V Domingo del Tiempo de Pascua

V Domingo del Tiempo de Pascua

Lun, 09 May 22 Lectio Divina - Año C

El presente texto está tomado del Testamento de Jesús, de su Oración Sacerdotal, cuando todo está a punto de cumplirse, de llegar al final de un proyecto, de un designio de amor. En este contexto de dramatismo y en cena de despedida, Jesús anuncia su pronta glorificación refiriéndose a su muerte y resurrección, y les deja a sus discípulos una consigna clara para cuando él falte: amarse recíprocamente como Él amó. Porque Él amó de otra manera, como nunca antes y nunca después. La novedad radical y escandalosa: amar hasta el final, hasta la locura de la cruz a cada persona, en los momentos sublimes como en los banales y cotidianos.
Como lo apasionante de ser cristiano, de seguir a Jesús, es que aquello que sucedió hace 2000 años, vuelve a suceder cuando por nosotros y por nuestra forma de amar y de amarnos, los hombres reconocen que somos de Cristo. Más aún: que somos Cristo, Él en nosotros y nosotros en Él. Es el acontecimiento que continúa hasta el final de los tiempos.
El evangelista Juan recoge parte de la conversación de Jesús con sus discípulos en la última cena: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Un mandamiento que todos vemos muy bien, pero que en la práctica cotidiana deja mucho que desear.
Tratemos de profundizar y comprender lo que significa e implica para el cristiano de hoy poner por obra este mandamiento: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”
Una condición, todos somos mendigos de amor en camino. «Les doy un mandamiento nuevo, que se amen como yo los he amado»: es una de aquellas enseñanzas que llevan la marca de Jesús. Palabras infinitas, en las que nos adentramos sigilosamente para tratar de comprender aquel como yo que marca la diferencia del amor verdadero. Pero por qué nuevo, si este mandamiento recorre toda la Biblia, hasta abrazar también a los enemigos: «Si tu enemigo tiene hambre, dale pan de comer, si tiene sed, dele agua de beber» (Prov. 25,21) ¿si desde siempre y donde quiera en el mundo las personas aman? La ley toda entera está precedida por un «eres amado» y seguida por un «amarás». «Eres amado», fundamento de la ley; «amarás», su cumplimiento. Jesús sabe que el hombre siendo creado a imagen y semejanza de Dios es capaz de amar, de dar amor y es también necesitado de amor, capaz de recibir amor. En esta realidad se juega la felicidad o infelicidad del hombre. Mandamiento, entendido no como una obligación, una imposición, sino como el fundamento del destino del mundo y de la suerte de cada uno.
¿Qué nos sugiere el texto bíblico para hacer de este mandamiento una norma de vida, un modo de ser y estar frente a Dios y a los hombres?
Lo primero es entrar en esta atmósfera en la que se respira Dios. Y no es un premio por mi buena conducta, sino un don sin un por qué. La realidad es que “estamos sumergidos en un océano de amo y no nos damos cuenta” (G. Vannucci).
El segundo paso lo indica un pequeño adverbio: Jesús no dijo amen cuanto yo, sino ama como yo. No es suficiente amar, podría ser también una forma de posesión, de poder sobre el otro, un amor que toma y exige, y no da nada; existen también amores violentos y desesperados, tristes y hasta destructivos. Jesús ama con «ternura combativa» (Evangelii gaudium), a veces valiente como un héroe, a veces tierno como un enamorado, como una madre, que no se rinde, no se cansa, no se resigna a abandonar la oveja perdida, la persigue por zarzas y pedregales y encontrándola se la carga sobre la espalda, tiernamente feliz. Jesús nos muestra el amor del Padre amando, muestra su amor por la humanidad, entregándose sin tenerse nada para sí.
Tercer paso: ámense los unos a los otros. Expresión mayúscula, que se repite decenas de veces en el Nuevo Testamento y quiere decir: en la reciprocidad, mirándose a los ojos, cara a cara. Ámense los unos a los otros, en un intercambio de dones, porque dar siempre, dar sin recibir no es fácil, no siempre somos capaces, somos todos mendigos de amor, de una felicidad que se pesa en la balanza preciosa del dar y del recibir amor.
Amar a los otros: no ‘cuanto’ sino ‘como’ ha hecho Jesús. Pero ¿es posible ordenar que amemos? Amar, en la lógica del Evangelio, no es una obligación, sino una necesidad para vivir, como respirar: «todos tenemos necesidad de mucho amor para vivir bien» (J. Maritain). Es mandamiento en el sentido de fundamento del destino del mundo y de la suerte de cada uno: ámense los unos a los otros, es decir todos, de lo contrario la razón será siempre del más fuerte, del más violento o del más astuto.
Jesús declara «Nuevo» este mandamiento. ¿En qué cosa consiste la novedad de estas palabras si también en la Ley de Moisés ya eran reportadas: amarás a tu prójimo como a ti mismo? (Lev 19,18; Deut 6,5).
Esa novedad la entendemos de las palabras siguientes. Jesús no dice simplemente “amen”. No es suficiente amar, podría ser solo una forma de posesión y de poder sobre el otro, un amor que toma y no da nada. El Evangelio agrega una palabra particular: ámense los unos a los otros. En una relación de comunión, en un cara a cara, un tú a tú, en la reciprocidad: amor dado y recibido.
