotros, discípulos, las mismas palabras del Padre. Y así, seremos conducidos al encuentro con Dios; se nos hará capaces, por gracia, de comprender la profundidad del Padre y del Hijo.

6. Una clave para la Lectura
San Juan la utilizó un poco más arriba, diciendo: “Yo rogaré al Padre y Él os dará otro Paráclito, para que permanezca en vosotros para siempre” (Jn 14, 16) y revelando que el Espíritu viene a consolar, a permanecer junto a nosotros, a defender, a proteger. Aquí, sin embargo, en este versículo, parece que emerge otro significado un tanto diverso: el Espíritu Santo se presenta a nosotros como el Abogado, es decir, el que está junto a nosotros en el juicio, en las acusaciones, en el tribunal de la persecución. Lo sabemos, toda la historia, incluso la de nuestros días, lleva en su corazón la acusación, el desprecio, la condenación hacia el Señor Jesús y hacia cuantos lo aman.
Es la historia de cada día de todos. En el banco de los acusados, junto a Jesús, nos sentamos también nosotros. Pero no estamos solos. Tenemos un Abogado. El Espíritu del Señor viene y actúa en el juicio en nuestro favor: habla, da testimonio, trata de convencer y de probar. Es inmensa su obra en medio de nosotros y en favor de nosotros. Junto al Padre, nuestro Abogado es Jesús, como escribe Juan en su Primera Carta (1 Jn 2, 1); pero ante el mundo, nuestro Abogado es el Espíritu, que Él nos envía desde el Padre. No debemos preparar antes nuestra defensa (Lc 21, 14), pensando que podremos disculparnos por nosotros solos, sino que debemos dejar un espacio al soplo del Espíritu Santo dentro de nosotros, dejar que sea Él el que hable, el que diga, el que pruebe.
También Pablo tuvo que hacer esta dura experiencia; lo escribe en su Segunda Carta a Timoteo: “En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon” (2 Tim 4, 16). Y es así: no hay defensa para nosotros, ni inocencia, ni liberación, ni excarcelación verdadera, si no es en relación íntima con el Espíritu del Señor. Él se nos envía, para que podamos dejarnos arrebatar por su presencia, como en un abrazo, como en una relación íntima e intensa de amistad, de confianza, de abandono y de amor.

7. El testimonio
Empiezo a comprender, cuando continúo acogiendo las palabras de este evangelio en mi corazón, que la relación de nosotros, discípulos, con el Espíritu Santo tiene por finalidad el hacernos capaces de dar nuestro testimonio de Jesús. Se nos une indeciblemente al Espíritu Santo, somos aferrados por Él, atraídos por su fuego, que es el Amor recíproco del Padre y del Hijo, para que podamos nosotros iluminar también, ser fuente de amor en este mundo.

Dar testimonio significa atestiguar con claridad, dando pruebas de ello. En primer lugar es el Espíritu Santo el que realiza este testimonio, continuamente, en todo lugar, en todo tiempo; Él actúa con potencia en nosotros y alrededor de nosotros. Él es el que mueve los corazones. Él es el que cambia nuestros pensamientos altaneros y endurecidos, el que une, el que reconcilia, el que impulsa al perdón y a la unión; más aún, es Él el que cura el alma, la psiche, el cuerpo y el corazón enfermos. Él es el que enseña, amaestra y hace dóciles, el que nos hace sabios, sencillos, pobres y puros. Da testimonio del Señor Jesús, el Salvador, a través de todas estas operaciones, toques leves de amor y comunión sobre nuestras tierras áridas y secas. Él da testimonio del Crucificado, del Sufriente por amor; pregona al Resucitado, que derrotó a la muerte para siempre; testimonia del Viviente, del Glorificado, de Aquél que está con nosotros hasta el final de los tiempos.
Este es el testimonio. El Espíritu lo introduce en este mundo, nos lo trae; no podemos quedar indiferentes, continuar somnolientos, eligiendo un poco de aquí y otro poco de allá. Él es la verdad. Y, solamente hay una verdad: la de Dios, su Hijo Jesucristo. Estamos llamados a testimoniar todo esto, es decir, a poner y empeñar nuestra vida por amor a esta verdad. Testimoniar es convertirse en mártires, por amor. No solos, ni por nuestra fuerza, ni por nuestra sabiduría. “También vosotros daréis testimonio”, dice Jesús. Nuestro testimonio solamente puede subsistir dentro del testimonio del Espíritu Santo; no son testimonios paralelos, sino vidas fundidas juntas: la del Espíritu y la nuestra. Esto se realiza delante de los infinitos tribunales del mundo cada día. Nuestra vida se convierte, entonces, en un lugar sagrado, casi en un santuario, del testimonio al Señor Jesús. No se trata de realizar grandes obras, o demostrar sabiduría e inteligencia, atraer muchedumbres; no, solamente basta una cosa: decir al mundo que el Señor está vivo, que está aquí en medio de nosotros y que anuncia su misericordia, su amor infinito.

