V Domingo de Cuaresma

V Domingo de Cuaresma

Lun, 01 Apr 19 Lectio Divina - Anno C

En el camino cuaresmal que hemos venido recorriendo en la Iglesia, nos encontramos ya en la recta final. El próximo domingo, celebraremos el Domingo de Ramos y, el tono del evangelio que la Liturgia nos presenta hoy no podía ser más expresivo de la misericordia de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, al hablar a la mujer que había sido encontrada en Flagrante adulterio: “…Tampoco yo te condeno”.

Contexto:
Encontramos a Jesús en Jerusalén a donde subió con ocasión de la Fiesta de las Tiendas. Fiesta de los judíos que les recordaba el haber sido peregrinos en el desierto y haber vivido temporalmente en campamentos; sin embargo en el tiempo de Jesús, había tomado la forma de una fiesta de acción de gracias por la cosecha que habían recogido. Jesús se presenta en el templo, se sienta y enseña a la gente. Es en este momento que los fariseos le presentan a la mujer encontrada en adulterio.

La narración nos recuerda que todos tenemos el “techo de cristal”, por lo que no debemos tirar piedras al del vecino. Jesús llama a la compasión y al perdón de los pecados.

Al encontrarse Jesús con una pecadora acusada de adultera, la despide sin condenarla. Es uno de los relatos más conmovedores del Evangelio. Con toda razón nos tiene que edificar el señorío con que Jesús libera de la muerte merecida, sancionada legalmente a esa mujer, y el tacto con el que recuerda a los acusadores sus propios pecados. Pero haríamos mal si, al recordar hoy la anécdota, no nos dejáramos cuestionar por el comportamiento de Jesús. Tal es precisamente el peligro: que dejemos pasar por alto su mensaje hiriente; que, por no sentirnos mencionados en lo sucedido, no nos sintamos tampoco cuestionados. Si nos situamos a distancia, observando la escena desde fuera, las palabras de Jesús, y su perdón, no nos alcanzarán. Para que este relato sea Evangelio, buena noticia, hoy para nosotros, debemos identificarnos con alguno de los dos bandos que acuden a Jesús con la acusada o con los acusadores. O ¿por qué no? Un poco con ambos a la vez.

Qué nos dice el texto:
Este episodio de la mujer adúltera no pertenecía originalmente al evangelio de Juan ni el estilo le es típico ni el lugar en el que aparece  el más indicado, al interrumpir el discurso de Jesús, Jn. 7,37 -52; 8, 12 -21. Fue aceptado, probablemente, para ejemplarizar la amistad de Jesús con los pecadores, un comportamiento que era piedra de escándalo para los judíos piadosos y que creaba dificultades a la praxis penitencial de la Iglesia primitiva.

El incidente está situado en los últimos días de la vida de Jesús. Enseñando en el templo Jn8,2, Jesús afronta un caso de adulterio flagante Jn 8,3-4, incontestable el hecho, que va narrado dos veces, clara e inmediata ha de ser la sentencia; la ley mandaba la muerte de la adultera (Ex20-14; Lv 18,20; 20,10; Dt5, 18,) sin especificar qué tipo de muerte. Los acusadores exigen a Jesús que tome posición Jn8,5: debe escoger entre la voluntad de Dios y su voluntad de acercamiento al pecador. O se pone en conflicto con la ley o contradice su propia predicación. En medio y de pie, como en los interrogatorios oficiales (Hch4,7), la mujer. Pero Jesús no habla, como el narrador que le están tendiendo una trampa Jn8,6, y escribe en la tierra; el gesto que realiza no es esperado ni resulta concluyente. Ante la insistencia de los acusadores, Jesús responde con la ley, citando el deber que incumbe al testigo principal de comenzar el castigo mortal. Acudían a la ley para lograr de  Jesús la condenación de la adúltera, pero no están dispuestos a cumplir lo que la ley les exige. Jesús no exige a los acusadores haber sido fieles en su matrimonio, pide una fidelidad mayor, si están libres de pecado.

En contra de lo que la ley manda, Jesús evita condenar a muerte a la mujer adúltera. Pero tampoco se opone a la voluntad de Dios que la ley expresaba; pues logra extender la acusación de pecador a los acusadores de la pecadora. Jesús no niega ni la culpa de la mujer ni la razón de la ley, se opone a que el pecador, por más oculta que permanezca su culpa se haga juez del prójimo que ha pecado. Tiene sentido admirar el perdón que Jesús concede a la adúltera, si sorprende la condena que hace de sus jueces. La mujer no pudo negar su falta, pues era pública. Pero no pidió perdón expresamente. Quien intenta ser bueno a base de condenar a sus semejantes, no respeta la voluntad de Dios ni logrará que su propio pecado permanezca escondido. Jesús da siempre una nueva oportunidad a quien no niega su pecado, pero no perdona a quien busca pasar por justo sólo porque con mayor ahínco condena a los demás pecadores.

La actitud de Jesús es significativa: no niega la existencia del pecado de la mujer ni niega que tengan razón sus acusadores. Pero no condena a la mujer pecadora, y se las ingenia para que los acusadores descubran su propio pecado. Respeta la ley, pero opta por la persona que la ha trasgredido. No se opone que se castigue el pecado, pero evita que se castiguen solo los pecadores púbicos. No se combate bien el mal sólo si ve, únicamente en los otros. El pecado sigue siendo un mal, por más oculto que esté, por mucho que lo escondamos.

Y lo más sorprendente es que Jesús no disculpe a la mujer ni disimule su falta. Para concederle una nueva oportunidad no ha necesitado oír sus excusas ni siquiera su confesión. Para perdonar, Jesús no necesita comprender la razón del pecado ni las razones del pecador; de esta forma, su perdón es más gratuito, porque no ha sido pedido ni era esperado. La disposición de Jesús al perdón no dependió ni de la vergüenza pública de la pecadora ni de la sinceridad de su arrepentimiento. Sólo al final, cuando solo Él podía condenarla, pues sus acusadores habían desaparecido, le recomendará que no vuelva a pecar: librándola del castigo merecido le da una nueva oportunidad.

ORACIÓN
Crea en nosotros, Señor, el silencio para escuchar tu voz, entra en nuestro corazón con la espada de tu Palabra, para que a la luz de tu sabiduría, en este último trecho de la cuaresma, podamos evaluar las cosas terrenas y las eternas, y lleguemos a ser libres y pobres por tu Reino Amén.