V Domingo de Cuaresma

V Domingo de Cuaresma

Mar, 29 Mar 22 Lectio Divina - Año C

En el camino cuaresmal que hemos venido recorriendo en la Iglesia, nos encontramos ya en la recta final. El próximo domingo, celebraremos el Domingo de Ramos y el tono del evangelio que la Liturgia nos presenta hoy no podía ser más expresivo de la misericordia de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, al hablar a la mujer que había sido encontrada en Flagrante adulterio:
“…Tampoco yo te condeno”.

Contexto:
Encontramos a Jesús en Jerusalén a donde subió con ocasión de la Fiesta de las Tiendas. Fiesta de los judíos que les recordaba el haber sido peregrinos en el desierto y haber vivido temporalmente en campamentos; sin embargo, en el tiempo de Jesús, había tomado la forma de una fiesta de acción de gracias por la cosecha que habían recogido. Jesús se presenta en el templo, se sienta y enseña a la gente. Es en este momento que los fariseos le presentan a la mujer encontrada en adulterio.

“Dios no condena, salva”
La liturgia de la Palabra propone hoy la consideración de la Pascua, ya muy próxima, bajo el aspecto de la liberación del pecado, merecida por Cristo una vez para siempre y para todos. Esta liberación debe, todavía, actuarse en cada hombre; es más, este hecho exige un continuo repetirse y renovarse, porque durante toda la vida los hombres están expuestos a caer y nadie puede considerarse impecable.
Dios, que, tiempo atrás, había multiplicado los prodigios para liberar al pueblo elegido de la esclavitud egipcia, los promete nuevos y mayores para liberarlos de la cautividad babilónica.
“Mirad que realizo algo nuevo… Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo” (Is 43,19-20). Dejando aparte las vicisitudes históricas de Israel, la profecía ilumina el futuro mesiánico en el que Dios hará en favor del nuevo Israel -la Iglesia- cosas absolutamente nuevas. No un camino material, sino que entregará su Unigénito al mundo para que sea el “camino” de la salvación; no agua para apagar la sed en las bocas resecas, sino el agua viva de la gracia que brota del sacrificio de Cristo para purificar al hombre del pecado y saciar la sed que tiene de infinito.
En la segunda lectura San Pablo nos muestra cómo él ha sacrificado las tradiciones, la cultura, el sistema de vida que le ligaban a su pueblo, estimando todo esto “basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3,8), anima al cristiano a que renuncie, por el mismo fin, a todo lo que no conduce al Señor, a todo lo que está en contraste con el Señor. Este es el camino para librarse completamente del pecado y para asemejarse progresivamente a Cristo, “muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección” (Flp 3,10-11). Es un camino que lleva consigo continuas y nuevas superaciones y liberaciones. Nadie puede pensar “estar en la meta” sino que debe lanzarse, seguir corriendo “para conseguirla”, para ganar a Cristo como él mismo fue ganado por Cristo (Flp 3, 12).
Esta novedad de cosas viene ilustrada, de un modo concreto, por el episodio evangélico de la adultera, mujer arrastrada a los pies de Jesús para que este la juzgue. La introducción de este episodio muestra a Jesús enseñando en el Templo de Jerusalén. Los maestros de la ley y los fariseos, que en este pasaje son los personajes que se oponen a Jesús, entran en escena. Se presentan con una mujer sorprendida en adulterio y la colocan “en medio de todos” que es el lugar de los que van a ser juzgados. Maestros de la ley y fariseos hacen entonces la siguiente pregunta: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿Qué dices?” (Jn 8,4). Es extraño, es cierto que uno de los mandamientos del Decálogo va en contra del adulterio (Ex 20,14), pero también es verdad que el adulterio es cosa de dos personas, y si la ley pedía la muerte de ambos (Lv20,10; Dt 22,22) ¿por qué solo se juzga a la mujer? Aún hay algo más: ¿por qué a ella que es la sentenciada, no se le da la posibilidad de defenderse o justificar su acción? No se le pregunta, no se le toma en cuenta para nada. Ni siquiera le dan la palabra. El versículo 6 nos ofrece la respuesta a estas preguntas… es una prueba para Jesús, muestra tú de qué lado estás… Querían encontrar un motivo para acusarle, el juzgado era Jesús, la mujer era solo un pretexto; la escena, una trampa. ¡Y qué bien tramada! Porque Jesús no tenía escapatoria posible: Si proponía el perdón entraría en conflicto con la ley de Moisés que ordenaba apedrear a los adúlteros; si aprobaba la ejecución, su fama de hombre compasivo se vendría abajo. La intención que ocultaba la pregunta era acusar a Jesús.
