I Adviento

I Adviento

Mer, 06 Dic 17 Lectio Divina - Anno B

Vigilancia ante la venida de Jesucristo. Volverá por sorpresa pero ciertamente volverá

El Adviento es el tiempo litúrgico en el cual nos preparamos para celebrar la Navidad, como conmemoración de la primera venida del Hijo de Dios entre los hombres y, a la vez, un tiempo en el cual, mediante esta celebración, la fe se dirige a la segunda venida del Señor Jesús, al final de los tiempos. Por estos dos motivos, el Adviento es un tiempo de alegre y confiada espera. Es por ello que en este tiempo litúrgico podemos distinguir dos periodos. El primero de ellos, desde el primer domingo de Adviento hasta el 16 de diciembre, aparece con mayor relieve el aspecto escatológico y se nos orienta hacia la espera de la venida gloriosa de Cristo. El segundo periodo, que abarca desde el 17 hasta el 24 de diciembre inclusive, se orienta más directamente a la preparación de la Navidad.

En orden a hacer sensible esta doble dimensión, la liturgia suprime durante el Adviento una serie de elementos festivos. De esta forma, en la misa ya no rezamos el Gloria, se suprime la música con instrumentos, los adornos festivos, las vestiduras son de color morado; el decorado de la Iglesia es más sobrio, etc. Todo esto es una manera de expresar tangiblemente que, mientras dura nuestro peregrinar, nos falta algo para que nuestro gozo sea completo. Y es que quien espera es porque le falta algo. Cuando el Señor se haga presente en medio de su pueblo, habrá llegado la Iglesia a su fiesta completa, significada por la solemnidad de la fiesta de Navidad. El tiempo de Adviento tiene una duración de cuatro semanas. Comienza el domingo más cercano al 30 de noviembre, y se prolonga hasta la tarde del 24 de diciembre, en que comienza propiamente el tiempo de Navidad.

Introducción

Este domingo comenzamos la lectura del Evangelio de Marcos, que se prolonga durante todo el año litúrgico 2014-2015 El pasaje escogido para este primer domingo de Adviento es la conclusión del discurso final de Jesús, en el cual los discípulos son invitados a la perseverancia en la espera de su venida

Nos encontramos con el tema de la vigilancia, en el cap. 13 de Marcos, cuando Jesús está anunciando a sus discípulos la destrucción del Templo y de la ciudad de Jerusalén y precisamente antes del capítulo 14 de la Pasión-muerte y Resurrección del Señor. El Templo, signo tangible de la presencia de Dios en medio de su pueblo elegido. Jerusalén, la ciudad “bien unida y compacta” adonde “suben juntas las tribus del Señor, para alabar el nombre del Señor” (Salmo 122, 4), todo esto, signo seguro de la promesa hecha a David, signo de la alianza, todo esto irá a la ruina... es sólo un signo de algo que sucederá en el futuro.

Los discípulos llenos de curiosidad piden al Señor sentado en el monte de los Olivos, frente al Templo: “Dinos, ¿cuándo sucederá eso y cuál será el signo de que todas estas cosas están por cumplirse? (Mc 13, 4).

A esta pregunta, usando el estilo apocalíptico judaico inspirado en el profeta Daniel, Jesús se limita sólo a anunciar las señales premonitoras (falsos cristos y falsos profetas que con engaño anunciarán la venida inminente del tiempo, persecuciones, señales en las potencias del cielo.(Mc 13, 5-32), en cuanto al día y a la hora, ninguno los conoce, ni los ángeles del cielo, y ni siquiera el Hijo, sino sólo el Padre (Mc 13, 32).

