XVIII Domingo del tiempo Ordinario

XVIII Domingo del tiempo Ordinario

Lun, 29 Lug 19 Lectio Divina - Anno C

La primera lectura tomada del libro del Eclesiastés, expresa una profunda convicción: “ Vanidad de vanidades; todo es vanidad”. ( Ecle. 1.2) El autor bíblico expresa de esta manera la precariedad de la existencia; en nuestra condición humana todo es frágil.

La palabra “vanidad” es la traducción de una palabra hebrea que significa vapor o soplo que se dispersa en el aire; la salud, el dinero y la belleza son bienes efímeros que en cualquier momento desaparecen como una burbuja de jabón…

El Evangelio al que hoy la liturgia nos propone contiene una parábola de Jesús cuyo tema es la codicia de aquellas personas que nunca se sienten satisfechas con lo que tienen,  sino que pretenden seguir acumulando.  Esto nos hace pensar  sobre las prioridades que nos fijamos en la vida, la escala de valores  que va a dirigir nuestra ruta, por eso el evangelista Lucas dice: Tengan mucho cuidado con la avaricia; aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas”.

La experiencia acompaña estas palabras pues el exceso de dinero no está acompañado necesariamente de la felicidad. El contexto en el cual se ubica esta intervención de Jesús es la solicitud que le hace uno de sus oyentes: “ Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”

En la Palestina de los tiempos de Jesús, no existían grandes propiedades agrícolas, sino que la economía estaba organizada en pequeñas unidades productivas. Al morir el padre, la propiedad pasaba al hijo mayor, y los demás hermanos se repartían los bienes muebles.

Si observamos atentamente el texto de la parábola, percibiremos que su protagonista es un hombre terriblemente solo, pues está sumergido en un mar de riqueza pero no tiene con quien hablar ; por eso habla con las cosas que lo rodean. Sus interlocutores son el granero, la cosecha, su comodidad personal. Junto a él no hay una esposa, unos hijos unos amigos, una comunidad. En su microcosmos no hay seres humanos; solo existe él quien, en su profundo egoísmo, se ha convertido en un mundo de objetos.

El protagonista de este relato es u hombre encerrado, que no tiene proyectos que lo saquen de su pequeño mundo y que le permitan abrirse a horizontes más amplios.

Los psicólogos nos explican que el auténtico adulto, es no solo el que tiene años sino el que ha madurado, es aquella persona que ha sido capaz de salir de las cuatro paredes de sus caprichos infantiles para descubrir a los demás y establecer con ellos unas relaciones basadas en el respeto y en la colaboración.

El monólogo de este hombre es interrumpido bruscamente por Dios, quien lo reprende, llamándolo “insensato” ¿ cuáles son las razones?

El protagonista de la parábola  se ha equivocado en el enfoque de su vida al poner la felicidad en acumular riquezas, soñando con que la felicidad consiste en tener muchos bienes.

Su vida ha sido construida sobre los verbos “tener” y “acumular” los cuales no conducen a ninguna parte. Por el contrario hay otros verbos que sí nos llenan de satisfacciones: verbos tales como: “compartir” “enseñar al que no sabe”, “dar un buen consejo” “escuchar” etc. Estos sí valen la pena.

Las cuentas alegres de este personaje:.. se ven bruscamente interrumpidas por una referencia incómoda a su muerte inminente: Tonto, esta misma noche te van a exigir la vida, lo que has acumulado en manos de quién va a quedar? Los seres humanos evitamos hablar de la muerte, ya que consideramos de mal gusto plantear este asunto, habiendo otros temas más agradables uno de ellos el tiempo, los vecinos, otros… Volvamos a los interrogantes planteados al inicio: “¿ qué nos hace sentir realizados? ¿ cuál es el camino de la felicidad para un creyente?

La realización de la persona humana pasa por la valoración objetiva que haga de los bienes que se presentan ante él y de la opción correcta que haga a partir de esta luz objetiva. La Palabra divina es criterio objetivo para tal discernimiento, nos da la sabiduría necesaria para hacer opciones acertadas en la vida. Prescindir de las enseñanzas divinas lleva a despreciar lo verdaderamente valioso y considerar como riqueza lo que no es sino vanidad de vanidades.

Junto con la sabiduría divina que nos ayude a discernir en el caminar debemos implorar incesantemente el coraje necesario para abandonar todo aquello que constituya un obstáculo para nuestra propia realización, a fin de alcanzar en Cristo, cuando acabe nuestra peregrinación en este mundo, la vida resucitada que no tendrá fin.