V Domingo del Tiempo Ordinario

V Domingo del Tiempo Ordinario

Lun, 29 Gen 18 Lectio Divina - Anno B

 

La liturgia de la Palabra que nos ofrece la Iglesia para este V Domingo del tiempo ordinario, continúa presentando el ministerio público de Jesús. El Evangelista Marcos nos ofrece una serie de detalles que favorecen nuestro encuentro con Él, ubicando el lugar y las personas con quienes va y a quienes encuentra.

Estructura del texto

Esta perícopa nos ofrece tres partes concretas:

- La curación de la suegra de Pedro

- Numerosas curaciones

- Jesús sale ocultamente de Cafarnaún y recorre Galilea.

  • La curación de la suegra de Pedro

Detengámonos un momento en los Evangelios Sinópticos, observemos algunos detalles que manifiestan la manera de actuar de Jesús: En san Mateo es Jesús quien ve a la suegra enferma, Jesús con sólo tocarle la mano, la fiebre la deja. En san Marcos son otras personas quienes le comentan sobre la enfermedad pero es Él quien la levanta. San Lucas no dice que Jesús haya tocado a la mujer sino que “conmina a la fiebre”.

Un aspecto común en las tres narraciones es que ella ya curada por Jesús se levanta a servirles.

Es importante este verbo levantarse. El levantarse implica que estaba incapacitada, no tenía la capacidad de…, en este caso de servir al otro. De ahí que bellamente los tres evangelistas afirmen que la fiebre la deja y ella se levanta a servirles. Tres acciones realiza Jesús con el enfermo, como dijo el Papa Benedicto XVI, toma de la mano, levanta y cura.

La suegra de Pedro, representa a la mujer que desde siempre ha estado al servicio de la Iglesia. La mujer es la primera que se encuentra con el Resucitado y es la primera enviada a anunciar la resurrección (Jn 20, 11-18; Mt 28,9-10; Mc 16 9-11).                                                                 

  • Numerosas curaciones de Jesús

También en estos versos encontramos semejanzas y diferencias en los Sinópticos: San Marcos dice que curó a muchos enfermos y expulsos demonios, pero no nos dice cómo, mientras que san Mateo explicita que Jesús utiliza las palabras para curar e igualmente san Lucas describe que Jesús realiza un gesto: les impone las manos a los enfermos (Lc 4, 40) y dice bellamente: «a cada uno de ellos», no masificó al ser humano, le dio el trato de persona, no obstante que toda la ciudad se agolpaba a su puerta (Mc 1,33).

 A Jesús no le basta curar a la suegra de Pedro, no la curó por conveniencia, porque el yerno de la enferma fuera su discípulo, un discípulo influyente para él, pues sería la Piedra sobre la que edificaría su Iglesia (Mt 16, 18). ¡No! él pasa por diferentes lugares y realiza numerosas curaciones no sólo del cuerpo sino también del alma. De hecho dice el evangelista que echó muchos demonios. El mal siempre está acechando nuestro corazón para hacer mella en él y quedarse ahí. Recordemos que los endemoniados conocían a Jesús, sabían que Él era el Hijo de Dios. San Marcos conserva como siempre su intención del secreto mesiánico; él refiere que lo conocían pero que no les permitía hablar.  (Mc 1,34)

Así como en la primera parte de esta perícopa encontramos que había un elemento en común entre los tres evangelios, aquí también lo encontramos: Jesús expulsa a los demonios quienes lo reconocen como el Mesías.

  • Jesús sale ocultamente de Cafarnaún y recorre toda Galilea.

Esta parte solo la encontramos en Marcos y Lucas. Mateo no hace referencia a este pasaje. Mc 1,35 y Lc 4, 42, aportan un dato importante de la vida de Jesús. Él se entrega sin reserva al servicio del pueblo, a atenderlos según sus necesidades, pero no descuida su relación con el Padre, al contrario va a hablarle de sus hermanos y de las realidades complejas que viven en lo cotidiano, por eso saca el tiempo para ir a la oración, muy de madrugada. Los dos textos describen cómo él se va a un lugar solitario a orar. En esta ocasión sus discípulos no lo acompañan, seguramente como sucedió en el Huerto de los Olivos (Mt 26, 40), tampoco han velado con Jesús, por eso los evangelistas mencionan cómo la gente busca a Jesús y son sus discípulos quienes vienen, –digamos– a interrumpir su oración para decírselo. Él los escucha pero les aclara que no se pueden quedar en ese mismo sitio y se marchan de allí porque ha venido para ir a los pueblos vecinos y así recorre toda Galilea. (Mc 1, 39)

A la luz de estos hermosos textos, examinemos nuestra situación personal. Soy consciente de qué fiebre me impide servir al herman@. La fiebre impedía a la suegra de Pedro servir a los demás.  Hoy existen muchos tipos de fiebre, uno de ellos puede ser el de la tecnología, porque nos impide tener relaciones humanas y fraternas como comunidades, como familias; también puede ser el consumismo que tanto daño hace a jóvenes y mayores…  el Evangelio de hoy nos da la oportunidad de hacer presente y dar gracias al Señor por esas personas que en nuestra vida han intercedido por nosotros ante el Señor para que nos cure de nuestras incapacidades de servir a los hermanos (Mc 1,30). Hemos hecho la experiencia de sentirnos curados por el Señor y si la respuesta es afirmativa, hemos tenido la misma actitud de la suegra de Pedro, nos hemos levantado a servir a imitación de Jesús que vino a servir y no a ser servido (Mt 20, 28).

Como bautizados, hacemos parte de la triple dimensión de la misión de Jesucristo, también hemos ido a diferentes lugares a sanar y a expulsar el mal, primero que tenemos dentro de nosotros y luego a los hermanos. La oración era parte de la identidad de Jesucristo, ¿será también la nuestra?

Adentrémonos totalmente en el encuentro de Jesús con todos nuestros hermanos que sufren y seamos alivio para sus cuerpos y corazones de la misma manera que Jesús lo hizo con sus conciudadanos. Vayamos con Él a diferentes lugares, desacomodémonos y vayamos a compartir ese lugar solitario para hablar con el Padre que está en los cielos.

Pidamos al señor la gracia de salir de nosotros mismos e ir a las periferias, no sólo de las ciudades como nos está recordando continuamente el Santo Padre Francisco, sino también a las periferias existenciales de tantos hermanos nuestros, muchas veces tan cercanos a nosotros. Dejemos que el Espíritu hable en nosotros para que tengamos una continua relación con el Padre como nos lo enseñó el mismo Jesucristo nuestro Señor que vive y reina por los siglos de los siglos, amén.