XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

Dom, 22 Set 19 Lectio Divina - Anno C

La parábola de un hombre rico y un hombre pobre (Lc 16, 14-31)  se encuentra ubicada entre el capítulo de Lc 15, que presenta las tres parábolas de la misericordia: La oveja perdida, la dracma perdida y el hijo prodigo; y en Lc capítulo 17, que habla del escándalo, la corrección fraterna, servir con humildad, los diez leprosos, la venida del Reino de Dios y el día del Hijo del hombre.
“La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan. Desde entonces se anuncia el Reino de Dios como buenas noticias, y todo tipo de personas sigue luchando por entrar en él. En realidad, es más fácil que desaparezcan el cielo y la tierra que no que se quede sin cumplir un trazo de una letra de la Ley” (Lucas 3:18; 16:16, 17). ¿Cómo indican estas palabras que la situación está a punto de cambiar?

Los líderes religiosos judíos afirman con orgullo que siguen la Ley de Moisés. Recordemos que, cuando Jesús le devolvió la vista a un hombre en Jerusalén, los fariseos dijeron orgullosos: “Nosotros somos discípulos de Moisés. Sabemos que Dios le habló a Moisés” (Juan 9:13, 28, 29). Uno de los objetivos de la Ley de Moisés era conducir a las personas humildes hasta el Mesías, es decir, Jesús. Juan el Bautista lo identificó como tal al llamarlo el Cordero de Dios (Juan 1:29-34). Desde que Juan empezó a predicar, los judíos humildes de corazón, especialmente los pobres, han oído hablar del “Reino de Dios”.

Comentario del Texto

La parábola de un hombre rico y un hombre pobre.
El evangelio de este domingo (Lc 16, 19ss) presenta la parábola de un hombre rico y un hombre pobre en tres escenas:

  • Situación en vida del rico “Epulón” por su vida de gula y disoluta y el pobre Lázaro (Eliazar Eliezer en hebreo significa “Dios ayuda”). (vv. 19-21).
  • Cambio de escena para ambos después de su muerte (vv.22-23).
  • Dialogo del Epulón con Abrahán (vv.24-31).

Jesús relata: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino, y llevaba una vida de placeres y lujo. Pero solían dejar junto a su puerta a un mendigo llamado Lázaro que estaba lleno de úlceras y que deseaba matar el hambre con las cosas que caían de la mesa del rico. Hasta venían los perros y le lamían las úlceras” (Lucas 16:19-21).

No hay duda de que el hombre rico representa a los fariseos, ya que a ellos les encanta el dinero. A estos líderes religiosos judíos también les gusta vestirse con ropa costosa y elegante. Sin importar las riquezas materiales que tengan, parecen ricos porque disfrutan de muchos privilegios y oportunidades para servir a Dios. Para indicar su posición favorecida, se les describe como un hombre vestido de púrpura, el color de los reyes. Además, el lino blanco transmite la idea de que se consideran justos (Daniel 5:7).

¿Qué piensan estos líderes ricos y orgullosos de la gente común y pobre? La desprecian, la ignoran, que no conoce la Ley ni merece aprender de ella (Juan 7:49). Esto se representa con la situación del “mendigo llamado Lázaro”, que desea quitar el hambre con las cosas que caen de la mesa del rico. Tal como Lázaro está lleno de úlceras, los fariseos consideran que la gente común está enferma en sentido espiritual y la desprecian.

El dispar distinto final del Epulón y de Lázaro no se debe exclusivamente a su condición sociológica, sino a sus actitudes personales. El rico no se condena por el mero hecho de ser rico, sino porque no teme a Dios, de quien prescinde, y porque se niega compartir lo suyo con el pobre que está muriendo de hambre a su propia puerta; es fiel exponente del consumismo egoísta. Tampoco el pobre se salva simplemente por ser pobre, sino porque está abierto a Dios y espera la salvación de “quien hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos, ama a los justos y sustenta al huérfano a la viuda, trastornando el camino de los malvados” (Sal.145).

La enseñanza, intención y fidelidad de la parábola es de hacer ver el peligro de la riqueza, porque fácilmente crea resistencia a la ley de Dios y sordera a su palabra (Moisés y los profetas, como resumen de la revelación viejo testamentaria). Así se cierra el corazón del hombre a Dios y al prójimo, hasta el punto de que tales personas “no harán caso ni  aunque resucite un muerto” para hacerles ver su camino equivocado. La denuncia social del profeta Amós en la primera Lectura (6,1ss) viene a conectar con la vida de lujo y la desdichada suerte final del rico Epulón.

Para reflexionar y meditar
Con esta parábola del hombre rico y el pobre Lázaro, Jesús enseña que las riquezas materiales, acumuladas de manera egoísta, sin compartirlas con los necesitados, son pasajeras e inútiles cuando no están al servicio de la vida y la dignidad de las personas. Después de la muerte, el destino de cada persona puede cambiar drásticamente, dependiendo de lo que ha hecho con sus bienes. Y así, mientras el hombre rico y opulento puede pasar a mísero y desdichado, el pobre como Lázaro goza de los bienes celestiales. Este rico de la parábola, que tiene por padre a Abrahán (16,24) y hermanos que ni siquiera creerían “aunque resucite alguno de entre los muertos” (16,), es figura de aquellos judíos del tiempo de Lucas que impedían que la riqueza del Evangelio se compartiera con los paganos (1Tes 2,14-16).

