VI Domingo del Tiempo Ordinario

VI Domingo del Tiempo Ordinario

Mar, 06 Feb 18 Lectio Divina - Anno B

Concluimos con este Domingo la primera parte del tiempo Ordinario para dar paso al tiempo de Cuaresma. Hoy la Palabra nos propone el último de la serie de milagros inaugurales, en el que se presenta a Jesús en el máximo de su reconocimiento en Galilea: “Acudían a él de todas partes” (1,45).

Estructura del Texto

- Encuentro entre Jesús y el leproso (1,40a)
- Curación del leproso (1,40b -42)
       Solicitud de la curación (1,40b)
       Curación (1,41)
       Constatación de la curación (1,42)
- Envío del hombre sanado (1,43-44)
- El hombre sanado pregona la curación: el primer misionero de Jesús (1,45)

Meditación

La Iglesia en su gran sabiduría nos regala hoy en la Palabra de Dios las lecturas que nos ayudarán a reconocer la gravedad del pecado en nuestra vida, a contemplar  la fe de este leproso, marginado, socialmente considerado impuro, y nos permite a la vez, contemplar a Jesús quien con su poder rompe la barrera de la marginación, toca al leproso y lo limpia. Esta curación se dio mediante un diálogo: “si quieres puedes limpiarme”, “Quiero queda limpio”.  Ante esta curación del leproso Jesús revela un nuevo rostro de Dios, “Basta que lo quieras, para ser curado”

El diálogo es de una sencillez, pero también de una gran profundidad. El leproso se acerca lo más que puede. Hay un límite establecido. Y arrodillándose, postrándose en tierra (1,4-9), humillándose más aún, le dice la frase que conmueve el corazón de Jesús: “Si quieres, puedes”. El leproso nunca duda de la autoridad de Jesús. Seguramente ya escuchó de las sanaciones y liberaciones que Jesús había hecho. Por esa razón, no preguntó “si puedes cúrame” no, le dijo “si quieres”. El leproso apunta a la voluntad del que todo lo puede. Jesús hace que el leproso salga de su marginación.  La ley de Dios y de los hombres reconocerán su dignidad. Jesús reinserta al recién curado en la comunidad de fe.

Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero”. En seguida la lepra desapareció y quedó sano.  Jesús no solamente cura, sino que además  reintegra a los excluidos en la convivencia fraterna; quiere que la persona curada pueda convivir de nuevo con los demás, él cura la enfermedad de la lepra que lo hacía impuro y la enfermedad de la soledad a la que era condenado por la sociedad y por la religión. Con este signo  Jesús le dice: para mí, tú no eres un excluido ¡Yo te acojo como hermano!”  Las palabras de Jesús atribuyen la “limpieza” (o purificación) del leproso a la obra de Dios y lo reintegran a su comunidad de vida y de culto, a la asamblea del Pueblo de Dios, con todos sus derechos y deberes. La palabra de Jesús, sana, purifica, hace posible la relación con Dios mediante el culto y genera comunidades inclusivas.

En aquel tiempo, para que un leproso fuera de nuevo acogido en la comunidad, debía tener un certificado firmado por un sacerdote. Jesús obliga al leproso a que  busque el documento, para que pueda convivir con normalidad. Obliga a las autoridades a que reconozcan que el hombre había sido curado. En la época de Jesús, la palabra lepra era usada para una gran gama de enfermedades de la piel, y no solamente para la aflicción que hoy día conocemos como la enfermedad de Hansen. “Los escribas contaban más o menos setenta y dos diferentes condiciones de la piel que se definían como lepra”, incluyendo enfermedades como “fuegos” (furúnculos) y tiña, (ver también Lev. 13-14), prescriben en forma detallada cómo se diagnosticaba la lepra, y hacía al sacerdote responsable de examinar a la gente con problemas en la piel para determinar si tenían lepra. El sacerdote también era responsable de evaluar si la persona con lepra era sanada de la enfermedad. Si era así, el Levítico especificaba un ritual para restaurar a la persona a un estado de pureza.