Jesús nos da a todos, hoy, una parábola muy cortita. Es seguro que el Dueño de la casa va a venir y, no sabemos cuando, está lejos de su casa, pero se respira el clima del retorno. Volverá por sorpresa pero ciertamente volverá. Podrá ser en medio de la tiniebla o cuando resplandezca el sol. Dios está en marcha, llegando a su casa, con su familia, entre los suyos (vino a su casa y no la acogieron  Jn 1, 11).  No deja de sorprender que en cinco versículos se insista tanto en el imperativo “vigilad”, “orad”. Nuestra reacción no puede ser la del sueño, la indiferencia o la pereza. Los siervos tienen todos, cada uno, una labor y el portero a “vigilar” (v. 34). Esta es la actitud ideal para acoger al Señor, la vigilancia, señal de prontitud, de búsqueda, de tensión, de amor hacendoso.

Realmente el Señor nos visita y le duele que no lo hayamos comprendido. Llora sobre Jerusalén: si al menos tú hubieras comprendido lo que te lleva a la paz, en cambio no has conocido el tiempo en que has sido visitada (Lc 19, 41-44). Cristo viene a nosotros continuamente y de mil maneras, en cada persona y sobre todo en los más necesitados («lo que hicisteis a uno de estos, a mí me lo hicisteis» Mt 25,31); Estar vigilante significa tener la fe despierta para saber reconocerle. Todo lo que nos sucede, agradable o desagradable, es una venida de Cristo. Vigila quien está despierto, quien pone atención para comprender las señales que Él nos envía. Velar es esperar. A veces estamos desanimados, es como si estuviéramos muertos y es que el pecado mayor es no esperar lo suficiente, no confiar bastante en el amor que Dios nos tiene, no contar con Él, no dejar que Él entre en nuestras cosas. Él, de hecho, nos visita y realiza en nosotros maravillas. El profeta Isaías en la primera lectura nos recuerda que somos obra de sus manos y que ningún otro dios ha hecho cosas tan grandes para quien espera y confía en Él. (Is 64, 3).

A menudo Jesús pedía a los suyos que vigilasen. En el huerto de los Olivos, en la tarde del jueves, antes de la pasión, el Señor dice a Pedro, Santiago y Juan:     “Quedaos aquí y velad conmigo” (Mc 14, 34; Mt 26,38). La vigilancia nos ayuda a no caer en la tentación (Mt 26,41) y a permanecer despiertos. En el huerto de los Olivos los discípulos duermen porque la carne es débil aunque el espíritu está pronto (Mc 14, 38). Quien se duerme va a la ruina, como Sansón que se deja adormecer, perdiendo así la fuerza, don del Señor (Jc 16, 19). Se necesita estar siempre despiertos y no adormilarse, sino vigilar y orar para no ser engañados, acercándose así a la propia perdición (Mc 13, 22; Jn 1, 6). Por eso “despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará” (Ef 5,14).

La vigilancia es la característica del cristiano. Es necesaria para estar siempre en grado de escoger bien lo que es eterno y anteponer lo que de verdad vale la pena. La persona que sabe escoger bien vive bien la vida y se la juega  plenamente.

Pensemos en un niño que espera a su padre, y a su llegada se echa en sus brazos, está con su padre y han desaparecido todos sus problemas. Si hay obstáculos el niño los supera con su padre. No mira al obstáculo que tiene delante, el niño clavará sus ojos en los de su padre. Esto es velar. Si te abandonas de esta forma, estás en una condición grande, estás en una fiesta sin fin porque descubres todo lo positivo. La vida es este vigilar, es echarse en los brazos del Padre. Ésta es la actitud de la espera, saber que estás con tu Padre.

No se trata de esperar en este Adviento a que llegue alguien sino de poner nuestra atención en nuestro Esposo y Señor que viene a sorprendernos, a llenarnos  de su paz. Y ¡qué paz tan grande!  Cuando llegue, ocupados en la labor que nos ha encomendado, le acogeremos con los brazos abiertos porque estamos, en el lugar, y en el momento apropiado para recibir su abrazo. Los “siervos” y el “portero” (Mc 13,34) a la llegada del dueño no mirarán ya a los signos, sino que se complacerán en el mismo dueño: “He aquí que llega el Esposo, salid a recibirlo” (Mt 25,6;  Mc 2,19-20).