XIII Domingo del Tiempo Ordinario

XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Ven, 22 Giu 18 Lectio Divina - Anno B

En el Domingo XIII del Tiempo Ordinario el Evangelio de San Marcos nos presenta a Jesús que cura a una hemorroisa que padecía flujo de sangre desde hacía doce años y hace volver a la vida a la hija de Jairo, jefe de la sinagoga. (Mc 5,21-43)

En el Evangelio “los milagros están siempre relacionados a la fe, aunque sabemos que la curación proviene del poder de Dios. La fe es la condición. De hecho, la mujer se curó, precisa Mateo, en aquel instante (9,22b); es decir, no cuando tuvo fe, ni siquiera cuando tocó el manto de Jesús, sino cuando el Señor le dirigió la palabra. Es la palabra de Cristo la que salva. La fe es la condición para que Dios obre milagros (Bruno Maggioni) Jesús vacía la casa de Jairo, que parece una tumba, y la transforma en una casa de alegría y de vida. La hija de Jairo, niña de 12 años, y la hemorroisa, enfermo y vieja, van a encontrar en Cristo la “vida”, porque Él es la vida. Jesús se manifiesta como el Señor de la vida y de la muerte, y que la muerte será vencida.

La mujer sufría desde hacía años a pesar de los intentos humanos de curación; el sufrimiento del cuerpo se había convertido en pobreza; la enfermedad, además, la hacía impura según la ley judía, de forma que no podía acceder a la relación con Dios que se establecía en los sacrificios y en las oraciones del Templo. El dolor de esta mujer abarca todo el ser, toda la vida, y, aparentemente, no tiene solución.

La hija de Jairo, por su parte, pasa de estar muy enferma cuando su padre acude a Jesús a fallecer durante el trayecto que les separaba de la casa. Ya se ha empezado a organizar el funeral con los lloros y lamentaciones que se hacían a gritos según la costumbre oriental. Pero parecen lamentos falsos, ya que apenas una línea después los mismos que lloraban se burlan de Jesús («se reían de él», dicen algunas traducciones). Sólo Jesús parece conocer qué sucede en realidad, él se acerca a la niña con la única compañía de sus tres discípulos y sus padres y realiza el milagro con la mayor sencillez y naturalidad posible: la coge de la mano y le ordena que se levante.

En el centro de este doble relato se encuentra la clave: «Hija, tu fe te ha curado», «no temas; basta que tengas fe».

¿En qué consiste esta fe? Es la pregunta que Marcos nos lanza hoy, y que no desvelará hasta el final del evangelio. La fe que Jesús pide es estar dispuesto a seguirle, a aceptar su mensaje entero, que comienza por aceptar que Dios nos ama plenamente, aunque más adelante descubriremos que incluye la entrega, por amor, de la propia vida. Para seguir a Jesús de verdad hay que ponerse al servicio, como hizo él; hay que reconocerlo vivo y presente en nuestra vida cotidiana, hay que calzarse sus sandalias y andar por sus caminos de donación y servicio.

Meditación

Encontrarse con Cristo en el sendero de la propia vida significa a menudo obtener una curación física. A sus discípulos Jesús les encomendará la misión de anunciar el reino de Dios, la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24, 47), pero también curar a los enfermos, librar de todo mal, consolar y sostener. En efecto, los discípulos “predicaban a la gente que se convirtiera; expulsaban a muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban” (Mc 6, 12-13). Cristo vino para buscar, encontrar y salvar al hombre entero. Como condición para la salvación, Jesús exige la fe, con la que el hombre se abandona plenamente a Dios, que actúa en él. En efecto, a la hemorroísa que, como última esperanza, había tocado la orla de su manto, Jesucristo le dice: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad” (Mc 5, 34).

Ahora Cristo sigue caminando a nuestro lado por los senderos de la historia, cumpliendo su promesa: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Está presente a través de su Palabra, “Palabra que llama, que invita, que interpela personalmente, como sucedió en el caso de los Apóstoles. Cuando la Palabra toca a una persona, nace la obediencia, es decir, la escucha que cambia la vida. Cada día (el fiel) se alimenta del pan de la Palabra. Privado de él, está como muerto, y ya no tiene nada que comunicar a sus hermanos, porque la Palabra es Cristo” (Orientale lumen, 10).

Cristo está presente, además, en la Eucaristía, fuente de amor, de unidad y de salvación. Resuenan constantemente en nuestras iglesias las palabras que él pronunció un día en la sinagoga de la localidad de Cafarnaúm, junto al lago de Tiberíades. Son palabras de esperanza y de vida: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6, 56). “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54).