XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

Dom, 29 Set 19 Lectio Divina - Anno C

En el evangelio de este Domingo, Jesús continúa su viaje hacia Jerusalén, donde tendrá lugar su pasión, muerte y resurrección. El de hoy es un pasaje en el que a sus discípulos enseña, como debe ser la vida de la comunidad, en la que la fe en Dios es el ingrediente fundamental que hace posible recorrer el itinerario Pascual.

Contexto Literario
El contexto literario (Lc 17,1-21) en el que está colocado nuestro texto (Lc 17, 1-10) nos ayuda a entender mejor las palabras del Señor. En él Lucas reúne las palabras de Jesús con las que enseña cómo debe ser una comunidad. 

En primer lugar (Lc 17,1-2), Jesús reclama la atención de los discípulos sobre los pequeños, o sea los excluidos de la sociedad. 
En segundo lugar (Lc 17,3-4), reclama la atención sobre los miembros débiles de la comunidad. En relación con ellos, Jesús quiere que los discípulos se sientan responsables y tengan una conducta de comprensión y de reconciliación. 
En tercer lugar (Lc 17, 5-6) (y aquí comienza nuestro texto) habla de la fe en Dios que debe ser el motor de la vida en comunidad. 
En cuarto lugar (Lc 17, 7-10), Jesús dice que los discípulos deben servir a los demás con la máxima abnegación y con desprendimiento, considerándose siervos inútiles. 
En quinto lugar (Lc 17, 11-19), Jesús enseña cómo deben recibir el servicio de los demás. Deben mostrar gratitud y reconocimiento.
En sexto lugar (Lc 17, 20-21) Jesús enseña cómo mirar la realidad que nos rodea.

Pregona que no se debe correr tras la propaganda engañosa de aquellos que enseñan que el Reino de Dios, cuando llegue, podrá ser observado por todos. La llegada del Reino de Dios no podrá ser observada por todos. Jesús dice lo contrario: “La llegada del Reino de Dios no podrá ser observada como se observa la del rey de la tierra. Para Jesús el Reino de Dios ¡ha llegado ya! Y está en medio de nosotros, independientemente de nuestro esfuerzo o de nuestro mérito. ¡Es pura gracia! Y sólo la fe lo percibe.

Estructura
            1.- Las palabras sobre la fe (v. 5-6)
Algunos autores han querido conectar este dicho de Jesús con lo que precede, como si los apóstoles, sintiendo la dificultad de perdonar plenamente las injurias, hubieran pedido al Señor que aumentase su fe.

            ¡Aumenta nuestra fe! De parte de los apóstoles, que debían difundir el Reino de Dios, esta petición era particularmente oportuna. La fe cuyo aumento desean no es solamente una firme adhesión a las verdades que Jesús les enseña, sino también la convicción, la confianza en Dios, que les permitirá propagar el Evangelio en el mundo con la predicación y los milagros. La respuesta de Jesús muestra cuánta razón tienen los apóstoles al pensar que la fe es poderosa: "Si tuvierais fe como un grano de mostaza."

            En los pasajes paralelos de san Mateo (17, 20; 21, 21) y san Marcos (11, 23), la misma doctrina está expresada por dos dichos propuestos de manera diferente y que sustituyen el sicómoro por una montaña que, arrancada de cuajo, debe trasplantarse en el mar. Son distintas comparaciones que elogian una misma fe: la convicción absoluta de obtener de Dios una manifestación extraordinaria de su Providencia.

            Un verdadero cristiano, es decir, un verdadero hombre de fe, es en todas partes una palanca capaz de mover el mundo entero, uno que puede revolucionarlo e ir contra todo lo que es contrario al mensaje del evangelio, uno que vive al estilo de Jesùs. ¿Qué sucederá si este cristiano es santo? He aquí por qué san Juan María Vianney -el cura de Ars- decía a su obispo que para transformar su diócesis bastaba con poner un santo cura en cada una de sus parroquias.

            2.- El dicho sobre los siervos inútiles (v. 7-10)
            Este pequeño cuadro del siervo que por la noche, cuando regresa del campo sirve a la mesa, está tomado de los usos palestinenses que los apóstoles conocían bien. Partiendo de lo que es experiencia cotidiana de su tiempo y de su tierra -y sin dar un juicio sobre ella-, Jesús quiere inculcar la dependencia humana respecto a Dios y la humildad con la que el hombre debe vivir su relación para con Él. El siervo que después de haber arado o guardado el rebaño debe preparar todavía la comida para los comensales de la casa de su amo, no es un obrero agrícola a quien se paga un salario o jornal: es un esclavo. Se presupone que no tiene derechos. Y en la opinión corriente de entonces, el amo, aunque invitado a comportarse misericordiosamente, no estaba obligado a mostrarse agradecido.

            El fin único de la parábola es exhortar a los apóstoles a que trabajen en el servicio de Dios con espíritu de humildad, como el siervo que, habiendo cumplido la voluntad de su señor, no cree haber hecho nada extraordinario. Que los discípulos procuren no enorgullecerse por sus trabajos y que se reconozcan a sí mismos como siervos inútiles. Lo cual no quiere decir siervos que no sirven para nada, puesto que Dios se ha servido de ellos, sino siervos de poca importancia -pobres, miserables-, que no se hinchan por sus obras, como si fueran proezas extraordinarias, que podrían llevarles a autojustificarse ante Dios haciendo valer sus méritos. Es reconocer cuanto El Señor va haciendo en nuestra vida y de cuantos dones que nos ha llenado, para ponerlos a su servicio y al servicio de los más necesitados. Por tanto somos siervos que nos apoyamos y dependemos solo de Dios y es allí donde podremos toda nuestra confianza y trabajar por el Reino. Con los apóstoles podemos suplicar “Señor aumenta nuestra fe”, para que vivamos de ella y por ella nos comprometamos y seamos de verdad servidores humildes.