XXV Domingo del Tiempo Ordinario

XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Dom, 15 Set 19 Lectio Divina - Anno C

El Evangelio de este Domingo nos presenta la parábola de un hombre rico que despide a su administrador por haber estado haciendo un mal uso de sus bienes. Antes de marcharse, sin embargo,  el dueño de la hacienda le pide las cuentas de su gestión.

La astucia que utilizó ese administrador para salir del paso, por medio del engaño y de la falsedad, nos lleva a resaltar el mensaje que deja al final de la parábola, cuando nos dice: “…en verdad, los de este mundo son más astutos que los hijos de la luz para tratar a sus semejantes…”(Lc 16,8), invitándonos a que cada uno de nosotros utilice toda su capacidad y su ingenio para poder conseguir aquello que es vital y existencial, como es la salvación eterna. De ahí que esta parábola en lugar de ser un elogio a la astucia y a la mentira, es una invitación al protagonismo y a la creatividad para vivir en plenitud aquello que el Señor nos propone, es decir, vivir una fe auténtica, dinámica, viva y testimonial, reflejando en nuestra manera de ser aquello que creemos.

A su vez esta parábola es la ocasión para dejar un criterio de juicio, como es la fidelidad en lo poco o en lo mucho, diciendo: “El que se mostró digno de confianza en cosas sin importancia será digno de confianza también en las importantes…”(Lc 16,10). Un criterio absolutamente válido para todos los aspectos de la vida, aquí aplicado a lo referente a la salvación y la vida eterna, pero que en sí debe ser actitud y disposición en toda ocasión.

En este mismo contexto, de fidelidad y coherencia, de autenticidad y transparencia, es que el Señor nos deja una de las expresiones más tajantes que encontramos en el evangelio y que cuestiona nuestra actitud de vida, cuando nos dice: “Nadie puede servir a dos patrones: odiará a uno y querrá a otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo…” (Lc 16,13). Pero esto que en sí es elocuente, lo es mucho más cuando nos dice: “No pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dios dinero…”(Lc 16,13). Esto que es sumamente actual, nos lleva a mirar nuestros valores, nuestra actitud en la vida, y la importancia que le damos a nuestra fe en el Señor, en la jerarquía de nuestros valores, en la influencia que ella tiene en nuestra manera de ser.

Estructura del texto
1-8: Jesús expone la parábola del administrador sabio y sagaz: un hombre, acusado por su excesiva avidez, de alguna manera ya insostenible, se encuentra en un momento decisivo y difícil de su vida, pero consigue utilizar todos sus recursos humanos para convertir en bien su clamoroso fallo. Como este hijo del mundo ha sabido discernir sus intereses, así también lo hijos de la luz deben aprender a discernir la voluntad de amor y de don del Padre a ellos para vivir como Él.

v.9: Jesús quiere hacer comprender que también la riqueza deshonesta e injusta, que es la de este mundo, si se utiliza para el bien, en el don, conduce a la salvación.

10-12: Jesús explica que los bienes de este mundo no están condenados, sino que hay que estimarlos por el valor que tienen. Se llaman “mínimos”, son “el poco” de nuestra vida, pero estamos llamados a administrarlos con fidelidad y atención, porque son medios para entrar en comunión con los hermanos y por tanto con el Padre.
13: Jesús ofrece una enseñanza fundamental: hay un sólo y único fin en nuestra vida y es Dios, el Señor. Buscar y servir otra cualquier realidad significa convertirse en esclavos, atarse a engaños y morir ya desde ahora.

* ¿Quién es el administrador del Señor?
En la parábola de Lucas se repite por siete veces el término “administrador” o administración”, que viene a ser así la palabra clave del pasaje y del mensaje que el Señor quiere dejarme. Trato ahora de buscar en las Escrituras algunas huellas, o una luz que me ayude a entender mejor y a verificar mi vida, mi administración que el Señor me ha confiado.

En el Antiguo Testamento se encuentra varias veces esta realidad, sobre todo referida a las riquezas de los reyes o a las riquezas de las ciudades o imperios: en los libros de las Crónicas (o Paralipómenos), por ejemplo, se habla de administradores del rey David (1 Cr 27,31; 28,1) y así también en los libros de Ester (3,9), Daniel (2,49; 6,4) y Tobías (1,22), encuentro administradores de reyes y príncipes.

Es una administración del todo mundana, ligada a las posesiones, al dinero, a la riqueza, al poder; o sea, ligada a una realidad negativa, como la acumulación, la usurpación, la violencia. Es, en resumen, una administración que acaba, caduca y engañosa, aun cuando se reconozca que ella sea, en cierta medida, necesaria para el desarrollo de la sociedad.

