XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Lun, 31 Ago 20 Lectio Divina - Anno A

El capítulo 18 del evangelio según Mateo reseña el discurso eclesiológico donde encontramos diferentes enseñanzas de Jesús acerca de la vida de su comunidad, la comunidad cristiana. El evangelista los recoge y los reúne aquí para consignar a los cristianos orientaciones prácticas para la vida eclesial y la relación entre hermanas y hermanos en conflicto. El evangelista se ocupa de algunos temas importantes para la vida de la comunidad naciente y para nosotros hoy:  1) La necesidad de hacerse pequeño como un niño para entrar en el Reino (18, 1-4); 2) No escandalizar a los pequeños con quienes Jesús ama identificarse: “El que acoge a un niño en mi nombre, a mi me acoge” (18, 5-11); 3) Buscar la oveja perdida como prioridad pastoral y cuyo encuentro es motivo de alegría para la comunidad (18, 12-14); 4) La corrección fraterna como instrumento vital para “ganarse al hermano” que ha pecado (18, 15-18); 5) La oración en común que fortalece la comunión fraterna y garantiza la presencia permanente del Señor entre nosotros (8, 19-22).

El mensaje central de este capítulo indica la misericordia como decisiva, absolutamente necesaria en las relaciones entre hermanos y hermanas.

Los pocos versículos (15-20) proclamados este domingo indican la importancia de la corrección fraterna en la vida cotidiana y de la reconciliación al interno de la comunidad cristiana. Las primeras palabras de Jesús: “Si tu hermano peca (contra ti), vé y amonéstalo entre tú y él solos; si te escucha, habrás ganado a tu hermano”, son una sentencia que podemos comprender en dos formas: la breve, que habla de un hermano que peca (es decir que comete un pecado contra las exigencias cristianas), y aquella larga, que especifica ‘contra ti’, hipotizando una ofensa personal. En el primer caso la orientación sería eclesial, y se trataría de un preciso comportamiento de vivirse como Iglesia; en el segundo caso Jesús se referiría a la reconciliación fraterna en caso de alguna disputa u ofensa. Son dos versiones con acentuaciones diferentes de una única verdad, la existencia de un pecado que impide la comunión fraterna.

El primer paso que se ha de dar para practicar la corrección fraterna es el más exigente: pues intervenir en la vida del otro y tocarlo dentro, no se puede hacer en nombre de un papel o de una presunta verdad, sino solo si ha tomado carne y sangre dentro de ti la palabra hermano, como afirma Jesús: si tu hermano peca… Solo la fraternidad legitima el diálogo y es la palabra hermano la que me autoriza a intervenir en la vida del otro.

Si te escucha, te habrás ganado a tu hermano. Verbo estupendo: ganarse un hermano. El hermano es una ganancia, un tesoro para la comunidad y para el mundo. Invertir hoy en fraternidad sería la política económica más necesaria que produciría un verdadero crecimiento en la persona, en la comunidad y en el mundo. «Ganarse» un hombre, «adquirir» un hermano, enriquecerse de personas es la verdadera ganancia y necesidad del mundo de hoy, porque una comunidad se mide por la calidad de las relaciones humanas que se vive dentro. El Evangelio nos llama a pensar siempre en términos de “nosotros”.

Jesús pide la corrección y la reconciliación entre quienes están en conflicto, entre ofendido y ofensor, pero la pide también a nivel comunitario, cuando un miembro de la comunidad mediante su pecado contamina todo el cuerpo, se convierte en sujeto de escándalo, de obstáculo a la vida cristiana, que es y debe ser siempre comunión entre diversidades reconciliadas y por tanto armónicas. Jesús se refiere a Levítico 19,17: “No alimentarás en tu corazón el odio contra tu hermano; reprende abiertamente a tu prójimo, así no te cargaras de su pecado” (cfr. también Sir 19,13-17) y no da una nueva ley capaz de resolver conflictos; pide que en medio de las tensiones, los conflictos y las ofensas, que inevitablemente suceden en toda comunidad, permanezca el deseo de comunión y la voluntad de edificación común.

El cristiano que practica la corrección debe tener el corazón de Jesús (manso y humilde), para hacerla con caridad y humildad; haciéndolo a tiempo oportuno, cubriendo su vergüenza, no revelándola a los otros, sino de tu a tu. Debe hacerlo con el espíritu del buen pastor que, en la parábola anteriormente narrada, va en busca de la oveja que se ha perdido (cf. Mt 18,12-14). 

Quien corrige no puede pensar que debe arrancar la cizaña y salvar el trigo (cf. Mt 13,24-30) sino que hará todo lo posible para que quien se ha perdido encuentre la vía de la vida y para que quien ha ofendido al hermano encuentre la vía de la reconciliación. Jesús pide claramente esto, sin embargo, sabemos que es difícil en las comunidades cristianas dar este paso sencillo hacia la comunión. 