 Algunas de estas enfermedades no tenían cura conocida, y por eso se les temía mucho. Algunas eran altamente contagiosas, así que se requería que los leprosos vivieran en lugares aislados. La ley de la Torá dice: “Y el leproso en quien hubiere llaga, sus vestidos serán deshechos y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo!… será inmundo; estará impuro: habitará solo; fuera del real será su morada” (Levítico 13:45-46). El Antiguo Testamento tiene varios pasajes donde Dios aflige al pueblo castigándolos con lepra (Números 12:9-10; 2 Reyes 5:27; 15:5; 2 Crónicas 26:19-21), así que la gente frecuentemente interpretaba la lepra como un castigo por el pecado. El leproso anuncia el bien que Jesús le hace

En la primera lectura, tomada del libro del Levítico, todo el capítulo 13 explica cómo debían excluir de la comunidad al pobre enfermo y éste cómo debía pedir limosna para subsistir. Era una situación totalmente denigrante y humillante. Nadie podía tocar a alguien contaminado por el pecado y la enfermedad, porque inmediatamente, de acuerdo a la Ley del Antiguo Testamento quedaba impuro también. Como se ha dicho el único que podía certificar que el enfermo se había curado era el sacerdote, lo que implicaba también que sus pecados habían sido perdonados.

La lepra excluye del pueblo de Dios y de la santidad de Dios, marginando en vida al leproso (Lev13; Num12,10-13), Jesús se conmueve profundamente y sin preocuparse de que infringe la ley toca al leproso y lo purifica de su enfermedad de esta manera revela que la vida y la misericordia del padre derriban las fronteras legales y sociales que los hombres establecen entre puros e impuros con sus consecuencias de estigmatización y marginación. 

En el Evangelio de San Marcos Jesús es presentado antes que nada  actuando Por eso  leemos sobre Jesús tocando o asociándose con la gente de maneras que potencialmente lo contaminarían: tumbas y puercos (5:1-20); una mujer con hemorragia (5:25-27); un cadáver (5:41); gentiles y espíritus inmundos (7:24-26). En cada situación, él transmite su sanidad y santidad y no del modo contrario. Sin embargo, en este caso, no es el leproso el contagioso, sino Jesús. El leproso no contagia su impureza a Jesús, sino que Jesús contagia su sanidad y santidad al leproso y lo hace limpio (física, espiritual y socialmente).

Este evangelista inmediatamente pone algunos verbos que Jesús realiza en bien de este hombre: Se compadeció, extendió la mano, lo tocó fue al encuentro del que sufre y dijo: lo quiero, queda sano. Es importante destacar todos los verbos, puede denotan las acciones que Jesús realiza en bien de este hombre. Primero se compadeció. Es decir fue capaz de compartir la desgracia ajena, sentirla y dolerse de ella. Tener lástima o pena por el sufrimiento del otro, le dio lastima, “Jesús vio la multitud y le dio lástima de ellos”  Mc. 6,34. Es un verbo interno, que sucede dentro del corazón, no se puede ver, pero es algo que ocurre.

La Biblia enseña que la lepra es imagen del pecado, por eso el salmo 31 celebra y honra a quienes han sido liberados de la culpa “Dichoso el que está absuelto de su culpa a quien le han sepultado su pecado”. El leproso anuncia el bien que Jesús le hace Transformándolo en un auténtico discípulo y mensajero de Dios. El leproso ya limpio no vuelve al orden antiguo, lo transforma en testigo de la obra liberadora de Dios (Mc 1,45) él anuncia lo que ha vivido.  La misión es precisamente testimonio de lo que en el encuentro con el Señor él hizo por nosotros.

Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” y para bien y edificación de los hermanos, sin buscar el propio interés, sino el de los demás (2 lectura).   Cuando  caemos de rodillas es cuando finalmente tocamos fondo y no encontramos nada más que ponernos en manos del Señor y decir: “Si quieres, puedes purificarme”, lo humanamente posible lo hemos agotado y es entonces donde entendemos más los planes del Señor y, es su voluntad y no la nuestra lo que determina lo que sigue.

Este leproso, que por su actitud y la manera como se relacionó con el Señor, se ha convertido en un modelo de fe, pues su confianza y su seguridad en el Señor, nos hacen ver la actitud que debemos tener ante el Señor. Viendo como el Señor ha actuado con ese hombre, busquemos a su vez, profundizar en las actitudes de este personaje, que nos transmite unas actitudes que para nosotros son vitales para nuestra relación con el Señor. “dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Oración

Gracias, Padre, porque Jesús, curando a los leprosos nos mostró que el amor no margina a nadie, sino que regenera a la persona, restableciéndola en su dignidad. Cada sanación de Cristo nos habla de su corazón compasivo y nos confirma en la venida de tu amor y de tu reino. Siguiendo su ejemplo, danos, Señor, un corazón sensible al bien de los hermanos, para saber dialogar contigo en la fe. Danos disponibilidad para escuchar tu palabra, sin encerrarnos en el monólogo egocéntrico y estéril de nuestra propia seguridad. Y concédenos superar todas las crisis y dificultades de la fe en nuestro camino hacia la indispensable madurez cristiana.