XXIV Domingo del tiempo Ordinario

XXIV Domingo del tiempo Ordinario

Dom, 06 Set 20 Lectio Divina - Anno A

Con el evangelio de hoy se pone punto final al discurso eclesiológico para esta comunidad y nos enseña a todos los cristianos aquello por lo que debemos ser reconocidos en el mundo. La parábola del "siervo despiadado" (es un poco contradictorio eso de ser siervo, y despiadado) es una genuina parábola de Jesús, acomodada por la teología de Mateo, que hace preguntar a Pedro, con objeto de dejar claro a los cristianos, que el perdón no tiene medida. El perdón cuantitativo es como una miseria; el perdón cualitativo, infinito, rompe todos los cantos de venganza, como el de Lamec (Gn 4,24). Setenta veces siete es un elemento enfático para decir que no hay que contar las veces que se ha de perdonar. Dios, desde luego, no lo hace.

Contexto
La parábola de la que se sirve Jesús para enseñar la necesidad de perdonar y de reconciliar une parábola y alegoría. Cuando Jesús habla del Rey que quiere ajustar las cuentas con sus siervos, piensa ya en Dios que perdona todo. Cuando habla de la deuda del siervo perdonado por el Rey, piensa en la deuda inmensa que tenemos delante de Dios, que nos perdona siempre. Cuando habla de la conducta del siervo perdonado que ­no quiere perdonar, piensa en nosotros, perdonados por Dios, que no queremos perdonar a nuestros hermanos

El escenario es un espacio real, en el que el rey pide que se le rindan cuentas. Un siervo le debe mucho, una cantidad considerablemente alta, es una deuda inmensa. Y nos habla un soberano que se mueve a compasión, con un inmenso amor visceral. Nos muestra así que el amor de Dios por el hombre es infinito. Dios no tiene cuenta de los pecados que cometemos,  porque Dios es amor y solo amor. Con el número diez mil, nos quiere mostrar la bondad de Dios.

¡Perdonar setenta veces siete! ( Mateo 18,21-22) Jesús había hablado de la importancia del perdón y sobre la necesidad de saber acoger a los hermanos y a las hermanas para ayudarlos a reconciliarse con la comunidad (Mt 18,15-20). Ante estas palabras de Jesús, Pedro pregunta: “¿Cuántas veces tengo que perdonar a los hermanos que pecan contra mí? ¿Hasta setenta veces?” 
El número siete indica una perfección. En este caso, era sinónimo de siempre. Jesús va más lejos de la propuesta de Pedro. Elimina todo y cualquier límite posible para el perdón: "No te digo siete, sino setenta veces siete.” O sea, ¡setenta veces siempre! Pues no hay proporción entre el perdón que recibimos de Dios y el perdón que debemos ofrecer a los hermanos, como nos enseña la parábola del “perdón sin límites”.

En las comunidades cristianas el rigor de algunos en la observancia de la Ley llevaba dentro de la convivencia los mismos criterios de la sinagoga. Además de esto, hacia finales del siglo primero, en las comunidades cristianas comenzaban a aparecer las mismas divisiones que existían en la sociedad entre rico y pobre (Sant 2,1-9). En vez de ser la comunidad un espacio de acogida, corría el riesgo de volverse un lugar de condena y de conflictos. Mateo quiere iluminar las comunidades, para que sean un espacio alternativo de solidaridad y de fraternidad. Deben ser una Buena Nueva para los pobres. 
Reflexionando sobre la calidad humana que suponía vivir así, “acercándose Pedro a Jesús le preguntó: si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?”
No se trataba de limitar el ejercicio de un amor que se abre al perdón, sino de comprender la novedad de la propuesta de Jesús. Es en la capacidad de perdón que se juega la edificación o la destrucción de la comunidad.

Al proponer Jesús su novedad en un asunto tan cotidiano como el perdón, les  propone una ley que nace de la abundancia del amor, capaz de provocar el estupor: “No te digo hasta siete veces –que era ya mucho en la simbología numérica hebrea– sino hasta setenta veces siete”, es decir, siempre.

