XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

Mar, 15 Ott 19 Lectio Divina - Anno C

Lucas presenta una breve parábola indicándonos que Jesús la contó para enseñar a sus discípulos “cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”. Este tema es característico de este evangelista que, en varias ocasiones, repite la misma idea. Como es natural, la parábola enfatiza en el perseverar en la oración; ella debe ser una constante en nuestra vida, como lo fue en la vida misma de Jesús.

Sin embargo, si observamos el contenido del relato y la conclusión del mismo Jesús, vemos que la clave de la parábola es la sed de justicia. Hasta cuatro veces se repite la expresión “hacer justicia”. Más que modelo de oración, la viuda del relato es ejemplo admirable de lucha por la justicia en medio de una sociedad corrupta que abusa de los más débiles.

El modo de reflexionar de Jesús desarrolla su reflexión dando cuatro pasos:
1) Una invitación a poner cuidado asumiendo una actitud analítica: “Oíd…” (18,6)
2) Una pregunta lógica que confronta el comportamiento del juez (quien actúa en el presente: “oíd lo que dice…”) con el de Dios (quien actuará en el futuro: “hará justicia”): “¿No hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar?” (18,7).
3) Una respuesta enfática que afirma la fidelidad del Dios de la Alianza a aquellos que le pertenecen: “Os digo que les hará justicia pronto” (18,8ª).
4) Una nueva pregunta, esta vez abierta, que invita a los oyentes presentes a reflexionar sobre su propia fidelidad a Dios: “Pero cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?” (18,8b).

El primer personaje de la parábola es un juez que “ni teme a Dios ni le importan los hombres”. Es la encarnación exacta de la corrupción que denuncian repetidamente los profetas: los poderosos no temen la justicia de Dios y no respetan la dignidad ni los derechos de los pobres. No son casos aislados. Los profetas denuncian la corrupción del sistema judicial en Israel y la estructura machista de aquella sociedad patriarcal.

El segundo personaje es una viuda indefensa en medio de una sociedad injusta. Por una parte, vive sufriendo los atropellos de un “adversario” más poderoso que ella. Por otra, es víctima de un juez al que no le importa en absoluto su persona ni su sufrimiento. Así viven millones de mujeres de todos los tiempos en la mayoría de los pueblos.

En la conclusión de la parábola, Jesús no habla de la oración. Antes que nada, pide confianza en la justicia de Dios: “¿No hará Dios justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?”. Estos elegidos no son “los miembros de la Iglesia” sino los pobres de todos los pueblos que claman pidiendo justicia. De ellos es el reino de Dios.

Luego, Jesús hace una pregunta que es todo un desafío para sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. No está pensando en la fe como adhesión doctrinal, sino en la fe que alienta la actuación de la viuda, modelo de indignación, resistencia activa y coraje para reclamar justicia a los corruptos.

¿Es esta la fe y la oración de los cristianos satisfechos de las sociedades del bienestar? Seguramente, tiene razón J. B. Metz cuando denuncia que en la espiritualidad cristiana hay demasiados cánticos y pocos gritos de indignación, demasiada complacencia y poca nostalgia de un mundo más humano, demasiado consuelo y poca hambre de justicia. Frente a estas realidades tremendas, el Señor nos pide fe. Necesitamos fe para orar con constancia y luchar por la justicia, en este mundo destrozado por una avaricia sin límites. Los pobres son corderos entre lobos. ¡Todas las personas somos corderos entre lobos! Pero la fe nos pone en movimiento y hace posible lo que humanamente es imposible: abrir caminos hacia un futuro nuevo.