Corpus Christi

Corpus Christi

Mer, 10 Giu 20 Lectio Divina - Anno A

Después de la  solemnidad de la Santísima Trinidad, en la que la confesión de fe en el único Dios quien se nos da a conocer en Trinidad de personas que se aman y nos aman, nos llevó a una sublime alabanza, celebramos hoy la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. También este domingo la confesión de fe –en la presencia real de Jesús en la Eucaristía- es el punto de partida de una inmensa alabanza al Dios que se nos da a sí mismo como don. La gratitud más perfecta será nuestra comunión con la gratitud de Jesús en su ofrenda al Padre.

El misterio Eucarístico es ante todo “la presencia de Aquel que sigue donándose como alimento y fuerza de amor a la comunidad de fe” de sus seguidores, transformándola desde dentro en testigo de unidad y solidaridad. La comunidad camina en la fe hacia la plenitud del Reino de Dios; este camino es semejante al del pueblo en el desierto hacia la Tierra Prometida. Al igual que el maná, la Eucaristía tiene el carácter de “alimento que nutre la fe y anticipa la vida eterna. “Te alimentó con el maná que tú no conocías ni conocían tus padres”. En el Deuteronomio se manifiesta a Dios que provee de bienes que son ante todo signo de su amor y de la dependencia del hombre respecto de Dios creador-liberador. Moisés pide “recordar hacer Memoria” en vistas a comprometerse en alianza con Dios de quien proviene todo. Por ello, es importante mantenerse abierto al don de Dios. “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. 
El don de Dios plantea una fuerte exigencia, a pesar de ser gratuito: se deberá responder con fe y compromiso. Solamente una fe discipular se abrirá al misterio Eucarístico.  Jesús se descubre como el maná desconocido del que había sido sólo una figura, aquel que los padres comieron en el desierto: Él es la "sorpresa" que Dios tenía reservada, como plenitud de todos sus cuidados y de todo su amor y proyecto de salvación para los hombres.

Cuerpo y Sange de Cristo: la divinización de la historia 
Fue una religiosa, Juliana de Cornillon,  la que animó a celebrar esta fiesta en honor del Cuerpo y de la Sangre de Cristo el año 1208. Esta fiesta que surgió  en la Edad Media,  fue consecuencia del florecimiento del pensamiento Eucarístico del siglo XIII. En el siglo anterior  comenzó la elevación de la Hostia en el momento de la consagración. En pleno siglo XIII -1246- se celebró esta fiesta en la diócesis de Lieja (Bélgica). Unos años más tarde tuvo lugar el hecho milagroso de la Hostia consagrada que comenzó a sangrar ante las dudas de fe del sacerdote que celebraba la Eucaristía en la ciudad de Bolsena (Italia). Este hecho muy difundido llevó al Papa Urbano IV a instituir la festividad del Corpus Christi en 1264. Estaba presente en la Iglesia y era considerado como el gran teólogo sobre la Presencia de Cristo en la Eucaristía, Santo Tomás de Aquino, a quien el pontífice quiso premiar con el cardenalato por su gran servicio a la Iglesia que enseña: “Oh Banquete precioso y admirable, saludable y lleno de toda suavidad, el Hijo de Dios, queriendo hacerse participe de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que hacho Hombre, divinizarse a los hombres”.  Años más tarde, Juan XXII introdujo la Octava del Corpus con Exposición del Santísimo Sacramento incluida. Nicolás V, el primero en establecer que la Hostia Santa saliera en procesión por las calles de Roma en la fiesta del Corpus Christi del año 1447

Ubicación del Texto
En el capítulo 6 de san Juan Jesùs està hablando de la multiplicación de los panes.
Jesùs se encontraba en Galilea, cerca de Tiberìades, le seguía una gran multitud de gente, a causa de las señales milagroso. Jesùs subió al monte, y se sentó allí con sus discípulos, se acercaba la pascua, la fiesta de los judíos.

¿Qué dice el texto?
“Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo, el que come de este pan vivirá para siempre, el pan que yo daré es mi carne, y yo la daré para la vida del mundo”. Jesús viene como el Pan definitivo que el Padre envía, para saciar el hambre más profunda y decisiva: el hambre de vivir y de ser feliz. …Su Persona viva es el Pan que el Padre da. Comer este Pan que sacia todas las hambres, en especial la del corazón, significa adherirse a Jesús, entrar en comunión de vida con Él, compartiendo su destino y su afán, ser discípulo, vivir con Él y seguirle.

Pero seguir a Jesús, nutrirse en Él, no significa desatender y abandonar a los demás. Jamás los verdaderos cristianos y nunca los auténticos discípulos que han saciado las hambres de su corazón en el Pan de Jesús, se han desentendido de las otras hambres de sus hermanos, los hombres. Comulgar a Jesús no es posible sin comulgar también a los hermanos. No son la misma comunión, pero son inseparables.

División del texto
Juan 6,51: La afirmación inicial que resume todo.
Juan 6,52: La reacción contraria de los Judíos.
Juan 6,53-54: La respuesta de Jesús reafirmando cuanto ha dicho antes.
Juan 6,55-58: Jesús saca las conclusiones para la vida. 

