XV Domingo del Tiempo Ordinario

XV Domingo del Tiempo Ordinario

Dom, 07 Jul 19 Lectio Divina - Año C

El Evangelio de hoy nos presenta como el ejercicio de la misericordia debe ser un rasgo distintivo e indiscutible de un discípulo de Jesús. La parábola del buen samaritano,; un relato que pone en crisis la mediocridad de nuestra capacidad de amar.

Estructura del texto

  1. Primera parte del diálogo de Jesús con el legista sobre el mandamiento principal, el  del amor (10,25-29)
  2. La parábola del Buen Samaritano (10,30-35)
  3. Segunda parte del diálogo de Jesús con el legista donde se concluye cómo se ejerce el amor al prójimo (10,36-37)

Para interpretar adecuadamente la parábola del buen samaritano, como cualquier otra parábola, hay que tener presente el contexto en el que se proclama. En este caso, Jesús la dice en plena controversia con un maestro de la ley (25.29). Eso tiene su importancia porque es alguien que conoce bien la “ley”. Por otro lado, Jesús habla con un hombre que pretende “ponerlo a prueba y “justificarse él mismo .Es decir, alguien que no  habla con Jesús para conocerlo ni profundizar con él en “la vida eterna”. Alguien que no se quiere ver comprometido en lo que él mismo enseña: “la ley”.

Jesús hace que ell mismo, el  “maestro”, responda con “la ley”. Efectivamente la respuesta que da es la que todos los judíos saben de memoria, lo que siempre tiene en los labios “ Dt. 30,14)” Amaras al señor…. “ Dt. 30,14)” Amaras al señor…. Al prójimo… (27, Det6, 5;      Js. 22,5; Lv. 19,18). De este modo, ese hombre  se puede dar cuenta de que “heredar la vida eterna” está a su alcance si no olvida que “la Ley” también pasa por el corazón (Dt.30, 14), no sólo por los labios. En todo caso, Jesús ratifica la respuesta del maestro: “haz esto y tendrás la vida eterna", no te limites a decirlo.

La parábola es la respuesta a la segunda pregunta del “maestro”: “¿y quién es mi prójimo?” y provoca que los samaritanos que tradicionalmente han aparecido como enemigos de la religión y del pueblo de Israel, aparezca, ahora como “prójimo” que hay que amar. Es decir, el prójimo no es sólo quien “cayó en manos de unos bandidos” sino aquel que “practicó la misericordia con él, sea Judío o sea samaritano.

La pregunta del “maestro de la ley” se hace “queriendo justificarse”, según dice Lucas. Quiere mostrar que es justo o justificar la pregunta que había hecho antes, al estilo de los que buscan excusas. A estos, la misma escritura ya les advertía de que la Ley dad por Dios  no está en el cielo… ni está más allá del mar…. Es una pregunta que implica, de entrada, una respuesta restrictiva; es decir, da por supuesto que no todos tiene que ser amados.

A Jesús no le preocupa la cuestión teórica de quien es el “prójimo”. Esta siempre es una cuestión práctica y, por ello con la parábola propone un modelo a imitar, Además, Hace ver al “maestro de la “ley” que “el prójimo” no es únicamente un miembro del propio pueblo sino cualquier persona; la misericordia no tiene fronteras.

El comportamiento concreto del buen samaritano nos enseña que el amor evangélico no puede limitarse a distantes expresiones de compasión, sino que debe conducir a acciones concretas de solidaridad, que deben dar respuesta a las necesidades reales de los individuos y las comunidades.

Jesús, el auténtico buen samaritano, termina el dialogo con la invitación al maestro de la ley y a nosotros a vivir como discípulos suyos: “Anda, haz tú lo mismo”.