XX Domingo del tiempo Ordinario

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Lun, 12 Ago 19 Lectio Divina - Año C

El evangelio de hoy nos presenta algunas frases sueltas de Jesús. La primera sobre el fuego sobre la tierra la tiene sólo Lucas. Las otras tienen frases más o menos paralelas en Mateo. Esto nos remite al problema del origen de la composición de estos dos evangelios que hizo correr ya mucha tinta a lo largo de los últimos dos siglos y se resolverá plenamente sólo cuando podamos conversar con Mateo y Lucas, después de nuestra resurrección.

• Lucas 12,49-50: Jesús, vino a traer fuego sobre la tierra.     "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” La imagen del fuego vuelve muchas veces en la Biblia y no tiene un sentido único. En el griego original, “fuego” y “bautismo” son las primeras palabras de cada oración, enfatizándolas más. El lenguaje de estos versículos recuerda a 3:16, donde Juan Bautista prometió que Jesús “os bautizará en Espíritu Santo y fuego.”

“Fuego vine a meter en la tierra” (v. 49a). Fuego puede ser metáfora para purificación (Levítico 13:52; Números 31:23; Malaquías 3:2) – o para juicio (Génesis 19:24; Lucas 3:9, 17; 17:29). Elías trajo el fuego de juicio sobre los profetas de Baal (1 Reyes 18:36-40) y los soldados del Rey Ocozías (2 Reyes 1:10-14). El fuego del ministerio de Jesús incluye el reto de los valores tradicionales. Implica la fidelidad hasta la muerte (el bautismo), y la subordinación de los lazos familiares a los valores del Reino. El ministerio y el mensaje de Jesús constituyen un reto para los valores del imperio que dominaba al mundo bajo la ideología de la conquista militar. Y ese ministerio y mensaje llevan a Jesús a la cruz, no porque Jesús busque su propia muerte, sino porque su fidelidad se extiende hasta la entrega de su propia de vida.

“¿y qué quiero, si ya está encendido?” (v. 49b). El deseo que Jesús tiene por llegar al fin es obvio. En versículo 50a, menciona el bautizo con el que ha de ser bautizado – una referencia encubierta de su muerte. Entonces, con esta referencia de 49b parece anhelar la crucifixión para poder pasar pronto por ella y seguir a la victoria de la tumba vacía. Su crucifixión será terrible, pero la anticipación es terrible también.

“El padre estará dividido contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre” (v. 53). Estas palabras suenan a las de Miqueas 7:6, “un texto que claramente influyó las expectativas judías sobre el final”

¿Por qué, entonces, traería Jesús disensión? Jesús vino a este mundo para establecer el reino de Dios. Vino a transformar un mundo pecador, y ese tipo de transformación no es fácil. Muchos de los primeros en este mundo serán los últimos en el reino de Dios (13:30), y no se puede esperar una simple aceptación de esta reversa sin lucha. Ante esta lucha de la sangre y familia en torno a Cristo, ¿qué hacer? Dejarlo todo por El. Así lo expresan los versículos de Mt 10, 37 y 38: El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí. Y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. Cristo, exige un amor supremo a El sobre todas las cosas, proclama su misma divinidad, ya que los valores que exige sacrificar son de ley natural. Sólo está por encima de estos valores el amor de Dios. Y este amor exige aún más: El que no toma su cruz y camina detrás de mí, no es digno de mí.

La enseñanza aquí de tomar la cruz no tiene sentido austero, sino el de persecución violenta y martirio, que puede ser con la crucifixión. Lc (9:23) le da ya una adaptación ascética, al decir que se ha de tomar la cruz de cada día. Por último, y para aclarar definitivamente esto, Cristo hace la contraposición entre la vida del cuerpo y la del alma. Perder la primera por Cristo es asegurar la segunda, ya que el alma no pueden matarla. No se trata de decir que no interesa el cuerpo, sino destacar bien que Dios tiene el pleno dominio y destino del hombre entero. Los cristianos hemos de ser, con esa nueva vida, fuego que encienda como Jesús encendió a sus discípulos.

El Señor, nuestro Amigo, nos invita a compartir también hoy sus anhelos, nos alienta prender fuego en el mundo entero con una vida encendida en el amor a Él, con una vida santa y luminosa por las obras. ¡Seamos como antorchas ardientes que disipen las tinieblas de muchas mentes y enciendan el amor a Dios en muchos corazones! ¡Con ardor anunciemos a Cristo y su Evangelio, a tiempo y destiempo!