Desde la perspectiva de la venida ultima del Señor de la segunda lectura se descalifica la “orgia de los disolutos” (primera lectura) y se explica la suerte final de quienes, cegados por la falsa seguridad de su riqueza, como el Epulón, se cierran a Dios y a su Palabra negándose también a compartir sus bienes con los hermanos más pobres.

Lázaro al lado de Abrahán

Jesús ahora explica que las circunstancias de los dos personajes cambian totalmente: “Con el tiempo, el mendigo murió y los ángeles lo llevaron al lado de Abrahán. El rico también murió y fue sepultado. Y en la Tumba, en medio de tormentos, levantó la vista y vio a Abrahán de lejos y a Lázaro al lado de él” (Lucas 16:22, 23).

Los que escuchan a Jesús saben que Abrahán lleva muerto mucho tiempo y está en la Tumba. La Biblia explica claramente que nadie que esté en la Tumba o Seol puede ver ni hablar, y lo mismo puede decirse de Abrahán (Eclesiastés 9:5, 10). Entonces, ¿qué entienden los líderes religiosos con esta historia? ¿Qué podría estar enseñando Jesús sobre la gente común y sobre los líderes religiosos que tanto aman el dinero?

Jesús acaba de indicar un cambio de circunstancias al decir que “la Ley y los Profetas llegaron hasta Juan” y que “desde entonces se anuncia el Reino de Dios como buenas noticias”. Así que, con la predicación de Juan el Bautista y de Jesucristo, tanto Lázaro como el hombre rico mueren, en el sentido de que su situación cambia, y pasan a ocupar una nueva posición ante Dios.

Las personas humildes y pobres han estado desfavorecidas en sentido espiritual durante mucho tiempo. Pero ahora reciben ayuda porque aceptan el mensaje del Reino, que predicó primero Juan el Bautista y después Jesús. Hasta entonces tenían que sobrevivir, por decirlo así, con “las cosas que caían de la mesa” espiritual de los líderes religiosos. Sin embargo, ahora están siendo bien alimentadas con las enseñanzas básicas de las Escrituras, especialmente las cosas tan maravillosas que Jesús está explicando.

En cambio, los líderes religiosos ricos e influyentes rechazan el mensaje del Reino que Juan anunció y que Jesús ha estado predicando por todo Israel (Mateo 3:1, 2; 4:17). De hecho, ese mensaje los irrita o atormenta, lo que indica que les espera un duro castigo de parte de Dios (Mateo 3:7-12). Los codiciosos líderes religiosos sentirían un gran alivio si Jesús y sus discípulos dejaran de anunciar el mensaje de Dios. Estos líderes son como el hombre rico de la historia, que dice: “Padre Abrahán, ten compasión de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy angustiado en las llamas de este fuego” (Lucas 16:24).

El hombre rico atormentado por el fuego
La mayoría de los líderes religiosos no van a cambiar. No han querido escuchar a Moisés ni a los Profetas. Estos líderes tampoco son humildes ni se dejan convencer por las personas pobres que aceptan a Jesús y que ahora cuentan con la aprobación de Dios. Los discípulos de Jesús no pueden dejar de predicar ni cambiar la verdad solo para complacer a los líderes religiosos o para darles alivio. En su historia, Jesús describe este hecho con las palabras que el “Padre Abrahán” le dirige al hombre rico:

“Hijo, recuerda que en tu vida te saciaste de cosas buenas, pero Lázaro, por su parte, recibió cosas malas. En cambio, ahora él está aquí recibiendo consuelo, pero tú estás angustiado. Además de todo esto, se ha establecido un gran abismo entre nosotros y ustedes, de modo que los que quieran pasar de aquí para el lado de ustedes no puedan, ni tampoco pueda la gente cruzar de allá para nuestro lado” (Lucas 16:25, 26).

Compartir lo nuestro con los hermanos más pobres
“Hoy, la humanidad sigue necesitando pan y techo, como siempre ha sido; pero justamente ahora, las personas hemos tomado conciencia de lo importante que es ayudar a los demás. Sin embargo, hay que preguntarnos si la ayuda que damos no se queda sólo en una moneda o un pedazo de pan. En nuestros tiempos de consumismo, de trajín y de deseo de pasar por encima de los demás, lo que las personas más necesitan es una sonrisa amable, un gesto de piedad, una palmada de aliento. Los nuevos "Lázaros" me necesitan para que comparta su dolor y para que les muestre el amor de Dios. Cristo quiso sufrir lo que sufre un ser humano y su triunfo y resurrección son la prueba anticipada de nuestro triunfo. Basta abrir el corazón para ayudar a los demás y la valentía para perseverar en mis propias dificultades, en gratitud al amor de Dios”. (Papa Francisco)

La conversión a la solidaridad es para todos. Al leer o escuchar la parábola evangélica de hoy nos ronda un peligro: creer que va solamente por los ricos a quienes se condena, los potentados del dinero y del poder. Sin embargo, la enseñanza de la parábola, en mayor o menor medida, tiene aplicación para todos.
Conviene que nos coloquemos nosotros dentro de la escena. ¿En qué papel? ¿En el del rico Epulón o en el pobre Lázaro?