XVIII Domingo del tiempo Ordinario

XVIII Domingo del tiempo Ordinario

Vie, 03 Ago 18 Lectio Divina - Año B

En el evangelio de hoy iniciamos la reflexión sobre el Discurso del Pan de Vida (Jn 6,22-71). Después de la multiplicación de los panes, el pueblo se fue detrás de Jesús. Había visto el milagro, había comido hasta saciarse y ¡quería más! No trató de buscar la señal o la llamada de Dios que había en todo esto. Cuando la gente encontró a Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, tuvo con él una larga conversación, llamada el Discurso del Pan de Vida. No es propiamente un discurso, pero se trata de un conjunto de siete breves diálogos que explican el significado de la multiplicación de los panes como símbolo del nuevo Éxodo y de la Cena Eucarística.

La conversación de Jesús con la gente, con los judíos y con los discípulos es un diálogo bonito, pero exigente. Jesús trata de abrir los ojos de la gente para que aprenda a leer los acontecimientos y descubra en ellos el rumbo que debe tomar en la vida. Pues no basta ir detrás de las señales milagrosas que multiplican el pan para el cuerpo. El discurso parece moverse en espiral. En la medida en que la conversación avanza, hay cada vez menos gente que se queda con Jesús. Al final quedan solamente los doce, y Jesús ¡no puede confiar ni siquiera en ellos! Hoy sucede lo mismo.

Cuando el evangelio empieza a exigir un compromiso, mucha gente se aleja. Yo soy el pan de Vida… Y hemos escuchado la expresión “Es el pan de cada día”, es decir el alimento de cada día, pero no sólo físico, sino espiritual, que se nutre de las buenas acciones y actitudes, que son como las proteínas; y el Señor sabe que esta vida que tenemos es temporal y después viene la vida eterna, pero es importante desde ahora ir dando, preparando, para en su momento llegar bien nutridos para dar el siguiente paso. ¿Cuál es el pan de cada día en mi vida que nutre mi alma, mi corazón, mi espíritu?, ¿Entiendo que el Señor cuando se refiere a “Yo soy el pan de Vida” se refiere a tomarlo como ejemplo, creer en lo que nos dice, nos pide, escucharlo, seguirlo, por qué él desea prepararnos para dar el paso a la vida eterna?

Por lo tanto, Jesús afirma: "No trabajes por la comida que perece, sino por la comida que perdura hasta la vida eterna y que el Hijo del Hombre te dará". De hecho, el Padre, Dios, marcado con su sello". Sí, hay un alimento necesario, el pan de cada día, alimento para nuestra vida en el cuerpo que también está destinado a la muerte; pero también hay otro alimento que debe nutrirse, porque "el hombre no vive solo de pan" (Mt 4,4, Lc 4,4, Dt 8,3). Este segundo alimento es para la vida eterna, una vida que permanece más allá de la muerte.

En nuestro texto hay algunos matices que muestra este camino Jesús habla antes que nada

  • de comida "dura"
  • del pan verdadero
  • del pan de vida
  • de pan descendió

  La comida que dura, a diferencia del maná, es la calidad de la palabra que ve el paso del tiempo, los reinos, elideologías, mientras que sigue siendo ‘imarcescibile, siempre nuevo. La fe en Jesús los enfatiza dimensiones, en el sentido de que se extiende a toda la realidad.

La veracidad de la palabra de Jesús es también su finalidad. La verdad está en amor Gv. Es una palabra del amor y genera amor, obras de caridad, a diferencia de lo que está en la mentira que degenera en muerte.

La vida que contiene la palabra de Jesús es la misma que está en el Padre y que, desde la creación, es compartida a la criatura. Él, trabajando (haciendo los milagros) hace que todo sea nuevo y da lugar a una nueva vida

Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello.” Notemos la paradoja: Jesús habla de un trabajo para conseguir lo que en última instancia es un don. La gente no le capta la idea a Jesús así, de buenas a primeras. Por eso Jesús va despacio, despejando las interpretaciones apresuradas, corrigiendo los malentendidos y dando pistas claras para la vida. Hagamos un pequeño paréntesis (pastoral) aquí. Que los asuntos del Señor no los captemos de buenas a primeras, que sea necesario hacer un lento camino de maduración de la mentalidad, del corazón y de la acción, es algo que no nos debiera extrañar. Uno en el mundo educativo de la Biblia con relativa frecuencia escucha: “por qué no me dijeron eso antes... qué rico que hubiera entendido eso mucho antes, no habría perdido tanto tiempo”. Yo siempre respondo: “no te extrañes, la vida tiene sus procesos, si no lo supiste antes era porque no estabas preparado, ahora lo estás, disfrútalo y no lo sueltes más”.

Ellos le dijeron: „¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?‟ Jesús les respondió: „La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado‟.”

 Ante el imperativo “¡Obrad!”, la reacción no se deja esperar: ¿Cómo llevarlo a cabo? En otras palabras: dónde hay que poner los mejores esfuerzos de la vida espiritual para que nuestra vida se realice en la dirección del proyecto de Dios? En esta parte del diálogo de Jesús con la gente, aparecen a la luz nuevas luces sobre lo que debe caracterizar la relación de los hombres con Dios.

La respuesta breve de Jesús corrige el intento de sus interlocutores y abre la puerta para entender las relaciones con Dios desde otro ángulo que es mucho más profundo y de grandes consecuencias. En la frase “La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado”, se deja entender que lo Dios espera del hombre es la “fe”: primero que sus “manos” le pide su “corazón”. Y esto es importante.

La “obra” que Jesús propone, entonces, es que construyamos una nueva relación con Dios: más cercana y profunda, determinada por su Palabra en la Escritura, avivada por la oración, recreada en la comunidad, coherente con nuestro estilo de vida, consistente con nuestros principios de acción.

En la búsqueda de la realización de nuestra vocación como seres humanos e hijos de Dios, Jesús nos invita  a ir más a fondo para satisfacer el hambre y la sed que no se sacian con soluciones humanas, que siempre son incompletas y dejan siempre una cierta insatisfacción. Jesús nos va conduciendo a la nueva mesa del banquete y del amor en la que la mediación para alcanzar la vida es un nuevo pan, un pan del cual, el repartido aquel día en la montaña, era apenas una señal del gran don que estaba por venir.

La multiplicación de los panes es el punto de partida para la catequesis de Jesús sobre el pan. El pan, tanto ayer como hoy, ha sido siempre el símbolo de lo que sostiene y mantiene la vida. En el relato del evangelio de Juan, Jesús percibe que la multitud no tiene pan. Pero Jesús no permaneció indiferente ante el hambre de la multitud, sino que los alimentó hasta la saciedad En esa ocasión el asunto no terminó muy bien: la gente no comprende el alcance real de la multiplicación de los panes y de repente emocionada se lanza sobre la pobre humanidad de Jesús para cargarlo sobre los hombros y llevarlo a Jerusalén para proclamarlo rey. Dice Juan 6,15: “Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo”.

 

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