XXV Domingo del Tiempo Ordinario

XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Lun, 13 Sep 21 Lectio Divina - Año B

El Evangelio nos presenta a Jesús en camino atravesando la región de Galilea. Una travesía durante la cual Jesús intensifica la enseñanza a sus discípulos, a su comunidad itinerante, continuando a anunciarles la necesidad de su pasión y muerte. Como ya había dicho al inicio del viaje, a Cesarea de Filippo (cf. Mc 8,31), aquí reitera: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres y lo matarán; pero, una vez asesinado, después de tres días resucitará”; y lo hará después por tercera vez (cf. Mc 10,33-34).
El Evangelio de hoy nos presenta claramente dos relatos. En el primero Jesús hace alusión al cumplimiento de su misión en la tierra. Y en el segundo, a partir de ciertos comportamientos de sus discípulos, Jesús da una enseñanza acerca de la verdadera grandeza.
Jesús camina con sus discípulos, y como buen maestro, les iba enseñando por el camino. Les insinúa que deberá morir en manos de los hombres, pero que también resucitará al tercer día. Jesús les habla de cosas inevitables, de vida y de muerte, les está contando a sus mejores amigos que dentro de poco tiempo lo matarán. Está con los de más confianza, pero se da cuenta que no lo escuchan, se desinteresan de la tragedia que caerá sobre su maestro y amigo, todos afanados solo por la competición sobre quién es el más grande entre ellos.

El domingo anterior el Evangelio (Mc 8, 27-35) nos presentaba a Jesús pronunciando estas mismas palabras. Pero no por ser el segundo anuncio de la pasión significa que sus discípulos esta vez hayan comprendido mejor, o entendido correctamente. Al contrario, no solo no comprendían, sino que tampoco se animaban a preguntar de qué se trataban estas palabras, ni qué sentido tenían. Podemos suponer que no se trata de falta de interés por parte de los discípulos al no preguntar, sino más bien el temor a demostrar ignorancia ante una pregunta paradójica, o por el solo hecho de querer evadir todo lo que implica hablar de cruz y de dolor, como muchas veces nos puede suceder a nosotros. Como Pedro en el primer anuncio (cf. Mc 8,32-33), aquí todos los discípulos se niegan a comprender las palabras de Jesús y, cerrados en su ceguera, ni siquiera se atreven a preguntarle. Acontece también en nuestra vida que hay temas de los cuales dicimos: “mejor no hablar”.
Llegando a casa en Cafarnaúm, Jesús y los suyos se detienen para descansar. En esta intimidad Él aprovecha para preguntarles: “¿De qué cosa estaban discutiendo per el camino?”. La respuesta es un silencio lleno de temor. Los discípulos, en efecto, saben de qué cosa han hablado, saben que en esa discusión se había manifestado en ellos un deseo y una actitud contrarios a las enseñanzas de Jesús: cada uno había sido tentado de aspirar al primer puesto en la comunidad. Habían rivalizado los unos con los otros, con pretensiones. Por eso prefieren el silencio, no sabiendo qué decir y como justificar el desinterés y desatención hacia la enseñanza que Jesús les estaba dando durante el camino; se dan cuenta que sus pensamientos y palabras no son agradables a Jesús, que conoce sus corazones.
Ciertamente Jesús conocía sus pensamientos, sus defectos, debilidades, de la misma forma en que conoce los nuestros. Pienso al dolor, a la decepción que Jesús pudo haber probado frente a la actitud de sus discípulos. Entre nosotros, entre amigos, una indiferencia como esta, sería una ofensa imperdonable.
En cambio el Maestro no reprocha a los apóstoles, no los rechaza, no los aleja, y tampoco se deprime. Los pone bajo el juicio de aquel clarísimo y agobiante pensamiento: quien quiere ser el primero sea el último y el siervo de todos. El primado, la autoridad según el Evangelio radica solo en el servicio; y el servicio a todos, no a los amigos, a los preferidos solamente.
Jesús no quiere que nadie se “pierda”, por eso cuando vio que entre sus discípulos estaba brotando una semilla de fruto amargo, en este caso la ambición, al notarlo la saca de raíz. Por eso reúne, se sienta en medio de ellos y les responde a sus inquietudes sobre quién o como se es más grande. En la lógica de Dios, la grandeza de un hombre es contraria a nuestros esquemas. No se es más grande que otro ni por el dinero, ni por el éxito, ni por la experiencia. En esta lógica de Dios, se es más grande haciéndose pequeño, y se es primero haciéndose el ultimo y servidor de todos.