Jesús, lleno de recursos, recuerda los gestos mediante los que tantas veces hablaron los profetas del AT, y recurre a ellos: se pone a escribir en el suelo. A los escribas y fariseos les hace recordar un pasaje del profeta Jeremías “Los que se apartan de mí (de Dios) serán inscritos en el suelo” (Jr 17,13). Sienten que así es como escribe Dios el nombre de los pecadores y cada uno se da cuenta de que entre esos nombres está también el suyo. Jesús no pronuncia una sentencia, sino que tras de una pausa silenciosa, cargada de tensión por parte de los acusadores y de la acusada, dice sencillamente: “El que esté sin pecado, le tire la primera piedra” (Jn 8,7). Les remite a su propia conciencia de pecadores. Entonces aquellos hombres se marcharon, se fueron todos, también la multitud que lo escuchaban. “Y dejaron solo a Jesús con la mujer”; solos “la misericordia y la miseria” (San Agustín).
La escena ha cambiado bruscamente, comenzó con una doble acusación, contra la mujer y contra Jesús, por parte de los escribas y fariseos. Pero la encerrona se ha vuelto contra quienes la tramaron. Ahora no hay acusadores. Jesús no juzga a sus oponentes, solo les pone en condiciones de que sean jueces de si mismos, de que se traten con el mismo rigor que han demostrado frente a la mujer. Ni siquiera juzga a la mujer: “Tampoco yo te condeno”. Pero no justifica ni acepta el pecado de ninguno de ellos, obligando a los acusadores a retirarse ante la toma de conciencia de sus faltas, y a la mujer le pide: “…no vuelvas a pecar”. Con esta actitud de rechazar el pecado y acoger al pecador, afirma una vez más que su misión no tiene nada que ver con la condena, porque así es la actitud misericordiosa del Padre.
Un aspecto importante: Jesús dialoga con la mujer con respeto y delicadeza, se pone en conversación con ella: “Mujer ¿Dónde están tus acusadores? ¿nadie te ha condenado? Ella contestó: “Nadie, Señor”. Entonces Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar” (Jn 8,10,11). Jesús llama Mujer, usando la misma expresión que usa para llamar a su Madre. Es típico de Juan. Jesús se comporta como un verdadero Maestro: le devuelve la vida, le abre caminos, liberándola del pecado y del entorno que la reprocha. Jesús la ve como una persona y con un futuro por vivir; él no la elimina, no le recrimina, no le cambia el pasado, pero le cambia el futuro que ahora empieza: pocas palabras para vivir una vida entera y abrir caminos nuevos que es lo que al final importa. No le pregunta si está arrepentida, ni que vaya a cumplir penitencias, él solo ha venido a salvar, aparece como el que abre las puertas de las prisiones, no se fija de donde viene, sino para donde va; no vuelvas a pecar, es la ultima palabra, vale para la mujer y para los acusadores. Ella es la mujer, la persona con toda su dignidad y potencialidad. Un punto firme, la misericordia de Jesús, el amor primero y total de mi Señor; mujer, tienes futuro, tu futuro es la vida. Y su acto de misericordia con esta mujer marca el nuevo punto de partida inmediato, es una declaración de amor y perdón, que en este mundo no haya más victimas ni fuera, ni dentro de nosotros.
Escuchamos la palabra de Dios
Nos preparamos con un momento de silencio o con una breve invocación al Espiritu Santo.
Centrando nuestra reflexión y revisión de vida en el Santo Evangelio: Jn 8,1-11.
Miramos nuestra vida
¿A Qué tipo de personas suele juzgar con más dureza nuestra sociedad? ¿Qué se dice de ellas?
¿Y tú a quién juzgas más duramente?
Leemos cuidadosamente el texto y tratamos de responder a estas preguntas.
Observa los personajes que hay en el texto.
¿Cómo actúan los acusadores frente a la mujer? ¿qué dicen?
Cómo actúan los acusadores frente a Jesús: ¿Qué dicen?
Cómo actúa Jesús frente a los que acusan: ¿Qué les dice?
Cómo actúa Jesús frente a la mujer: ¿qué le dice?
¿Qué rostro del Padre presenta Jesús en este pasaje?
Volvamos a nuestra vida
Después de contemplar la actitud de Jesús, vamos a sacar consecuencias concretas para nuestra vida:
¿Qué aprendes de la actitud de Jesús con respeto a los juicios que hacemos sobre los demás?
¿Cómo podremos mostrar el rostro misericordioso del Padre?
Intenta dar respuestas que te lleven a adoptar actitudes concretas para la vida.
Oramos
Expresamos en forma de oración todo lo que hemos meditado y dialogado, a partir de la lectura de Jn 8,1-11
Cada uno va a llevar una piedra en la mano, con este símbolo cada uno recuerda:
-Las piedras con las que la sociedad golpea la vida de muchas personas.
-Las pedradas que yo he recibido.
-Las piedras que he lanzado.
Dejamos la piedra en el suelo. Reconocemos nuestro pecado y nos confiamos a la misericordia de Dios que acepta un corazón arrepentido.
Recitamos juntos el salmo 50: “Ten piedad de mí por tu amor.
Hacer una oración final agradeciendo a Dios su perdón y pidiendo que su amor se desborde en mí/ en nosotros a favor de los demás.