Solemnidad de la Trinidad

Solemnidad de la Trinidad

Lun, 21 Mag 18 Lectio Divina - Anno B

Apenas hemos celebrado la venida del Espíritu Santo, e inmediatamente hemos reiniciado litúrgicamente, el Tiempo Ordinario  que concluiremos el sábado anterior al I Domingo del Adviento.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, así empieza y termina la Santa Misa y el Oficio divino, y se confieren los Sacramentos. Igualmente A los salmos sigue el Gloria al Padre...; los himnos tradicionales acaban con la doxología y las oraciones con una conclusión en honor a las Tres Divinas Personas.  El misterio de la Trinidad es la síntesis de nuestra fe cristiana y del Año litúrgico. 

El contexto

Bautizarse en el nombre del Dios trino es introducirse en la totalidad de su misterio. El Señor resucitado, desde Galilea, según la tradición de Mateo (en Marcos falta un texto como éste) envía a sus discípulos a hacer hijos de Dios por todo el mundo. Podíamos preguntarnos qué sentido tienen hoy estas fórmulas de fe primigenias. Pues sencillamente lo que entonces se prometía a los que buscaban sentido a su vida. Por lo mismo, hacer discípulos no es simplemente enseñar una doctrina, sino hacer que los hombres encuentren la razón de su existencia en el Dios trinitario, el Dios cuya riqueza se expresa en el amor.

Reflexión

Hoy, Domingo de la Trinidad, leemos el final  del evangelio de Mateo; las palabras suenan solemnes y rotundas, definitivas, en la boca de Jesús. 

Los once aparecen perfectamente humanos, perfectamente reales, sin inciensos y falsas glorias. Van al encuentro de Jesús, como debe hacer todo discípulo, pero también tienen sus dudas, sus vacilaciones. ¿Qué cristiano no se ve reflejado en ese claroscuro? También nosotros caminamos hacia él, subiendo el monte, pero tampoco somos perfectos y necesitamos que también él se acerque a nosotros.

Jesús comienza recordando su resurrección con una frase que suena mucho a cita del Antiguo Testamento. «Todo poder en cielo y tierra» es el resultado de la entrega de amor que ha protagonizado a través de la cruz. Aquí, en el amor entregado, ha comenzado todo, éste será el punto de partida, el modelo a seguir, el pentagrama sobre el que la comunidad cristiana tendrá que interpretar su partitura.

A continuación da su mandato: «Id y haced discípulos». Esta breve frase de Mateo nos define como Iglesia. Si nos preguntamos qué debemos hacer, aquí tenemos la respuesta:

Ir. Movernos, desplazarnos, salir en busca de todos aquellos que necesiten de Dios y de su mensaje de amor y liberación. Todos lo necesitamos, pero no todos son capaces de darse cuenta. Es por eso que los pobres, los despreciados, los marginados fueron lo que mejor comprendieron a Jesús, al tiempo que los ricos, los acomodados, los que se creían sabios, lo rechazaron.

Hacer discípulos. No pide licenciados, ni especialistas; tan sólo pide discípulos, que sean capaces de seguir detrás de él por el camino que nos marcó.

De todos los pueblos. Sin distinción, sin marginación, sin privilegios ni favoritismos. El mensaje de Dios es para todos porque ante él todos somos hermanos e iguales.

Bautizándolos. Para Mateo están totalmente unidas las acciones de las personas con las acciones de Dios, pero Dios tiene siempre la iniciativa. El Bautismo es expresión de la entrada en su comunidad, Dios actúa a través de actos sencillos y concretos.

Enseñándoles. Sin imponer ni obligar, sino ofreciendo nuestro mensaje de alegría y plenitud con la paciencia del educador y la humildad del que no es maestro, sino compañero de camino.

A guardar lo que él nos ha mandado. La relación con Jesús no es intelectual (aunque también nos obliga a hacer funcionar la neuronas, que para eso nos las regaló, no se trata de tragarse cualquier idea sin pensarla), sino personal, experiencial. Se trata de aceptarle como guía del camino para comprender nuestra vida y a nosotros mismos con sus criterios tan distintos a los de la mayoría de la sociedad.

Por último, después del mandato tan exigente y difícil, nos da la garantía de su presencia con una frase majestuosa y grave. Vale la pena repetirla despacio, personalizarla y pensar que nos la dice Jesús personalmente a cada uno de nosotros, que te la dice a ti de forma muy especial: «Yo estoy contigo siempre, todos los días, hasta el fin de los tiempos».La promesa de Jesús cae con rotundidad y fuerza sobre el corazón como el sello y la firma sobre un documento oficial. Tenemos la garantía, tenemos dónde acudir. Ahora nos toca a nosotros hacer que su presencia sea luminosa en el mundo entero. No es el “final” del evangelio, no puede serlo, es tan sólo el principio de una nueva historia de amor de Dios con la humanidad.

El evangelio termina como comenzó. Al principio nos fue anunciado el nombre de Emmanuel Dios con nosotros, que había sido anticipado por el profeta Isaías (Is1,23). Ahora se nos asegura que aquella profecía se ha hecho permanente realidad: "estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". En otras palabras, sigue siendo Emmanuel, Dios con nosotros.