Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

Mar, 19 Giu 18 Lectio Divina - Anno B

Hoy la Iglesia celebra la  Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista. Santo muy importante y particular que está como entrelazando el Antiguo y el Nuevo Testamento. Nos presenta la novedad del Reino pero en continuidad con la Antigua Alianza. Otra singularidad de este Santo es la liturgia particularmente rica, con un formulario para la vigilia y otro para la Misa del día y las primeras vísperas en la Liturgia de las horas.

La eucología nos ofrece también un prefacio en el que la Iglesia recuerda y celebra “al mayor de los nacidos de mujer”, en los acontecimientos característicos de su vida, subrayados por los mismos textos bíblicos, especialmente el evangelio, tanto el de la vigilia como el de la Misa del día.

Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas llegaron hasta Juan. Por tanto, él es como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo. Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aun antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea. Estas cosas pertenecen al orden de lo divino y sobrepasan la capacidad de la humana pequeñez. Finalmente, nace, se le impone el nombre, queda expedita la lengua de su padre. Estos acontecimientos hay que entenderlos con toda la fuerza de su significado.

Contexto

Este pasaje del evangelio forma parte de los así llamados relatos de la infancia de Jesús. De modo particular este texto sigue a la escena de la visita de María “a la casa de Zacarías” (Lc 1, 40) después de la anunciación del ángel mensajero de la nueva creación.

La anunciación de hecho inaugura gozosamente el cumplimiento de las promesas de Dios a su pueblo (Lc 1, 26-38). El gozo de los tiempos nuevos, que ha llenado a María, inunda ahora el corazón de Isabel. Ella goza por el anuncio traído por María (Lc 1, 41). María por su parte “proclama las grandezas del Señor” (Lc 1, 46) porque el Poderoso ha hecho cosas grandes en ella, como también ha obrado grandes prodigios por su pueblo necesitado de salvación.

Juan nace de una anciana estéril; Cristo, de una joven virgen. El futuro padre de Juan no cree el anuncio de su nacimiento y se queda mudo. Zacarías calla y pierde el habla hasta que nace Juan, el precursor del Señor, y abre su boca. Este silencio de Zacarías significaba que, antes de la predicación de Cristo, el sentido de las profecías estaba en cierto modo latente, oculto, encerrado. Con el advenimiento de aquel a quien se referían estas profecías, todo se hace claro. El hecho de que en el nacimiento de Juan abre la boca de Zacarías tiene el mismo significado que el rasgarse el velo al morir Cristo en la cruz. Si Juan se hubiera anunciado a sí mismo, la boca de Zacarías habría continuado muda. Si se desata su lengua es porque ha nacido aquel que es la voz; en efecto, cuando Juan cumplía ya su misión de anunciar al Señor, le dijeron: ¿Tú quién eres? Y él respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto. Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz pasajera, Cristo la palabra eterna desde el principio.

Meditación

Recordemos que Juan nace de una anciana estéril;  Cristo, de una jovencita virgen: el Futuro padre de Juan no cree el anuncio de su nacimiento y se queda mudo; la Virgen cree en el nacimiento de Cristo y lo concibe por la fe.

Podemos resaltar tres palabras claves del Texto. La admiración (1,65): “invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea, se comentaban todas estas cosa”. Esta reacción, denominada “temor”, es la señal de apertura con sencillez ante la presencia de Dios. A lo largo del Evangelio de Lucas le da un gran valor a la admiración del pueblo ante la obra de Jesús, mientras que los enemigos de Jesús (la gente más religiosa) ni siquiera es capaz de dar este primer paso. Hay que dejarnos sorprender por Dios. La meditación (1,66): “todos los que oían las grababan en su corazón”.

Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo manifiesta el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas llegaron hasta Juan. Por tanto, él es con la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo. Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo (1,41). Se puede ver ya revelada su misión como precursor, aun antes de nacer; porque en efecto, la mano del Señor estaba con el (1,66).

Es importante evidenciar como en estos dos acontecimientos se va manifestando la grandeza y misericordia de Dios con dos hermosísimos cánticos, la virgen María proclama el hermoso cántico del Magnificat engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador… (1,46-55). Y el bello cantico de Zacarías el Benedictus: Bendito el Señor Dios de Israel… (1,67-79).

Comentarios

Eres tu Juan, el nuevo Elías, alimentado en el desierto no con pan y por un cuervo, sino de saltamontes y miel, por Dios tu eres el nuevo Isaías que no has dicho: Mirad una virgen concebirá y dará a luz (7,14), sino que has proclamado delante de todos: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29). (San Efrén, diácono.)

Yo pienso que el misterio de Juan se realiza todavía hoy en el mundo. Cualquiera que está destinado a creer en Cristo, es precioso que antes el espíritu y el poder de juan vengan a su alma a preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto (Lc 1,17) y, allanar los caminos, enderezar los senderos (Lc 3,5) de las asperezas del corazón. No es solamente en aquel tiempo que los caminos fueron allanados y enderezados los senderos sino que todavía hoy el espíritu y la fuerza de juan preceden la venida del Señor y salvador.  ¡Oh grandeza del misterio del Señor y de su designio sobre el mundo! (Orígenes, presbítero).

Prestemos atención a estos tres verbos: preparar, discernir, disminuir. En ellos se encierra la experiencia espiritual de san Juan Bautista, aquel que precedió la venida del Mesías «predicando el bautismo de conversión» al pueblo de Israel. Este trinomio es también paradigma de la vocación de todo cristiano, y lo podemos encontrar en tres expresiones referidas a la actitud del Bautista con respecto a Jesús: «después de mí, delante de mí, lejos de mí».

Aquí se inserta «la tercera vocación de Juan: disminuir». Porque precisamente desde ese momento su vida comenzó a decrecer, a disminuir para que creciera el Señor, hasta anularse a sí mismo. Esta fue la etapa más difícil de Juan, porque el Señor tenía un estilo que él no había imaginado, a tal punto que en la cárcel, donde había sido recluido por Herodes Antipa, «sufrió no sólo la oscuridad de la celda, sino la oscuridad de su corazón». Las dudas le asaltaron: «Pero ¿será éste? ¿No me habré equivocado?». A tal grado que pide a los discípulos que vayan a Jesús para preguntarle: «Pero, ¿eres tú verdaderamente, o tenemos que esperar a otro?».

«Es bello pensar así la vocación del cristiano». En efecto, «un cristiano no se anuncia a sí mismo, anuncia a otro, prepara el camino a otro: al Señor». Es más «debe saber discernir, debe conocer cómo discernir la verdad de aquello que parece verdad y no es: hombre de discernimiento». Y finalmente «debe ser un hombre que sepa abajarse para que el Señor crezca, en el corazón y en el alma de los demás» (Papa Francisco).

Oración

Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente. Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma. No desconocías mis huesos, cuando en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra (Sal. 138).