VII Domingo del Tiempo Ordinario

VII Domingo del Tiempo Ordinario

Lun, 18 Feb 19 Lectio Divina - Anno C

Este VII Ddomingo se proclama en la liturgia la segunda parte del llamado “discurso de la llanura” del evangelio de Lucas (cf. Lc 6,17), en el cual Jesús condensa los principios fundamentales y los valores esenciales de la vida del discípulo cristiano. Se trata de un verdadero canto al amor y al perdón sin límites, a imagen del Padre, que es “bueno con los ingratos y malos” (Lc 6,35). Sólo asumiendo como propio el comportamiento misericordioso de Dios se podrá recrear una humanidad nueva. El amor del discípulo de Jesús es una acción y una tarea que desbordan el simple sentimiento; por eso alcanza incluso a aquellos que aparentemente no lo merecen. El evangelio ofrece tres ejemplos concretos de este amor ilimitado y fuerte: “la bofetada”, “el manto”, y el “préstamo”. Son solo tres ejemplos escogidos para mostrar cómo se debe vivir en lo concreto y lo cotidiano de cada día el amor al enemigo.

 “Amad a vuestros enemigo"
El Antiguo Testamento ofrece en David un ejemplo excepcional de magnanimidad hacia los enemigos. Perseguido a muerte por Saúl, una noche se encuentra el joven en el campamento de su adversario; el Rey yace dormido, su lana está allí al lado, todos en derredor duermen. La ocasión es propicia y su amigo Abisaí le propone matar al Rey. Pero David lo impide; Tomando la lanza de Saúl huye, y luego se la muestra desde lejos gritando: “Hoy te ha entregado el Señor en mis manos, pero no he querido alzar mi mano contra el ungido del Señor” (1Sm23,26). ¡Tal vez un cristiano no habría hecho otro tanto!
Sin embargo, el acto generoso de David, que constituía una excepción en un tiempo en que regía la ley del talión, es norma inderogable para los seguidores de Cristo.

en el Evngelio de hoy, Jesús presenta la segunda parte del sermón de la llanura; se dirige a sus discípulos y también a toda la multitud de pobres y enfermos que lo buscaban.

“Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os maltraten” (Lc 6, 27-28) Jesús conoce el corazón humano herido por el pecado; sabe que frente a los insultos, injusticias o violencias  se alza prepotente el instinto de venganza; pero con todo presenta el perdón no como un acto heroico reservado a los santos, sino como un sencillo deber de todo cristiano. Esto exige una profunda conversión; es precisamente lo que Jesús pide a sus Discípulos. ”Si amáis a los que os aman, ¿Qué mérito tenéis? También los pecadores hacen otro tanto (v. 32). El cristiano no ha de obrar con la mentalidad de los pecadores y de los que no han sido iluminados aún por la luz del Evangelio. Precisamente en el campo de la caridad y del perdón es donde debe distinguirse de ellos. Por eso insiste el Señor con propuestas desconcertantes: Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra… Da a todo el que te pida (v. 29-30). Si no siempre se han de aplicar estas palabras a la letra, tampoco se las puede arrinconar; hay que captar su sentido profundo que es el de abstenerse de vengar la ofensa, estar prontos a hacer el bien a cualquiera, dar en lo posible hasta más de lo debido, renunciar al derecho propio antes de contender con el hermano.

“Así seréis hijos del Altísimo” La motivación de tal amor a nuestros enemigos radica, según Jesús en la imitación del amor gratuito de Dios hacia todos los hombres, “Así seréis hijos del altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos” (v.35). En el lugar del paralelo el Señor dice “Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos (Mt 5,45). Cuando Jesús añade: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”, oímos un eco de aquella otra motivación: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (5,48). He aquí los criterios que deben motivar nuestra conducta con el prójimo, en especial con el enemigo: la bondad, compasión y santidad de Dios. En síntesis: “Porque Dios es amor”, como dice san Juan (1Jn 4,8.16)

“Amar gratuitamente sin pedir ni esperar nada a cambio”
¿Qué tenemos que hacer?, ¿a qué nos compromete el Señor?

Al vernos tan lejos de ese ideal, nos sentimos tentados a pasar la hoja y tachar a Jesús de soñador e irreal, desconocedor del corazón humano. Por el contrario a cambio de la ley del talión nos propone una vía de liberación y felicidad, no mediante una estúpida pasividad, sino por la fuerza activa del perdón y del amor. Tal fue la grandeza humana de David perdonando a su enemigo mortal el Rey Saúl, el ungido del Señor (1° lect.)

El de hoy es un evangelio que tiene aplicación cada día y a todas horas, porque estamos siempre acosados por la injusticia y la revancha. Los conflictos y las reclamaciones por la violación de lo que cada uno considera sus derechos es crónica diaria, y no solo a nivel internacional y nacional, en la vida cívica, administrativa y laboral, sino incluso a nivel familiar y entre amigos, socios y compañeros.

Perdonar y amar nos resultará imposible si no vivimos habitualmente en el amor como clima ambiental de nuestra vida y conducta cristianas. Todos somos muy buenos y educados mientras los demás nos sonríen y todo corre a nuestro gusto; pero perdemos fácilmente los modales ante cualquier contratiempo, desatención o maltrato. Prueba de que nuestra caridad cristiana es un barniz superficial que se raya al menor contacto. Necesitamos profundizar en el amor, el perdón, la comprensión y la benevolencia. Lo que parece imposible al hombre terreno es posible para Dios que, por el misterio Pascual de Cristo y el amor de su Espíritu, nos puede transformar en hombres y mujeres nuevos y espirituales, si nosotros colaboramos. Sin pedir ni esperar nada a cambio, es el amor más auténtico, el que Cristo nos enseñó y practicó.