Pero la novedad evangélica no se reduce solo a esto. Jesús añade el secreto de la diferencia cristiana: como yo los he amado, así ámense los unos a los otros. Lo específico del cristiano no es amar, ya lo hacen muchos, en muchos modos, bajo todos los cielos, sino amar como Jesús. No cuanto él, imposible para nosotros vivir su medida, pero cómo, con el estilo único de Jesús, con la revolución de la ternura combativa, con los vuelcos que ha traído. Ha hecho cosas que ninguno había hecho nunca: sí yo les he lavado los pies así también ustedes, háganlo (Jn 13, 14-15) a partir de los más cansados, de los más pequeños, de los últimos. De esto todos sabrán que son mis discípulos si tienen amor los unos por los otros. «No es suficiente ser creyente, debemos ser creíbles» (Rosario Livatino). Dios no se demuestra, se muestra. Cada uno debemos hacernos, como Él, historia inédita del rostro de amor de Dios, canal no obstruido, a través del cual el amor, como agua que fecunda, circula en el cuerpo del mundo.
Consigna: Amar al otro al estilo de Jesús. Si, ¿pero de qué amor? Si nosotros hoy confundimos frecuentemente el amor con una emoción, una limosna, un gesto espontaneo y ocasional de solidaridad. Amar sobrepasa todo esto, porque contiene la emoción del descubrimiento del otro, porque para amar debo mirar la persona con los ojos de Dios, cuando adopto su mirada luminosa soy capaz de descubrir toda la belleza, la grandeza y unicidad en el otro. Entonces lo puedo amar, y en el amor el otro se convierte en mi maestro, aquel que me hace caminar por nuevos senderos. Dejarse habitar por las riquezas del otro, y la vida se vuelve inmensamente más feliz y libre. Del mismo modo también los pobres que encontramos en el camino o el extranjero que llama a la puerta los puedo mirar como si fueran nuestros “Jesús” (María Oliva Bonaldo CM), y aprender a dar y a darnos como hacía Jesús: no como un rico sino como un pobre que recibe, como un mendigo de amor.
Dejarse amar para comprender la verdad. Con aquel amor creativo, que no mira nunca el pasado, sino que abre caminos. Amor que indica pasos, al menos un paso hacia adelante, siempre posible, en cualquier situación. Amor que te hace débil y muy fuerte también: débil hacia el que amas, pero en guerra contra todo aquello que hace daño.
El amor cristiano es ante todo un amor recibido, acogido que no nace de un esfuerzo de voluntad, reservado a los más valientes, porque el amor viene de Dios, no de mi bravura: amar comienza con el dejarse amar. No somos más valientes de los otros, somos más ricos, ricos de Dios. Es un amor que perdona, pero que no justifica el error. Justifica la fragilidad, la mecha humeante, la caña vacilante, pero no la hipocresía de los píos y los potentes. Ama al joven rico, pero ataca los ídolos del dinero.
«Ámense los unos a los otros»: todos, ninguno excluido. Los unos a los otros significan además correspondencia. No somos llamados solo a gastarnos por los otros, sino también a dejarnos amar , pues es en el dar y en el recibir amor que se pesa la bienaventuranza de la vida. Solo quien se ha sentido amado gratuitamente es capaz de amar al otro en forma desbordante y generosa, así como Jesús que amó gratuitamente y siempre.
Amor es inteligencia y revelación, amar es comprender, acoger y aceptar al otro más a fondo: Como Jesús cuando hace surgir la verdad profunda de Pedro: « ¿Me amas tú, ahora?», “¿me amas más que estos?” (Jn 21,15-17). Y no le importa cuando en el cortil de Caifás, la Roca, ha tenido miedo de una sierva. Amor que lee el hoy, e intuye el mañana del corazón. Y le repite a Pedro y hoy a mí: ¿Me amas? Porque tu deseo de amor es ya amar.
La "medida" del amar es amar sin medida. “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros”. ¿Por qué amar? Porque así hace Dios. La ley de la vida es actuar como Dios actúa, entrar en la misma corriente de Dios, ser luz de su luz: «queridos, si Dios nos ha amado primero, entonces también nosotros debemos amarnos los unos a los otros» nos los recuerda S. Juan (1 Jn. 4). El único lugar del que puede brotar el amor es la experiencia de haber sido amados y el dejarnos amar ahora, por Dios.
Amarnos los unos a los otros: los otros, todos, los justos e injustos, buenos y malos, ricos y pobres (Mt 5, 45-4). El otro me preocupa, me incumbe, no cabe la indiferencia cuando se ama sin medida.
Los cristianos aman al modo de Jesús, reviviendo cada día el “como” él ha amado. Esta es la escuela del amor. El amor es Él: cuando lava los pies a sus discípulos, cuando se dirige a Judas que lo traiciona llamándolo: amigo, cuando ora por quienes lo matan. Se trata de tomar en mano el Evangelio y encontrar y recomponer todas las cartas del mosaico de cómo Jesús ha mostrado amor. Hay que intentar de nuevo cada día. Y lo intentaremos hoy.
En la vida práctica.
Agradezco al Señor la capacidad que ha puesto en mí para amarlo, y amar más y mejor a quienes de alguna manera están cerca de mí.
Imito a Jesús con un corazón misericordioso, aceptando a los demás, como Él me acepta a mí.
Comienzo reparando las faltas de amor a las personas que diariamente me rodean. Pido perdón a Dios y a los hermanos.