II Domingo del Tiempo Ordinario

II Domingo del Tiempo Ordinario

Lun, 13 Gen 20 Lectio Divina - Anno A

Celebramos el Domingo de la Segunda Semana del Tiempo Ordinario. En este segundo domingo del tiempo ordinario continuamos reflexionando sobre el relato del Bautismo del Señor, en este caso a través del evangelio de Juan.

El texto inicia con una precisión temporal: “al día siguiente”; ya que el evangelista venía narrando sobre el testimonio de Juan el Bautista, y acerca de las preguntan que giraban en torno a su persona. Juan al ver a Jesús que venía caminando hacia su persona se manifiesta diciendo: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Para comprender en su esencia estas palabras, con las que el Bautista define a Jesús, es necesario introducirnos en las escrituras, desde el antiguo testamento hasta otros pasajes del evangelio.

Por un lado el profeta Isaías en el canto del siervo de Dios, compara al siervo que sufre con un cordero al que se lleva al matadero: “Como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca”. Por otro lado es importante recordar que Jesús fue crucificado durante una fiesta de Pascua y debía aparecer por tanto como el verdadero cordero pascual, en el que se cumplía lo que había significado el cordero pascual en la salida de Egipto: liberación y camino de libertad hacia la promesa. A partir de la Pascua, el simbolismo del cordero ha sido fundamentalmente para entender a Cristo.

Es decir, si en las penurias  de la opresión egipcia la sangre del cordero pascual había sido decisiva para la liberación de Israel, Jesús que se ha hecho siervo, el pastor que se ha convertido en cordero, se ha hecho garantía ya no solo para Israel, sino para la liberación del mundo, para toda la humanidad. Se llama pecado del mundo al pecado original, que es el pecado común a todos los hombres, cuyo pecado, como todos los demás que a éste pueden añadirse, los quita Jesucristo por medio de su gracia. Juan pasaba sus días dando testimonio de aquel que vendría, y que en el relato de hoy podemos contemplar.

Juan trae a la memoria palabras con las cuales se ha referido sobre Jesús en su testimonio; “Detrás de mí viene un hombre que es más importante que yo, porque existía antes que yo”.  Estas dos afirmaciones de Juan nos hacen pensar en las dimensiones de Jesús; su vida terrena “vino detrás de Juan”, es decir nació después de él; y sobre su realidad eterna: “existía antes que yo”.

Juan en sus palabras esclarece cuál es su misión: anunciar a aquel que vendría para que el pueblo lo reconozca. Juan allana el camino, señala a Jesús, para que a él miren los hombres.

Las primeras generaciones cristianas sabían muy bien que "bautizarse" significa literalmente sumergirse en el agua, bañarse o limpiarse. Por eso, diferenciaban muy bien el "bautismo de agua" que impartía el Bautista en las aguas del Jordán y el "bautismo de Espíritu Santo" que reciben de Jesús. El bautismo de Jesús no es un baño corporal que se recibe sumergiéndose en el agua, sino un baño interior en el que nos dejamos empapar y penetrar por su Espíritu, que se convierte dentro de nosotros en un manantial de vida nueva e inconfundible.

Por eso, los primeros cristianos bautizaban invocando el nombre de Jesús sobre cada bautizado. Pablo de Tarso dice que los cristianos están bautizados en "Cristo" y, por eso, han de sentirse llamados a "vivir en Cristo", animados por su Espíritu, interiorizando su experiencia de Dios y sus actitudes más profundas.

No es difícil observar en la sociedad moderna signos que manifiestan un hambre profunda de espiritualidad. Está creciendo el número de personas que buscan algo que les dé fuerza interior para afrontar la vida de manera diferente. Es difícil vivir una vida que no apunta hacia meta alguna. No basta tampoco pasarlo bien. La existencia termina haciéndose insoportable cuando todo se reduce a pragmatismo y frivolidad.

Otros sienten necesidad de paz interior y de seguridad para hacer frente a sentimientos de miedo y de incertidumbre que nacen en su interior. Hay quienes se sienten mal por dentro: heridos, maltratados por la vida, desvalidos, necesitados de sanación interior.

Son cada vez más los que buscan algo que no es técnica, ni ciencia, ni ideología religiosa. Quieren sentirse de manera diferente en la vida. Necesitan experimentar una especie de "salvación"; entrar en contacto con el Misterio que intuyen en su interior.

Nos inquieta mucho que bastantes padres no bauticen ya a sus hijos. Lo que nos ha de preocupar es que muchos y muchas se marchan de nuestra Iglesia sin haber oído hablar del "bautismo del Espíritu" y sin haber podido experimentar a Jesús como fuente interior de vida.

Es un error que en el interior mismo de la Iglesia se esté fomentando, con frecuencia, una espiritualidad que tiende a marginar a Jesús como algo irrelevante y de poca importancia. Los seguidores de Jesús no podemos vivir una espiritualidad seria, lúcida y responsable si no está inspirada por su Espíritu. Nada más importante podemos hoy ofrecer a las personas que una ayuda a encontrarse interiormente con Jesús, nuestro Maestro y Señor.