VI Domingo de Pascua

VI Domingo de Pascua

Lun, 11 Mag 20 Lectio Divina - Anno A

Puestos ante tu presencia Señor, con María santísima imploramos el don del Espíritu Santo, ese que Tu mismo nos has prometido para que podamos comprender la Verdad que hay en esta santa Palabra que hoy la Iglesia, como Madre y Maestra nos da como alimento espiritual:

Oh Virgen María, Templo del Espíritu Santo,
Tu que has acogido con fe la Palabra
Y te has entregado toda al Amor Omnipotente,
Enséñanos a invocar el Espíritu Santo,
a seguir sus inspiraciones y a acoger sus frutos y dones.
Enséñanos Madre Purísima
El camino de la caridad sincera
Del humilde servicio y del celo infatigable,
Para que también nuestra vida
Sea fecunda en el amor
y colabore en la santificación de la Iglesia
y la salvación del mundo. Amén

ALGUNAS IDEAS PARA LA MEDITACIÓN
Estos versículos forman parte del así llamado “Discurso de despedida” que va desde el capítulo 13 al 17 de Juan, considerado por muchos el “testamento de Jesús” a sus apóstoles, hoy a nosotros.
Es un texto eminentemente trinitario: El Hijo ora al Padre que envíe al Espíritu Santo. Estos versículos 14,15-17, constituyen el primero de los cinco anuncios de la venida del Paráclito o Espíritu Consolador (14,25-26; 15,26-27; 16, 4b-11; 16,12-15). Para continuar presente en sus discípulos, Jesús pide al Padre que envíe otro Consolador, a quien el mundo no recibe e ignora. En adelante tanto los apóstoles como nosotros tenemos que aprender a convivir con un Cristo real e invisible, es la tarea del Espíritu Santo, para esto los está preparando el Maestro. Fijemos nuestra atención en las afirmaciones de Jesús:
Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.

Hay dos puntos de reflexión: * el amor está ligado a los mandamientos; pero El solo nos dejó un mandamiento: “amaos los unos a los otros como Yo os he amado” es uno solo, pero ahora habla de mandamientos, es que ciertamente ese único mandamiento que es el Amor, tiene múltiples aplicaciones: amo cuando comprendo, cuando ayudo, cuando perdono, cuando respeto, cuando alabo, cuando paso por encima y por debajo tantas circunstancias que quieren alejarme del Señor, cuando procuro hacer feliz al hermano etc..; y segunda reflexión *Jesús no nos pide obedecer sino guardar sus mandamientos. Ciertamente yo guardo lo que me pertenece, lo que es mío. Lo que es de otro lo cuido, lo conservo. En la medida en que yo sienta míos los mandamientos del Señor, sienta que son mi camino para ir a El, los guardaré y entonces comprenderé mejor la Palabra del Señor: “el que tiene los mandamientos y los guarda, ese es el que me ama”.
Y Yo le pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté siempre con vosotros.
Sabemos que tenemos el Espíritu porque el Señor Jesús lo imploró del Padre, y no solo para los apóstoles, también para todos los que por la palabra del apóstol creamos en El. Es decir, para ti, y para mí que hemos sido bautizados en la Iglesia que es UNA, SANTA, CATÓLICA, APOSTÓLICA. Desde mi bautismo el Espíritu Santo mora en mí, y me invita en cada instante a dar testimonio del amor del Padre y del Hijo. Es Él, el Espíritu el que me hace fijar la mirada en Jesucristo para amarlo, seguirlo y servirlo en los hermanos.

Pero vosotros, le conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros.
Cuánta falta nos hace comprender que el Espíritu del Señor está en cada uno de nosotros desde el día de nuestro bautismo. Es verdad que por el pecado, en ocasiones este Espíritu no lo podemos mostrar, pero Él está con nosotros, oculto, pero el permanece con nosotros, es la promesa de Jesús y es verdadera. Por eso El mismo nos dejó el sacramento del perdón y la reconciliación para que cada vez que ocultemos su presencia por el pecado, podamos recuperarnos y gozar de su inefable presencia no solo nosotros sino el mundo entero. Es una presencia misteriosa a veces suave y delicada, a veces con más fuerza, que invade todo nuestro ser.

No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros.
Otra certeza que llena de alegría y esperanza nuestra vida, no estamos huérfanos, tenemos un Padre, un Hermano y el Espíritu que siempre están con nosotros, aún en los momentos más difíciles. Esta pandemia que nos ha obligado a vivir en confinamiento, por el bien del hermano, es solo el Espíritu Santo quien nos ayudará a comprender esta situación y a vivirla en la paz y serenidad. Recordemos el pasaje del ciego de nacimiento donde los discípulos le preguntan a Jesús: ¿quién pecó, este o sus padres para que haya nacido ciego? Y Jesús responde ni este ni sus padres es para la gloria del Padre. (Jn 9,1ss). Hoy por mil razones no comprendemos este momento ni lo que vendrá, pero si lo vivimos en compañía de Jesucristo, muerto y resucitado, comprenderemos que algo nuevo está naciendo.

Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros.
Esta afirmación de Jesús, que hará más explícita en los siguientes capítulos del evangelio de Juan, nos muestra y recuerda la voluntad libérrima de Dios cuando dijo: Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26) esta es la verdadera imagen y semejanza, que Cristo, con su muerte y resurrección nos consiguió: vivir al estilo de la Santa Trinidad en igualdad, comunión y participación. Dios es comunidad de amor y así quiere que valoremos y vivamos la unidad en la diversidad, que se expresa a través del diálogo, la participación, la reconciliación y la alabanza

Dediquemos unos minutos para leer y releer esta Palabra hasta que penetre en nuestro corazón y comparte con otros aquella Palabra que has decidido guardar en tu corazón. Así estaremos cumpliendo nuestra misión de: discípulos misioneros.
Concluyamos este momento de encuentro con la Palabra implorando la gracia de disponerme y disponernos a vivirla y comunicarla con alegría, confianza y con la seguridad de que - quien conoce al Hijo ha visto al Padre. Y crezcamos en la certeza de que: “amar la sabiduría es cumplir sus mandamientos; guardar los mandamientos es garantía de inmortalidad, y la inmortalidad hace estar cerca de Dios” (Sab 6,18)