¿Quieres ser grande? Hazte siervo de todos… Porque el realmente grande es quien no se sirve del otro, sino lo sirve; quien saluda aun a aquel que no lo saluda; le da aun si no agradece. Pero a nosotros muchas veces sucede todo lo contrario: nuestra alegría es mandar, obtener, poseer, ser el mejor sobre otros, no cierto ser los siervos. Y por tanto, siervo "de todos” sin límite de grupo, de etnia, sin exclusión, sin preferir los amigos a los lejanos.  Esta es la novedad que nos dejó Jesús. 
¿Quién es el más grande? Eh aquí el modo magistral de Jesús de gestionar las relaciones y de enseñar sobre la verdadera grandeza: ante todo non los reprocha, no los juzga, no los acusa, non se pierde en críticas o juicios, piensa en cambio a una estrategia para educarlos. Y lo hace con un gesto inusual: un abrazo a un niño, que abre una entera revelación: Dios es así, más que omnipotente, omniabrazante (K. Jaspers).  

Jesús, siendo el primero de todos, no se pone al centro a sí mismo, sino al más inerme y desarmado, el más indefenso y sin derechos, el más débil, el más amado, un niño. Proponer el niño como modelo del creyente es hacer entrar en la religión lo inédito. ¿Qué sabe un niño? No sabe de filosofía ni de leyes. Pero conoce como ninguno la confianza. Y agrega: quien lo acoge, me acoge a mí. Da un paso adelante, enorme e increíble: indica al niño como su imagen. ¡Dios como niño!
Jesús pone a los niños como ejemplo y modelo: ustedes que son adultos (grandes), deben ser como niños (pequeños). En esto consiste la humildad, en abajarse, en hacerse chiquitito, y en estimarse poco. Y no solo eso, los niños tienen un alma pura, un corazón sincero, y pensamientos sencillos, en ellos no hay lugar para la envidia o la ambición, no hay en ellos la pretensión de grandeza. Es un signo fuerte, porque para la sociedad de aquel tiempo los niños ocupaban un lugar secundario, y con este gesto de Jesús de poner a un niño en el centro y de abrazarlo con cariño, rompe con los esquemas establecidos. El mensaje viene a significar que Jesús ama y abraza a todos los hombres que sean en sus corazones como niños, que sean humildes y sencillos.

“Quien acoge a uno de estos pequeños me acoge a mí”. Acoger a un niño significa entrar en su mundo; el niño que non se basta a sí mismo y vive solo si es amado, recibe todo y puede dar muy poco; improductivo y sin embargo tranquilo ante el futuro, seguro no de si, sino de sus padres; fuerte no de su propia fuerza, pero de aquella con la que su propio padre lo levanta en sus brazos. Su debilidad es su fuerza. «Si no se vuelven como niños», si no encuentran el estupor de ser hijos, hijos pequeños que saben llorar y que aprenden a reír, hijos cuya fuerza es el Padre, no entrarán en el Reino.
“Quien recibe a los hombres y mujeres que en sus corazones son como niños, reciben a Dios mismo. Y también insiste que quien recibe a Jesús, recibe a quien lo envió, es decir, recibe al Padre.
Frente a la tentación constante de querer ser el primero y ser servido más que servir, no nos queda que pedirle al Señor que nos enseñe a ser como un niño, que nos enseñe a servir con generosidad y entrega.

Oremos confiadamente:
Señor, enséñame a ser como niño, a disfrutar de la vida, a jugar y reírme con las cosas pequeñas. Enséñame a confiar y a entregarme del todo sin protegerme para no ser dañado. Enséñame a mirar con ojos inocentes, a creer en la vida, en los demás, a no hacer cálculos. A fiarme de ti. A ir de tu mano por el camino. A dejarme abrazar como los niños. A recibir amor y caricias porque los necesito. Enséñame a saber perder el tiempo con cosas no fundamentales, serias e importantes. Enséñame a disfrutar el momento como los niños. Sin temer el futuro. Sin quedarme pensando en lo pasado. Tú que dijiste: «dejen que los niños se acerquen a Mí», mira con ternura a todas las almas nobles y puras que se acercan como niños a tu muy Compasivo Corazón, fuente de santidad y misericordia; que todas juntas alaben siempre Tu Nombre y así sean inspiración para otros. No te apartes nunca de mi lado, ni permitas que pueda apartar mi mirada ni un instante de Ti. Te amo y quiero vivir siempre unido a Ti.  Amén.