Jesús propone una modalidad extrema de perdón, como extremado fue también su mismo amor. A la pregunta inicial de Pedro: “¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?”, el Señor responderá: tantas como Dios te ha perdonado a ti, es decir, siempre.
Los que andan midiendo los perdones, los que “perdonan pero no olvidan”…, no entenderán la propuesta de Jesús: perdonar así como somos perdonados”(así rezamos en el Padrenuestro), tratar a los otros tal como Dios nos trata siempre.
Por eso, la gran pregunta no es saber hasta dónde puede llegar nuestra generosidad perdonadora, sino cuánta experiencia tenemos de haber sido perdonados por el Señor.

REFLEXIÓN: Cómo reflejo en mi vida lo que me dice Dios en el texto?

  • «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre los miembros de su grupo o comunidad.
  • * ¿Por qué es tan difícil perdonar? ¿Por qué buscamos la venganza? 
  • * En nuestra comunidad, ¿existe un espacio para la reconciliación? ¿De qué manera? 

Con estas preguntas hechas por el Papa Francisco, interioricemos  un poco más nuestra reflexión sobre este tema del perdón.

  •  Preguntémonos: ¿Es realmente cierto que en diversas situaciones y circunstancias de la vida tenemos en nosotros los mismos sentimientos de Jesús? ¿Es verdad que sentimos como Él lo hace? 
  • Por ejemplo, cuando sufrimos algún mal o alguna afrenta, ¿logramos reaccionar sin animosidad y perdonar de corazón a los que piden disculpas?
  • Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Hombres y mujeres que estén dispuestos a perdonar como Él, introduciendo entre nosotros su gesto de perdón en toda su gratuidad y grandeza. Es lo que mejor hace brillar en la Iglesia el rostro de Jesús.

ACCIÓN: a que me comprometo?

  • El Señor nos invita a perdonar siempre, a perdonar sin condiciones y dejar todo en sus manos. Nos invita a actuar y perdonar como Él lo hizo: “… Padre, perdónalos…”
  • Contemplemos desde la experiencia del dolor, de la distancia motivada por el pecado hacia Dios y los hermanos, como Dios sale cada día a nuestro encuentro, en tu búsqueda para perdonarte, para abrazarte y darte su perdón antes de que tú se lo pidas.
  • Pidamos perdón al Señor, sobre todo en el sacramento de la reconciliación. Agradezcamos al Padre el perdón que nos da gratuitamente. Sintamos que Él nos perdona del todo y sin condiciones, “hasta setenta veces siete”.

Oremos con esta bella oración:
Te bendecimos, oh Dios, que eres nuestro Padre, revestido de benevolencia!  Nos crea y nos recrea en cada instante,  nos envuelve en su mirada cariñosa.
El ser humano es como flor del campo,   está de paso por la tierra, pero Dios lo colma de gracia y de ternura..

Por eso no tememos el paso de los años,  ni nos preocupa el cansancio, la vejez, ni el deterioro, porque Él renueva nuestra juventud y nos da alas de águila. Ni siquiera nos angustian nuestros fallos y pecados, porque Él perdona nuestras culpas y cura todas nuestras dolencias.
Somos de barro, pero el Padre conoce nuestra masa  y siente ternura por sus hijos.  Por eso bendecimos al Señor y le damos gracias porque es compasivo y misericordioso. Pasan los años, siglos y milenios, pero su misericordia no pasa ni se agota, se renueva y desborda con el tiempo.

Padre bueno y misericordioso, te alabo por el amor que nos has revelado en Cristo, tu Hijo. Tú, Señor, siempre  misericordioso, llamas a todos a ser misericordia. Ayúdame a reconocerme cada día necesitado de tu perdón, de tu compasión, de tu amor y de la comprensión de mis hermanos. Amén.