La transfiguración del Señor

La transfiguración del Señor

Mer, 31 Lug 19 Lectio Divina - Anno C

Para poder entender el relato que nos describe el evangelista Lucas, es necesario comprender la palabra transfiguración. Ésta proviene del griego y significa cambio de forma o de figura. No es una metamorfosis al estilo pagano, es decir, un cambio sustancial de su esencia. En el caso de Jesús es un cambio de apariencia, de su figura, para mostrar Su gloria.

Este acontecimiento en el monte, sucede después de una semana en que Pedro había confesado que Jesús era el Cristo (Lc. 9:18-20) y del anuncio de su muerte (Lc. 9:21-27).  Este hecho es la confirmación de la revelación de Jesús como el Cristo y el Hijo de Dios. Ésta es una experiencia similar a la de su bautismo (Lc. 3:21-22). Su gloria es revelada no sólo por sus hechos, sino de un modo más personal y que significa su presencia real, porque el reino está en medio de su pueblo. De ahí que la transfiguración es un punto central de la revelación del reino de Dios, el cual está relacionado con el Antiguo Testamento y muestra la forma en que Cristo lo cumple, luego vuelve la mirada hacia los grandes acontecimientos de la cruz, la resurrección, la ascensión, y su segunda venida.

Reflexión

Después que Jesús anuncia su pascua a sus discípulos (9,18-22) e invita a seguirlo negándose a sí mismo y cargando la cruz (9,23-27), en este texto se muestra transfigurado frente a Pedro, Juan y Santiago. Después de presentar a los personajes, el lugar y el motivo de la subida al monte (v.28), el

evangelista describe la transfiguración y la aparición de Moisés y Elías que conversan con Jesús (vv.29-31).  Se muestra luego la reacción de Pedro y sus compañeros (vv.32s) y al final los cubre

una nube y surge la voz del cielo (vv.34-36a).  Finalmente la escena cierra con el silencio de los discípulos (v.36b).

Lucas muestra con frecuencia a Jesús orando (3,18; 6,12; 9,18; 22,39ss). El encuentro de Jesús con el Padre es transformante: su aspecto cambia y sus vestidos se muestran luminosos, signo de la gloria de su origen como Hijo de Dios. En la escena aparecen también Moisés y Elías que son los representantes de la Ley y los Profetas en el Antiguo Testamento. Y con Jesús hablan de su partida (“éxodo” en griego) que debería cumplirse en Jerusalén. El Antiguo Testamento ya estaba anunciando esa partida, que no es sólo de sufrimiento al pasar por la cruz, sino que es también llena de gloria, que se anticipa en la transfiguración.  De hecho cuando Jesús se encuentra con los discípulos de Emaús les preguntará: “¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?” (24,26).                     

La reacción de Pedro y los otros discípulos muestra debilidad: tienen sueño aunque permanecen despiertos, lo que indica que la debilidad no dispensa de la propia responsabilidad y el esfuerzo, aunque parece que no se ven los frutos, pues la pregunta que formula revela la incomprensión de

lo que sucede: “no sabía lo que decía”.  Los discípulos son débiles y no comprenden, pero esto no les impide ser discípulos, contemplar a Jesús transfigurado y escuchar la voz que saldrá de la nube.

Después de las palabras de Pedro,  se escuchan las palabras que vienen de la nube. En el Antiguo Testamento la nube es un signo de la manifestación de Dios, como la gloria divina que cubre la tienda del encuentro cuando Dios viene sobre ella (ver Ex 40,34). Los discípulos, aunque débiles, entran en la nube de la presencia divina y allí se escucha la voz, que esta vez no está dirigida a Jesús como en el bautismo (ver 3.22) sino a los discípulos: “Este es mi Hijo amado, escúchenle” (9,35).  La voz del Padre confirma la identidad de su Hijo, y  manda escucharlo, y escuchar en la perspectiva bíblica es obedecer, poner en práctica lo que se escucha. Es la escucha y la puesta en práctica de la palabra de Jesús lo que conduce a los discípulos.

Pidámosle al Señor que nos enseñe hoy a escucharle, y a hacer su obra en nosotros
Si supiéramos escuchar a Dios oiríamos su voz. Porque Dios nos habla. Ha hablado en su Evangelio. Y habla todavía hoy en la vida.

El resplandor de la Trasfiguración revela que la vida destinada a ser nuestra es completa.  Para alcanzar nuestro verdadero estado, debemos primero rechazar los estándares pequeños que usamos para medir nuestra vida.  La Trasfiguración nos invita a una configuración.  Al mirar la gloria que brota de cada poro de Jesús Transfigurado, nos deshacemos de nuestro egoismo, enojos y lujuria y tomamos nuestro lugar en el brillo del Hijo de Dios.  Porque mientras contemplamos, paralizados por el resplandor, traspasados por esta luz, Jesús nos observa a nosotros.  La luminosidad de Nuestro Señor es una mirada de amor a nuestros corazones, nos da valentía para renunciar a nuestra vida superficial y cambiarla por una vida transparente idéntica a la suya.  Este es el significado de ser Luces del Mundo – un farol.  Los cristianos debiéramos acostumbrarnos a dejarnos impregnar de luz y amor, que ve hasta lo más secreto de nuestro ser.  En silencio desde su Tabor, el Salvador nos ruega: “¡Conviértanse en lo que son!”.