V Domingo del Tiempo Ordinario

V Domingo del Tiempo Ordinario

Lun, 03 Feb 20 Lectio Divina - Anno A

El texto de Mateo que nos ofrece la Liturgia para este V domingo, se ubica en la segunda parte de este Evangelio, que hace referencia a la Promulgación del Reino de los Cielos, más precisamente en el Discurso Evangélico, que comprende los Capítulos del 5 al 7.

Se puede dividir claramente en dos partes, siguiendo el discurso de Jesús que utiliza dos imágenes:
La sal: “Ustedes son la Sal de la tierra…”
La luz: “Ustedes son la Luz del mundo.”

 Las dos imágenes utilizadas por Jesús eran muy familiares para sus auditores. Ya en el Antiguo Testamento, la sal debía estar presente en toda oblación presentada al Señor (Lv. 2,13). La sal que da sabor a los alimentos, que resalta el gusto de los mismos. La sal que conserva los alimentos. La sal que cumple su función sólo cuando se disuelve, cuando desaparece. Por eso, cuando pierde su esencia, sólo sirve para “ser tirada fuera y pisoteada por los hombres”.

La luz, también acompaña desde el principio la historia del Pueblo de Dios. El Señor se manifiesta a Moisés en la zarza ardiendo y acompaña a su pueblo con la columna de fuego por la noche.

Después de haber presentado a la muchedumbre su autorretrato en el discurso de la montaña como nuevo Moisés, Jesús invita a quienes lo escuchan a cultivar en sus corazones esos valores y actitudes que los harán verdaderamente felices.
Pero esta felicidad tiene que ser irradiada externamente y hacer que se proyecte, se dé, se ponga al servicio, sea útil para el mundo como la sal y la luz.

¿Cómo ser sal de la tierra y luz del mundo? La respuesta nos la da el Profeta Isaías en el texto propuesto como Primera Lectura para este domingo: “Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano”. “Si en tu casa no hay más gente explotada, si apartas el gesto amenazante y las palabras perversas; si das al hambriento lo que deseas para ti y sacias al hombre oprimido, brillará tu luz en las tinieblas, y tu obscuridad se volverá como la claridad del mediodía” (Is.58, 7-8).

Todo esto tiene una única finalidad: hacer “resplandecer nuestra luz ante los hombres para que, viendo nuestras buenas obras, den gloria al Padre que está en el cielo.”

Los que han hecho las opciones por el mundo de las bienaventuranzas han hecho una elección manifiesta: ser sal de la tierra y luz del mundo. Esto quiere decir sencilla y llanamente que las bienaventuranzas no son para vivirlas en individualismos egoisticos, sino es necesario comprometerse en una misión: la de anunciar al mundo, a todos los hombres, lo que se ha logrado descubrir del Reino de Dios. Las bienaventuranzas son un compromiso, una praxis, que debe testimoniarse. No puede ser de otra manera para quien se ha identificado con los pobres, con la justicia, con la paz. Eso no puede quedar en el secreto del corazón, sino que debe llevarnos a anunciarlo y a luchar por ello. Todo cristiano está llamado a ser la sal de la tierra y la luz del mundo, viviendo en el ser y quehacer de cada día la radicalidad del Evangelio, el mensaje de las Bienaventuranzas anunciadas por Jesús.

¡Jesús, Luz del mundo! Haz que seamos para quienes nos encuentren, luz que los guía hacia Ti y sal que da gusto y sabor a la vida, porque la condimenta con Tu Presencia Salvadora.