8. El Padre
El contacto con el Espíritu Santo, el dejarse abrazar e invadir por Él, nos lleva al Señor Jesús; nos conduce hasta su corazón, hasta la fuente de su amor. Desde allí nosotros alcanzamos al Padre, recibimos al Padre. No teníamos nada, no hemos podido traer nada con nosotros al venir a este mundo; y ahora, ¡he aquí que somos colmados de dones! Imposible poder contenerlos todos. Hace falta dejar rebosar el recipiente, dejarlo salir fuera, hacia los hermanos y hermanas que encontremos, e incluso, dejarlo que florezca apenas en brevísimas experiencias de vida.

El Espíritu habla de Jesús y utiliza las palabras del Padre; Él nos repite lo que oye en el seno del Padre. El Padre es su morada, su casa; viniendo a nosotros, el Espíritu trae su impronta, el sello de aquella morada, de aquel lugar de comunión infinita, que es el seno del Padre. Y nosotros comprendemos muy bien, que aquella es nuestra casa; reconocemos el lugar de nuestro origen y de nuestro fin. Descubrimos, al recibir el Espíritu de Jesús, que también nosotros venimos del Padre, que nacemos de Él y vivimos en Él. Si nos buscamos a nosotros, si deseamos encontrar el camino, el sentido de nuestra vida, todo está escrito en las palabras que el Espíritu pronuncia para nosotros, dentro de nosotros, respecto a nosotros. Hace falta hacer un gran silencio, para poderlo escuchar, para comprenderlo. Hace falta volver a casa, pensar en nuestro Padre y decir dentro de nosotros: “Sí, ¡basta ya! He vagado demasiado tiempo lejos y me he perdido… Volveré a mi Padre”. Contemplo cuántas maravillas puede obrar el Espíritu de la verdad, que mi Señor Jesucristo me envía desde el Padre.
No será Pentecostés, si no me dejo aferrar por Él, ser llevado con Él hasta el seno del Padre, donde ya me espera el Cristo, donde ya está encendido para mí el fuego del Espíritu Santo.

9.  Para una mayor riqueza
Hechos 2, 1-13 “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos, se llenaron todos del Espíritu Santo"…
1Cor 12,4-7 “Hay diversidad de Carisma, pero un solo Espíritu”…
Jn 14, 26-27 “El Espirito Santo, intérprete que el Padre les va a enviar en mi nombre, les enseñara  todas las cosas"…
Gal 5,16-25 “El fruto del   Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza".
Jn 16, 12-25 “El Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena"…
Rm 5, 5 -10 “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espiritu Santo que habita en nosotros".
Ez 37, 1. 3  "Huesos secos, os infundiré Espíritu y viviréis".
Joel 3,1-5 “Sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu".
Salmo 108 "Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra".
Rm 8, 22- 27 "El Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos inefables"…
1Cor 12,3-7 "Hemos sido Bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo".
Jn 20, 19-23 "Como el Padre me ha enviado, así también os envió Yo, recibid el Espíritu Santo".