XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

Mar, 20 Sep 22 Lectio Divina - Año C

Dios nos llama a examinar nuestra actitud sobre los bienes materiales. Si el cristiano no comparte sus bienes con los necesitados, no es auténtico cristiano. Es duro el evangelio cuando habla de la suerte del rico y del pobre. A veces, la mesa llena, el vestido púrpura y los muchos dividendos impiden la conversión. Pero lo que parece imposible a los ojos de los seres humanos, no es imposible ante Dios.

Contexto
La parábola de un hombre rico y un hombre pobre (Lc 16, 14-31) se encuentra ubicada entre el capítulo de Lc 15, que presenta las tres parábolas de la misericordia: La oveja perdida, la dracma perdida y el hijo prodigo, y en Lc capítulo 17 que habla del escándalo, la corrección fraterna, servir con humildad, los diez leprosos, la venida del Reino de Dios y el día del Hijo del hombre.
El evangelio de este domingo va dirigido a los fariseos, que eran amigos del dinero y se burlaban de Jesús (Lc 16, 14).
En esta parábola del rico avaro y el pobre Lázaro se desarrollan dos cuadros.
La situación del rico y el pobre en su existencia terrenal (Lc 16,19-21.
La situación del rico y el pobre en su existencia más allá de la muerte (Lc 16,22-31.
La primera parte de la parábola cuenta la historia de un rico que no siguió la enseñanza de Jesús de pensar en los demás y ayudar a Lázaro. Lázaro sólo recibía migajas que caían casualmente y no fue objeto de la más mínima caridad. Podemos ver al rico como un ejemplo concreto del mal uso de la riqueza. A diferencia del rico, el pobre tiene nombre.
El nombre Lázaro tiene una significación: “Aquél a quien Dios ayuda”. El detalle vale la pena porque es el único caso en el que Jesús le pone nombre a un personaje en sus parábolas. El significado anotado apunta a la misericordia de Dios que piensa prioritariamente en el pobre. Además, Lázaro parece encajar en el perfil del israelita piadoso: sin tierra, sin posesiones, sin herencia, sólo Dios es su herencia.
La parábola anuncia una buena nueva tanto para los ricos como para los pobres. Los primeros, son llamados a través de esta “Palabra” a la conversión y los segundos saben que Dios ha asumido su causa y les hace justicia. En el momento de plantear la problemática, el énfasis de la parábola va sin duda en dos direcciones: la carencia del “ver” y la carencia del “escuchar”:
1) El rico no ve: no vio a Lázaro en la puerta de su casa, su riqueza elevó un muro entre él y su alrededor. No es capaz de ver, de apreciar el mundo real.
2) El rico no es capaz de escuchar, porque todo se encuentra en el rollo de Moisés y los Profetas: ¡Basta escuchar para encontrar lo que se busca! Entonces, no hay disculpa para una vida egoísta y falta de solidaridad.
Para reconocer y cumplir la voluntad de Dios basta leer y comprender la Biblia que nos habla del amor a Dios que se hace concreto en el amor al prójimo. Menos disculpa todavía tiene un discípulo de Jesús: de nada sirve la fe en el Resucitado para quien no cree lo que lee en las Escrituras o, pero, no vive lo que cree. De ahí que vivir la solidaridad es la mejor manera de expresar nuestra fe pascual. Vive pascualmente quien ama y le tiende la mano a su hermano. Volviendo a la conclusión de la parábola, notamos cómo en el momento de plantear la solución el Señor Jesús enfatiza la importancia del “oír”.
Curiosamente, mientras que el conjunto de las lecturas de este domingo nos habla de (verdadera) pobreza y de (falsas) riquezas, la lectura de la primera carta a Timoteo aparece cortada de manera que el v.10 que precede nuestro pasaje queda fuera. Pero el contexto anterior es importante: “La raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores” (6,10). La carta sigue enseguida con la otra cara de la moneda; se nota entonces la fuerza de la primera frase: “Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas; corre al alcance de la justicia…” (6,11). Una vez descartado el amor al dinero como camino de felicidad, la carta nos muestra cuál es la ruta del crecimiento cristiano: “Corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura” (6,11). De esa manera se “conquista la vida eterna”, que es en última instancia nuestra vocación. Para lograrlo hay que mantener la mirada en Jesús: su amor, su perseverancia y su dulzura.
Está creciendo en nuestra sociedad la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Evitamos de mil formas el contacto directo con las personas que sufren. Poco a poco, nos vamos haciendo cada vez más incapaces para percibir su aflicción.
La presencia de un niño mendigo en nuestro camino nos molesta. El encuentro con un amigo, enfermo terminal, nos turba. No sabemos qué hacer ni qué decir. Es mejor tomar distancia. Volver cuanto antes a nuestras ocupaciones. No dejarnos afectar.
Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Hemos aprendido a reducir el hambre, la miseria o la enfermedad a datos, números y estadísticas que nos informan de la realidad sin apenas tocar nuestro corazón. También sabemos contemplar sufrimientos horribles en el televisor, pero, a través de la pantalla, el sufrimiento siempre es más irreal y menos terrible. Cuando el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, nos esforzamos de mil maneras por anestesiar nuestro corazón.
Quien sigue a Jesús se va haciendo más sensible al sufrimiento de quienes encuentra en su camino. Se acerca al necesitado y, si está en sus manos, trata de aliviar su situación.
La primera petición que hace el rico a Abraham es que envié a Lázaro para auxiliarle en su sufrimiento, pero le responde que él en su vida terrenal estuvo recibiendo bienes y Lázaro males, pero ahora hay consuelo para Lázaro y tormento para el rico; esto no significa que en nuestra vida terrenal debemos buscar el sufrimiento para que en la vida venidera tengamos consuelo, lo se quiere reflejar en la historia es como un rico judío que se jactaba conocedor de la ley de Dios y los profetas, al ver una persona necesitada no reacciona para ayudar al pobre mendigo, dándole comida y vestido.
Finalizo esta reflexión con lo siguiente: con las riquezas materiales que Dios nos ha dado en esta vida terrenal, debemos ayudar al necesitado, pensamos que esa riqueza la podemos llevar al cielo cuando morimos (1 Timoteo 6:7); no es pecado ser rico en cuanto a posesiones materiales, lo pecaminoso es el egoísmo, la altivez con nuestras posesiones y la confianza en las riquezas (1 Timoteo 6:17-19). Ese egoísmo y altivez es conducido directamente por el estado latente de un corazón endurecido. Jesús nos dijo: no temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino. Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón (Lucas 12: 32-34).