VII Domingo del Tiempo Ordinario

VII Domingo del Tiempo Ordinario

Mar, 18 Feb 20 Lectio Divina - Anno A

Nadie como Jesús se ha atrevido a hablar de esa forma y a jugarse la vida frente al odio del mundo y a la venganza entre enemigos. Es lo más típico y determinado de Jesús de Nazaret; así se reconoce en todos los ámbitos. Las antítesis veterotestamentarias, de las que sobresale la ley del talión, "ojo por ojo y diente por diente", no solamente quedan obsoletas, sino absolutamente anuladas en las propuestas de Jesús sobre el Reino. Las palabras de Jesús sobre el amor a los enemigos están insinuando el texto de Lev 19,18, la primera lectura de hoy.

Contexto
El Evangelio que leemos en la liturgia de este domingo es continuación del pasaje del sermón del monte proclamado el domingo pasado. El evangelista Mateo sigue recordando a su comunidad que Jesús lleva la ley del antiguo testamento hasta límites insospechados. Más aun, la nueva ley carece de límites, porque tiene las dimensiones del amor del Padre celestial.

Jesús nos va exponiendo su nueva Ley. Han oído que se dijo a los antiguos: “Ojo por ojo y diente por diente”... y Jesús nos propone una vez más el cambio de la escala de valores. A diferencia de lo que la sociedad nos dice, Jesús nos propone otra escala de valores, según la cual prevalezca el perdón y el amor en nuestras relaciones humanas. En el Evangelio de hoy, Jesús sigue enseñándonos sobre la nueva justicia. En ella se contrapone la ley judía a las exigencias cristianas. Hoy nos habla sobre el amor a los enemigos. La ley judía exigía amar sólo al prójimo: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Significa amar al que está cerca, al que vive conmigo, al hermano, pariente y amigos.

Comentario del Texto
Da a quien te pida (v. 42). La ley del talión (ojo por ojo y diente por diente) estaba vigente en tiempos de Jesús. Era una ley, no de venganza, sino para frenar la violencia, pues el castigo nunca debía sobrepasar la ofensa. Jesús propone otro camino para  la convivencia humana. Con la predicación del Evangelio, propone la no violencia ante las actitudes de venganza y más. Entre sus seguidores debe prevalecer el amor, que lleva a practicar la corrección a aquel que lanza una ofensa contra el prójimo. Lo hizo Jesús. Nos lo cuenta el Evangelio de Juan (18, 22-23). Si he hablado mal, demuéstrame en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas? Así respondió Jesús al guardia que le abofeteó.

El discípulo de Jesús, movido por el testimonio de generosidad del Maestro, debe estar pronto para ofrecer al prójimo más ayuda de la que el otro le pide (vs. 40-42). Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para enriquecerlos con su pobreza (2 Cor 8, 9).

Amen a sus enemigos (v. 44). Jesús nos pide el amor aun a los enemigos. Tan grande es el amor que nos viene del mismo Dios y nos impulsa a este gesto de suprema caridad. Aquí sí que Jesús cambia la Ley antigua que, según las interpretaciones de su tiempo mandaba: odia a tu enemigo (v. 43). Para el judío contemporáneo de Jesús, el prójimo era considerada la persona de su familia. Los demás no eran prójimos a quienes debían amar. Y los extranjeros sólo merecían el “odio” de los judíos.

En contraste con tal mentalidad, Jesús se atreve a proponer un cambio radical. Es un amor sin fronteras, más allá de los vínculos familiares, religiosos o de nación. Así es el amor del mismo Dios, manifestado en la entrega por amor de Jesús para la salvación de todos. Para el discípulo de Jesús, no hay enemigos entre los humanos. Porque el amor hace hermanos a todos y el perdón rompe toda violencia posible.

Ser perfectos(o misericordiosos) como el Padre celestial no significa carecer de limitaciones ni de defectos, algo por otra parte imposible, sino tener las mismas actitudes que Dios, es decir, renunciar a la venganza, amar sin distinción, perdonar, buscar en primer lugar el bien del otro.

Así serán dignos hijos de su Padre del cielo (v. 45). El mejor premio y la mejor recompensa para el cristiano, cuando ama a su enemigo, es el parecerse al Padre. El cristiano, cuanto más perdone, más se identifica con el Padre y más se asemeja a Jesús.

El amor no se mide por las veces que se perdona. Porque la medida del amor y del perdón es amar sin medida. El amor cristiano no se contenta con hacer el bien. El amor evangélico de: respetar, comprender, disculpar, descubrir lo bueno que hay en él, para colaborar en su crecimiento.

Meditación
El evangelio de hoy nos habla claramente que para ser mejores que los escribas  y los fariseos es necesario extender el amor al prójimo, incluso a los enemigos. Este es el modo más auténtico de imitar a Dios, su santidad y su perfección. En la oración nos deben acompañar gestos que expresen la relación filial con el padre, gestos que permitan reconocer y experimentar el rostro paterno de Dios.

La invitación es de aprender a reconocer y amar a las personas y a los pueblos así como Dios los reconoce y los ama: esa es una novedad que ignoraba el mundo. Cuando se llega a comprender que cada persona tiene su lugar en este mundo y que Dios dirige todo para el bien de todos, entonces vemos como Dios y somos perfectos como el Padre es perfecto.

Para profundizar el amor a los enemigos, podemos seguir ahondando y meditando con estas citas bíblicas: Mc 12,31; Lc 10,27; Rom 13,9; Gàl 5,14, Stgo 2,8; Rom 12,20, Lc 23,34; He 7,60; Rom 12,14; 1Cor 4.12; Ef 5.1.