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El «sí para siempre» de María Fernanda de Jesús Crucificado

El «sí para siempre» de María Fernanda de Jesús Crucificado

Jue, 09 Oct 25 Jóvenes Vida del Instituto

«Señor, tu amistad me reconforta y me compromete a dar la vida» (cf. Jn 15).
Me llamo María Fernanda Rivas Alcívar. Nací el 27 de octubre de 1997 en Portoviejo, Manabí (Ecuador), en el seno de una familia numerosa donde el Señor sembró las primeras semillas de fe y entrega. Doy gracias a Dios por haberme amado primero (cf. 1 Jn 4,19), por haberme llamado a vivir en intimidad con Él y por haberme introducido en el misterio de su Iglesia, Cuerpo de Cristo, a la que hoy me consagro a través del carisma de mi Familia Religiosa: las Hijas de la Iglesia.
Desde muy joven, al iniciar la preparación para la Primera Comunión, experimenté una fuerte atracción hacia Jesús en la Eucaristía y hacia la vida comunitaria en la parroquia. En la parroquia Espíritu Santo participé en el grupo juvenil “Alfiles de la Cruz Gloriosa”, donde descubrí la belleza de servir a la Iglesia y de ser testigo del amor de Cristo en medio de los hermanos. Tras recibir el sacramento de la Confirmación, sentí con mayor claridad la llamada a entregarme plenamente a Dios, sirviendo a su Iglesia en la catequesis y en la animación juvenil.
El encuentro con las Hermanas Hijas de la Iglesia fue providencial. A través del catequista Efrén Zambrano conocí su estilo de vida profundamente eclesial, centrado en la Palabra, la Eucaristía, la comunión y la misión. De inmediato me sentí identificada con el carisma que Madre María Oliva Bonaldo recibió como don del Espíritu: «Conocer, amar y testimoniar la Iglesia». Así, el 10 de julio de 2015, di el paso de iniciar mi camino en la vida religiosa.
En 2016 fui enviada a Colombia, donde realicé el aspirantado, el postulantado y el noviciado. En esos años, el Señor fue tejiendo con delicadeza y verdad los hilos de mi consagración, ayudándome a enraizarme en su amor, a conocer más profundamente a la Iglesia como madre y esposa, y a abrazar el carisma con conciencia y gratitud. El 2 de febrero de 2020, en la fiesta de la Presentación del Señor, emití mis primeros votos como Hija de la Iglesia.
Durante el período de juniorado, viví la alegría de testimoniar y servir a la Iglesia local en diversos lugares.
En Ecuador, colaboré en la catequesis parroquial en la Parroquia Pío IX, en la adoración eucarística de la Capilla del Sagrario y en el Santuario de Nuestra Madre de la Merced en la Diócesis de Portoviejo, así como en la enseñanza de religión en la Unidad Educativa Corazón de María, en la Diócesis de Quito. Fueron años fecundos en los que el Espíritu me enseñó a vivir la maternidad espiritual y la alegría del anuncio.
Desde agosto de 2023, en Italia, fui enviada a la comunidad de Roma, donde serví en el Centro de Escucha de la Basílica de los Santos XII Apóstoles, acompañando a personas necesitadas, y en la preparación de ornamentos litúrgicos de la Capilla de la Madonella, en la Basílica de San Marcos. En estos servicios sencillos aprendí a vivir el servicio escondido y silencioso, al estilo de María, la primera Hija de la Iglesia.
En la oración cotidiana, en la vida fraterna, en el silencio y en el servicio, el Señor ha confirmado en mi corazón el deseo de vivir plenamente unida a Él, para que mi vida sea alabanza, don y testimonio.
Confío mi camino a Jesús Crucificado, Esposo fiel, y a María Santísima, la Virgen del Fiat, para que sigan guiando mis pasos, sosteniéndome en la fidelidad y enseñándome a vivir con alegría, humildad y celo apostólico el don precioso de mi vocación. Que el Espíritu Santo me conceda la gracia de ser, como María Oliva, “Iglesia viva”, y de proclamar con mi vida: ¡Cuán bella es la Iglesia, cuánto amo a la Iglesia!