El Nuevo Testamento, al contrario, introduce de pronto en una dimensión diversa, más elevada, porque mira a las cosas del espíritu, del alma, cosas que no terminan, que no se cambian con el mudar de los tiempos y de las personas. San Pablo dice: “Cada uno se considere como ministro de Cristo y administrador de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se requiere en los administradores es que cada uno resulte fiel” (1 Cor 4, 1s); y Pedro: “Cada uno viva según la gracia recibida, poniéndola al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pt 4,10).

Por tanto comprendo que yo soy un administrador de los misterios y de la gracia de Dios, a través del instrumento pobre y miserable que es mi misma vida; en ella yo estoy llamado a ser fiel y bueno. Pero este adjetivo “bueno” es igual al que Juan usa refiriéndose al pastor, a Jesús: kalós, a saber, bello y bueno. Y ¿por qué? Simplemente porque ofrece su vida al Padre por las ovejas. Esta es la única verdadera administración que se me confía en este mundo, para el mundo futuro.

* Qué cosa es la sagacidad del administrador del Señor?
El pasaje dice que el dueño alaba a su mayordomo injusto, porque había obrado con “sagacidad” y repite el término, “sagaz”, varias veces. Quizás una traducción más correcta podría ser “sapiente”, o sea “sabio” o “prudente”. Es una sabiduría que nace de un pensar atento, profundo, de la reflexión, del estudio y de la aplicación de la mente, de los afectos, a algo que interesa grandemente. Como adjetivo este vocablo se encuentra en Mt. 7, 24, donde se nos muestra la verdadera sabiduría del hombre que construye la casa sobre la roca y no sobre la arena, o sea, del hombre que fundamenta su existencia sobre la Palabra del Señor y también en Mt 25, donde sabias son las vírgenes que tienen consigo las lámparas y el aceite, de modo que no puedan ser sorprendidas por las tinieblas, sino que saben esperar siempre con amor invencible, incorruptible, el regreso del Señor. Por tanto, este administrador es sabio y prudente, no porque se tome a broma a los otros, sino porque ha sabido regular su vida y transformarla sobre la medida y la forma de vida de su Señor: ha puesto todo el empeño de su ser, mente, corazón, voluntad y deseo de imitar a aquel a quien servía.

* La infidelidad (deshonestidad) y la injusticia
Otra palabra repetida muchas veces es “injusto” = “deshonesto”. Al administrador se le llama injusto y también a la riqueza. La deshonestidad es una característica que puede atacar al ser, en las grandes cosas, en lo mucho, pero también en las pequeñas, en lo poco. El texto griego no usa propiamente el término “injusto”, sino que dice “administrador de la injusticia”, “riqueza de la injusticia” e “injusto en lo mínimo”, “injusto en lo mucho”. La injusticia es una mala distribución, no igual, no equilibrada, en ella falta la armonía, falta un centro que atraiga hacia sí toda la energía, todo cuidado o intento; crea fracturas, heridas, dolor sobre dolor, acumulación por una parte y carencia por otra.

Todos nosotros nos hemos encontrado en cierto modo con la realidad de la injusticia, porque es algo que pertenece a este mundo. Y nos hemos visto arrastrado por una y otra parte, perdemos la armonía, el equilibrio, la belleza; así es, no podemos negarlo. La palabra del Evangelio condena esta desarmonía tan fuerte que es el acumular, el mirar sólo para sí, el aumentar cada vez más, el tener y nos muestra el camino de curación que es el don, el compartir, el dar con corazón abierto, con misericordia. Como hace el Padre con nosotros, sin cansarse, sin desfallecer.

* Y la mammona ¿qué es?
La palabra mammona aparece, en toda la Biblia, sólo en este capítulo de Lucas (vv. 9.11 y 13) y en Mt 6,24. Es un vocablo semítico que corresponde a “riqueza”, “posesiones”, “ganancias”, pero que se convierte en casi la personificación del dios-dinero, a quien los hombres sirven como locos, esclavos de “aquella avaricia insaciable, que es la idolatría” (Col 3,5). Aquí todo está claro. La pregunta que queda, después del encuentro con esta Palabra del Señor: ¿A quién quiero servir yo? La respuesta es una sola, única, precisa... Retengo en mi corazón este verbo estupendo, maravilloso y dulce, el verbo “servir” y lo rumío, extrayendo toda la substancia de la verdad que lleva consigo. Me vuelven a la mente las palabras de Josué al pueblo: “Si os disgusta servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir” (Jos 24, 15). Sé que soy injusto, que soy un administrador infiel, sé que no tengo nada, pero hoy yo escojo, con todo lo que soy, servir al Señor (cf. Act 20, 19; 1 Tes 1, 9; Gál 1,10; Rom 12,11).