II Domingo de Cuaresma

II Domingo de Cuaresma

Mar, 20 Feb 18 Lectio Divina - Anno B

La transfiguración ayuda a superar el trauma de la cruz

El evangelista san Marcos insertó la transfiguración de Jesús en el comienzo de la segunda parte de su evangelio y es que de ahora en adelante Jesús va a enseñar a sus discípulos el sentido profundo de su mesianismo.

La Transfiguración de Jesús acontece después del primer anuncio de su Muerte (Mc 8,27-30). Este anuncio había confundido profundamente a los discípulos, sobre todo a Pedro (Mc 8,31-33). Ellos tenían los pies en la tierra, en medio de los pobres, pero la cabeza estaba perdida en la ideología de gobierno y de la religión de la época (Mc 8,15). La cruz era un impedimento para creer en Jesús. La transfiguración de Jesús ayudará a los discípulos a superar el trauma de la Cruz, y es que la Cruz era un gran impedimento para que los judíos aceptaran a Jesús como Mesías. “¡La cruz es un escándalo!”, así decían (1Cor 1,23).

Jesús sube a una montaña alta. Allí encima, Jesús cambia de aspecto, aparece en la gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Junto con él aparecen Moisés y Elías. La montaña alta evoca el Monte Sinaí, donde, en el pasado, Dios había manifestado su voluntad a la gente, entregando la ley. Los vestidos blancos recuerdan a Moisés resplandeciente cuando conversaba con Dios en la montaña y de él recibió la ley (cf. Ex 34,29-35). Elías y Moisés, las dos mayores autoridades del Antiguo Testamento, conversan con Jesús. Moisés representa la Ley, Elías la profecía. Así queda claro que el Antiguo Testamento, tanto la Ley como la profecía, ya enseñaba que para el Mesías Siervo el camino de la gloria tenía que pasar por la cruz.

Los testigos privilegiados de este encuentro son Pedro, Santiago y Juan. Los tres están impresionados por la experiencia. Pedro hace una propuesta: levantar tres tiendas, una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías. Quizás espera seguir contemplando esta visión, o tal vez piensa que, como en la fiesta de las tiendas, pueden construir carpas de ramas para vivir una semana de encuentro con Dios. El evangelista apunta que Pedro no sabía lo que decía. Luego aparece la nube que es signo de la presencia divina. Desde esta nube se oye la voz del Padre, como en el bautismo de Jesús, la voz del Padre, invita a reconocer en Jesús al Hijo Amado. Aquí el Padre invita a escuchar  al Hijo.

Los discípulos no podían dudar. Jesús es realmente el Mesías glorioso que ellos deseaban, pero el camino hacia la gloria pasa por la cruz, según había anunciado en la profecía del Siervo (Is 53,3-9). La gloria de la Transfiguración lo comprueba. Moisés y Elías lo confirman. El Padre es el garante. Jesús lo acepta. Al final, Marcos dice que después de la visión, los discípulos ven sólo a Jesús y a nadie más. De ahora en adelante, Jesús es la única revelación de Dios para nosotros. Jesús y sólo él es la llave para que la gente entienda todo el Antiguo Testamento.

Saber guardar el silencio. Jesús pidió a los discípulos que no dijesen nada a nadie hasta que él resucitara de los muertos, pero los discípulos no lo entendieron. De hecho, no entiende el significado de la Cruz, no entienden el enlace del sufrimiento con la resurrección. La Cruz de Jesús es la prueba de que la vida es más fuerte que la muerte. Después, esta luz les dará la fuerza para sufrir la pasión y a la luz de la pascua terminarán de entender el misterio de la divinidad del Hijo.

“Este es mi Hijo, el Amado: escúchenlo”

“La voz de orden para los discípulos y para nosotros es esta: 'Escuchadlo'. Escuchen a Jesús. Es él el Salvador: seguidlo. Escuchar a Cristo, de hecho, comporta asumir la lógica de su ministerio pascual, ponerse en camino con él, para hacer de la propia existencia un don de amor a los otros, en dócil obediencia con la voluntad de Dios, con una actitud de separación de las cosas mundanas y de libertad interior. Es necesario, en otras palabras, estar prontos a 'perder la propia vida', donándola para que todos los hombres sean salvados, y para que nos reencontremos en la felicidad eterna.

El camino de Jesús siempre nos lleva a la felicidad. No nos olvidemos: el camino de Jesús siempre nos lleva a la felicidad, habrá en medio una cruz o las pruebas, pero al final nos lleva siempre a la felicidad. Jesús no nos engaña. Nos prometió la felicidad y nos la dará si seguimos su camino” (S.S. Francisco, Ángelus 1 de marzo de 2015).