III Domingo de Pascua

III Domingo de Pascua

Gio, 12 Apr 18 Lectio Divina - Anno B

Después de las apariciones a los discípulos de Emaús, Lucas nos narra la aparición de Jesús a la comunidad. Tiene gran interés en presentar a Jesús resucitado como a alguien real, no es una imaginación, sueño o quimera. Están todos (no es cosa de alguno); Jesús se presenta como hacía antes de morir, les da la paz; les muestra los signos de su pasión, no hay nada más real; y come con ellos. Jesús les quiere “abrir el entendimiento” para que crean en él y en las escrituras, y enviarlos a evangelizar. La Iglesia tiene que anunciar a Cristo, la vida nueva que es él y el perdón conseguido con su sacrificio ofrecido por amor.

En este tercer Domingo de Pascua la Iglesia nos sigue insistiendo en el acontecimiento de la resurrección del Señor, verdadero corazón de la fe. Sin ella no habría salvación ni esperanza.

En los domingos después de Pascua las lecturas del Antiguo Testamento son sustituidas por los Hechos de los Apóstoles, que a través de la predicación primitiva testimonian la resurrección del Señor y demuestran cómo la Iglesia nació en nombre del Resucitado.

  1.  En los Hch 3,13-15.17-19 Pedro presenta la resurrección de Jesús encuadrada en la historia de su pueblo como cumplimiento de todas las profecías y promesas hechas a los Padres: “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros Padres [que es lo mismo que decir el Dios de las promesas] ha glorificado a su siervo Jesús [el Salvador presentado como Siervo de Yahvé] a quien vosotros entregasteis y negasteis en presencia de Pilato… Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”. Y por si su testimonio y el de cuantos vieron al Resucitado no fuera suficiente, nos ofrece una “señal” en la curación milagrosa del tullido que acababa de realizarse en la puerta del templo. Para Hacer resaltar la Resurrección, Pedro no duda en recordar los hechos dolorosos que la precedieron: Vosotros negasteis al Santo y al justo y pedisteis que se os hiciera gracia de un homicida. Disteis muerte al príncipe de la vida (ibíd. 14-15).Las acusaciones son apremiantes, casi despiadadas; pero Pedro sabe que él está también incluido en ellos por haber negado al Maestro; lo están igualmente todos los hombres que pecando siguen negando al “Santo” y rechazando “al autor de la vida” posponiéndole a las propias pasiones, que son causa de muerte. Pedro no ha olvidado su culpa que llora toda la vida, pero ahora siente en el corazón la dulzura del perdón del Señor. Esto lo hace pasar de la acusación a la excusa: “Ahora bien, hermanos, ya sé que por ignorancia habéis hecho esto, como también vuestros príncipes”(17) ¿cuántos de nosotros nos decimos cristianos y desconocemos totalmente al Señor?

Luego la invitación al arrepentimiento: “Por tanto arrepentíos y convertíos para que se borren vuestros pecados” Si la Pascua es un camino que lleva a un cambio, la conversión será la constante y el resultado continuo de una verdadera experiencia cuaresmal.

  1.  A esto mismo se refiera la conmovedora exhortación de San Juan “Hijitos míos, os escribo esto para que no pequéis” (1Jn 2,1) ¿cómo volverá al pecado quien ha penetrado en la pasión del Señor? Sin embargo, conscientes de la fragilidad humana, el Apóstol prosigue: “Pero si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, el Justo”, Juan, que había oído en el calvario a Jesús agonizante pedir el perdón del Padre para quien lo había crucificado, sabe hasta qué punto Jesús defiende a los pecadores. Víctima inocente de los pecados de los hombres, Jesús es también su abogado más valeroso, pues “él es la propiciación por nuestros pecados” 
  2. En el Evangelio presenta a Jesús entre los Once trayéndoles la Paz (Lc24, 35-48) y vemos que su sola presencia es garantía de paz. Estos creen en la Resurrección y están hablando de ella: “El Señor es verdad ha resucitado y se ha aparecido a Simón”; además ha escuchado el relato de los dos de Emaús. Y sin embargo cuando Jesús se aparece en medio de ellos, se quedan “aterrados y llenos de miedo” “Creyendo ver un fantasma”. La manifestación de lo divino deslumbra la mente humana y viene espontáneamente la duda: ¿será verdad?... ¡dichosa duda de los Discípulos! Ella prueba que su fe en el Resucitado no es efecto de credulidad, de entusiasmo o de sugestión, sino que se funda en datos objetivos examinados con sentido realístico. Jesús mismo les ayuda a darse cuenta de la verdad de las cosas: “Ved mis manos y mis pies, que soy yo. Palpadme y ved, que un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” No solo ver, sino también tocar; lo que se palpa no puede ser imaginario. Pero es tan grande la alegría de ver de nuevo vivo al Maestro  que no osan todavía creerse a sí mismos. Y el Señor adaptándose cada vez más a su psicología, dice: “¿Tenéis aquí algo que comer?” Tomando un poco de pez, lo come “delante de ellos” Su estado glorioso lo libra de cualquier necesidad física, y sin embargo toma el alimento para demostrar a los suyos la realidad concreta de su persona. Está allí en medio de ellos con su cuerpo glorificado, y aunque este tiene propiedades especiales como el aparecer y el desparecer de repente, sin embargo es un verdadero cuerpo, como lo atestiguan las señales de los clavos en las manos y en los pies (Jn. 20, 25-27).

La Resurrección es la clave de todo el cristianismo y por eso el Resucitado quiere dar todas las garantías de ella a la Iglesia naciente para que  a través de los siglos, la fe de los creyentes se apoye sobre un sólido fundamento “¿El Señor en verdad ha resucitado!” Sobre esta grande realidad cada uno de los creyentes  puede fundar su propia vida.

  1. A los Once reunidos en Jerusalén Jesús les explica también las Escrituras. No basta que lo reconozcan y crean en su Resurrección; deben comprender la íntima conexión que existe entre los hechos de que han sido testigos y cuanto está escrito a cerca de él “en la ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos” (Lc 24 ,44) .Existe absoluta identidad entre el Mesías de las profecías y el Jesús de la Historia con el cual han vivido y al que han visto morir en la cruz y ahora vuelven a encontrar resucitado. Esta identidad es la que hace validas su fe y su esperanza. Jesús les había explicado estas cosas durante su vida terrena: “Esto es lo que yo os decía estando aún con vosotros” Pero los discípulos no lo habían comprendido. Es necesario que el Resucitado les abra ahora “ la inteligencia" para que comprendan finalmente lo que las Escrituras habían anunciado, esto es, “que el Mesías debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día” (46).

Muerto para destruir el pecado y reconciliar a los hombres con Dios, él les ofrece la paz para asegurarles su perdón y su amor. Y antes de despedirse de ellos los hace mensajeros de conversión y de perdón para todos los hombres: “será predicada en su Nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén” (47) [En el nombre de Jesús, es decir, Jesús, actúa en la vida de la comunidad y en ese Nombre los cristianos encuentran la salvación; su nombre cura, salva, restituye, perdona, convierte]. De esta manera la paz de Cristo es llevada a todo el mundo precisamente porque “él es la propiciación por nuestros pecados” ¡Misterio de su amor infinito!