El Evangelio presenta también la posibilidad que la corrección fraterna tenga un éxito negativo: El hermano que ha pecado puede no querer ser corregido (18, 16) ni mucho menos desea cambiar de actitud, convirtiéndose del camino contrario al Evangelio. ¿Qué hacer en estos casos? Conociendo el rechazo del hermano, no podemos permanecer indiferentes, es necesario buscar otro camino, de pronto recurriendo a la ayuda de otros hermanos o hermanas de la comunidad, como ya indicado en Dt 19, 15: “Si no escucha, lleva contigo de nuevo una o dos personas, para que cada cosa sea resuelta sobre la palabra de dos o tres testigos”. Pedir la ayuda de otros hermanos significa buscar al tercero que ayude a la reconciliación, cuando no hay posibilidad de acuerdo en el cara a cara; significa buscar la palabra autorizada de otros, que ayuden a discernir con caridad cual sea el camino que lleve a la conversión al hermano o hermana.

Como la indiferencia no es permitida cuando se trata de salvar-recuperar al hermano o hermana, Jesús indica que se puede pedir a la asamblea, a la iglesia (18,17), de intervenir para que el conflicto sea resuelto y el reclamo a la conversión sea expresado con la máxima autoridad. Y si este último intento tampoco tiene suceso, ¿entonces qué podemos hacer? La asamblea no es un tribunal de última instancia, sino otro espacio y ocasión para escuchar la voz de los hermanos y de las hermanas en la Iglesia: “Si no escucha la comunidad, la Iglesia, sea para usted como el pagano y el publicano”. En conclusión, Jesús dice que, “si todos los intentos de corrección fraterna y reconciliación se han agotado, entonces hay que tomar las distancias para conservar la paz y no incitar al hermano, debe ser considerado como si fuera un perteneciente a los gentiles (un pagano) o un publicano. Es decir, uno que Jesús amaba y estaba dispuesto a encontrar (cf. Mt 9,11; 11,19), un enfermo que necesita ser curado, un pecador que necesita de perdón (E. Bianchi)”. No se puede considerar un excluido o un desecho. Con él hay que comportarse como hizo Jesús, que se sentó a la mesa con los publicanos para anunciarles la hermosa noticia de la ternura de Dios inclinado sobre cada uno de sus hijos.

A este punto el cristiano carga sobre sí dos responsabilidades, la de perdonar el pecado o de no perdonarlo: “Todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra será desatado en el cielo”. El poder de atar y desatar, conferido por Jesús a Pedro (cf. Mt 16,19), también es dado a cada cristiano para que ejercite el ministerio de la reconciliación, siempre y con autoridad. Este poder es dado a los discípulos como lo hubo Jesús mismo, “no para juzgar sino para salvar el mundo” (cf. Jn 3,17).

El “rescate” de un hermano, de una hermana, es una obra delicada, fatigosa que requiere paciencia y debe ser inspirada solo por la misericordia. Porque todos somos débiles, todos caemos y tenemos necesidad de ser ayudados y perdonados: en la comunidad no hay puros que ayudan a los impuros o sanos que sanan a los enfermos. Tarde o temprano conocemos el pecado y tenemos necesidad de una ayuda inteligente y verdaderamente misericordiosa, la ayuda que viene de Dios. De hecho, es necesario salvarse juntos. Ninguno se salva solo: ¿qué salvación sería aquella que se refiere solo a si mismo, sin los otros?  ¿Qué Reino de Dios seria aquel en el que se entra solo, mientras los otros se quedan afuera?

El Evangelio concluye resaltando la necesidad de la oración en común. Para que sea eficaz Jesús pide a sus discípulos que, cuando oren, estén en comunión. Pero no es suficiente orar el uno junto al otro, ni con las mismas fórmulas o los mismos gestos, es necesario ante todo convenir en la caridad, estar en comunión. Solo así la oración será escuchada, porque donde hay sinfonía de corazones, allí está el Espíritu santo conectado a quien lo invoca (cf. Lc 11,13). Jesús no pretende una multitud en oración, pocos que oren en su Nombre (cfr. Jn 14, 13-14), para que él mismo esté presente y escuche. Él dice incluso que allí donde solo dos o tres hermanos o hermanas se reúnen en su Nombre, en la caridad recíproca, él está presente. Recordamos su promesa: “Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15,7)… Todo lo que pidan al Padre en mi nombre se lo concederá (Jn 15, 16).
Pidamos al Señor el amor y la humildad necesarios, para saber hacer uso oportuno y caritativo de la corrección fraterna para fortalecer la vida fraterna en las comunidades, en la Iglesia y en el mundo.