El Triduo Pascual

El Triduo Pascual

Mié, 27 Mar 24 Formación litúrgica

He deseado comer esta Pascua con vosotros (Lc 22,14-20). Jesús pronuncia esta frase recogida por el evangelista Lucas y en su brevedad se vislumbra no sólo el amor que siente por los suyos, sino también la tensión emocional que le produce saber que será su última Pascua terrena. Una Cena vivida entre amigos, que será celebrada y vivida hasta la consumación de los tiempos. A través de la rica liturgia de los próximos días revivimos -y no sólo "recordamos"- lo que Jesús dijo e hizo; nos nutrimos de la Eucaristía, en una Iglesia configurada por la Eucaristía, para hacer de la vida una Eucaristía.
El Triduo es el centro del misterio de Cristo y de todo el año litúrgico, ¡es la síntesis de nuestra historia de salvación! Repasemos, aunque sea brevemente, los tres días santos: el jueves en la historia nunca ha pertenecido al Triduo. Con la reforma del Vaticano II pasó a formar parte de él, o más bien a ser una introducción al mismo. De hecho, el Jueves pertenece a dos tiempos litúrgicos: la Misa Crismal, celebrada por la mañana en la iglesia catedral por el obispo con todo el presbiterio; y hacia la tarde la Misa de la Cena del Señor: preludio de la Pascua, en la que se prefigura la alegría pascual (canto del Gloria, repique de campanas, flores), pero también el drama de la muerte, porque es la noche de la traición del Cuerpo entregado y la Sangre derramada por amor.
Jueves Santo
La misa vespertina del Jueves Santo se llama In Coena Domini. El Jueves Santo, Jesús instituye la Eucaristía, anticipando en el banquete pascual su sacrificio en el Gólgota. Para hacer comprender a los discípulos el amor que le anima, les lava los pies, ofreciéndoles una vez más un ejemplo directo de cómo deben actuar. La Eucaristía es amor que se hace servicio (Papa Francisco). La Misa concluye con la reposición de la Sagrada Eucaristía consagrada en el Altar llamado -precisamente- de la Reposición. Esto no es el "Sepulcro". Jesús aún no ha muerto. La Eucaristía se "reposa" para ser adorada y consumida el Viernes Santo, no habiendo en ese día otra celebración que la de la contemplación y adoración de la Cruz.

El Viernes Santo
El Viernes Santo representa la máxima manifestación del amor de Cristo, que se entrega y se da hasta la muerte: ¡la muerte inocente! Hoy, en todo el mundo, no se celebra la Misa; el altar está sin mantel, sin cruz, sin velas. Desnudo en toda su "crudeza" de piedra, parece una tumba sellada. Recordamos la muerte de Jesús. Los ministros se postran en el suelo ante el altar al comienzo de la ceremonia en señal de obediencia a Aquel que se hizo obediente. La humanidad degradada y oprimida, y al mismo tiempo penitente, pide perdón por sus pecados. Es el Viernes Santo del siglo XXI. El rostro del hombre es escarnecido, cubierto de escupitajos, golpeado por el mismo hombre: "La cabeza cubierta de sangre y heridas, llena de dolor y escarnio [...] El Viernes Santo conmemoraremos la pasión y muerte del Señor; adoraremos a Cristo Crucificado, compartiremos sus sufrimientos con la penitencia y el ayuno". Dirigiendo "nuestra mirada a Aquel a quien traspasaron" (cf. Jn 19, 37), podremos sacar de su corazón traspasado, que mana sangre y agua como de un manantial; de ese corazón, del que brota el amor de Dios por cada hombre, recibiremos su Espíritu (Benedicto XVI).

Sábado Santo
El Sábado se caracteriza por el Silencio, es el día de la Madre Dolorosa que busca a su Hijo, lo llora, esperando que cumpla su Palabra: ¡Al tercer día resucitaré! En las iglesias todo es silencio, esperan la Noche de las noches, cuando en la más profunda oscuridad verán la Luz. Al romper la noche del Sábado Santo, comienza la solemne Vigilia Pascual, "madre de todas las vigilias". Tras bendecir el fuego nuevo, se enciende el Cirio Pascual, símbolo de Cristo que ilumina a todo hombre, y resuena gozosa la gran proclamación del Exsultet. La comunidad eclesial, a la escucha de la Palabra de Dios, medita la gran promesa de la liberación definitiva de la esclavitud del pecado y de la muerte. A continuación se celebran los ritos del Bautismo y de la Confirmación de los catecúmenos, que han recorrido un largo camino de preparación.
El anuncio de la resurrección irrumpe en la oscuridad de la noche y toda la realidad creada despierta del sueño de la muerte, para reconocer el señorío de Cristo (Juan Pablo II).

Por fin podemos cantar: Aleluya, aleluya.

Alégrese el pueblo,
alégrese la asamblea de los santos en el cielo,
un himno de gloria
saluden el triunfo del Señor resucitado.
Esta es la verdadera Pascua,
en la que Cristo, el verdadero Cordero,
libera a sus hermanos de la esclavitud del pecado.
Ésta es la noche en que Cristo, la verdadera Luz
consagra a los hermanos al amor del Padre
y los une en la comunión de los santos...