Textos complementarios
Marcos 14, 22, “Y mientras comían, tomó pan, y habiendolo bendecido lo partió, se lo dio a ellos, y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo”.
Lucas 22,19, “Y habiendo tomado pan, después de haber dado gracias, lo partió, y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí”.
1 Corintios 11:2  “Y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que es para vosotros; haced esto en memoria de mí”.
1 Corintios 10,16 ”La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo”?
Juan 6,54 “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final”.
Juan 6:56 “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”.
Juan 6:51 “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo también daré por la vida del mundo es mi carne”. 
Juan 6:52 “Los judíos entonces contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne”?
Juan 6:55 “Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”.
Hebreos 9:12-14 “Yo por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino por medio de su propia sangre, entró al Lugar Santísimo una vez para siempre, habiendo obtenido redención eterna. Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros, y la ceniza de la becerra rociada sobre los que se han contaminado, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará vuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo”?
Deuteronomio 8,3-14 “Te alimentó con el manà, que tú no comías ni conocieron tus padres”.
Éxodo 24, 3-8 “Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros”.
1Cor 12,27 “vosotros sois el cuerpo de Cristo”.

¿Qué me dice el Señor en el texto?
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo” Cada vez que participamos en la santa misa y nos alimentamos del Cuerpo de Cristo, la presencia de Jesús y del Espíritu Santo obra en nosotros, plasma nuestro corazón, nos comunica actitudes interiores que se traducen en comportamientos según el Evangelio. Ante todo la docilidad a la Palabra de Dios, luego la fraternidad entre nosotros, el valor del testimonio cristiano, la fantasía de la caridad, la capacidad de dar esperanza a los desalentados y acoger a los excluidos. 

 La Eucaristía hace madurar un estilo de vida cristiano. La caridad de Cristo, acogida con corazón abierto, nos cambia, nos transforma, nos hace capaces de amar no según la medida humana, siempre limitada, sino según la medida de Dios.  “No se puede medir el amor de Dios: ¡es sin medida! Debemos amar también a quien no nos ama. Oponernos al mal con el bien, perdonar, compartir, acoger. Gracias a Jesús y a su Espíritu, también nuestra vida llega a ser «pan partido» para nuestros hermanos. Y viviendo así descubrimos la verdadera alegría. La alegría de convertirnos en don, para corresponder al gran don que nosotros hemos recibido antes. Esto es imitar a Jesús”. (Papa Francisco)

¿Qué respondo al señor que me habla en el texto?
¿De qué nos sirve hablar todas las lenguas? si me falta el amor?
 ¿De qué nos sirve hablar en nombre de Dios, conocer los secretos y poseer toda la ciencia? si me falta el amor?
¿De qué nos vale tener tanta fe como para mover montañas? Si nos falta el amor, nada somos.
¿De qué nos sirve entregarlo todo a los pobres, e incluso entregar la propia vida? Si nos falta el amor, de nada nos aprovecha.
¿Cómo reflejo en mi vida lo que me dice Dios en el texto?

Una de las grandes aportaciones del Vaticano II fue impulsar a vivir la Eucaristía como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo. ¿La Eucaristía te lleva a sentir de verdad a todos como hermanos? ¿Crece en ti la capacidad de alegrarte con los que están alegres y de llorar con los que lloran? ¿Te empuja a ir a los pobres, los enfermos, los marginados? ¿Te ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús?

En la Eucaristía se nos comunica el amor del Señor por nosotros, un amor tan grande que nos nutre de sí mismo; un amor gratuito, siempre a disposición de toda persona hambrienta y necesitada de regenerar las propias fuerzas.

Cada uno de nosotros, hoy, puede preguntarse: ¿y yo? ¿Dónde quiero comer? ¿En qué mesa quiero alimentarme? ¿En la mesa del Señor? ¿O sueño con comer manjares gustosos, pero en la esclavitud?

Jesús, el Maestro, partió el pan que es realmente su carne. Nuestros comportamientos generosos hacia el prójimo, ¿demuestran que somos pan partido para los demás?

¿A qué me comprometo?
Toma conciencia de que la Eucaristía es la fuente y culmen de la Iglesia, porque ahí encuentras al Señor en cuerpo y alma.
Participar a la Eucaristía con espíritu de fe y de oración, de penitencia, de alegría, de preocupación por las necesidades de los hermanos, con la certeza de que el Señor cumplirá lo que ha prometido.
El Pan partido y compartido, nos habla de Caridad, de entrega… Procura ser alimento tanto material como espiritual para los que te rodean.
“Ser apóstoles de la Santa Misa, celebrar con el sacerdote, gustar, participar y vivirla, durante la jornada, para configurarnos con Jesùs Eucaristìa”  (M. María Oliva).

Oraciòn final
En ti, oh Cristo Eucaristía, está la fuente de la vida: nosotros te alabamos porque has tomado el pan y dado gracias: el pan que eres tú, oh Cristo, vida nuestra. Haznos reconocerte como pan de Dios... haznos compartirte como fuente de amor y esperanza. Amén.