XXX Domingo del Tiempo Ordinario

XXX Domingo del Tiempo Ordinario

Dom, 20 Ott 19 Lectio Divina - Anno C

El Domingo pasado la liturgia nos presentó la parábola de “la pobre viuda y del juez inicuo”, con la cual se ilustraba la fuerza de una oración perseverante. El Evangelio de este domingo nos coloca delante la parábola del “fariseo y del publicano” (Lc 18, 9-14) cuyo objetivo es el de ayudarnos a descubrir cómo debe ser nuestro comportamiento orante ante Dios. 

El pasaje sigue una estructura:
1) La introducción (18,9).
2) La parábola del fariseo y el publicano (18,10-13).
3) La aplicación de la parábola (18,14).

18,9: Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola”.
La frase de Lucas se refiere, tanto al tiempo de Jesús como al tiempo de Lucas simultáneamente. Pues en las comunidades de los años ochenta a las que Lucas dirige su Evangelio había personas aferradas a la antigua tradición del judaísmo, que despreciaban a las que venían del paganismo.

Esta introducción anticipa el objetivo primario de la parábola: expresar un juicio sobre aquellos que se presentan ante el Señor con la equivocada convicción de que son “justos”, o sea, de que están perfectamente sintonizados con la voluntad de Dios por el simple hecho de poner en práctica las normas, al mismo tiempo que desprecian a los demás.

18,10:“Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano”.
No podía darse un contraste mayor. En la opinión de la gente de aquel tiempo, un publicano no valía nada y no podía dirigirse a Dios, por ser una persona impura, en cuanto publicano, mientras el fariseo era una persona honorable y muy religiosa.

18, 11-12: “El fariseo reza en pie y da gracias a Dios por no ser como los otros: ladrones, deshonestos, adúlteros”. Su oración no es otra cosa que un elogio para sí mismo y de las cosas que hace: ayuna, paga las décimas. Es una exaltación de sus buenas cualidades y un desprecio para los demás, sobre todo para el publicano que se encuentra junto a él en el mismo templo. No se siente hermano.

18, 13: El publicano no osa levantar la mirada, se golpea el pecho y apenas dice: “¡Dios mío, ten piedad de mí pecador!”. Se ha colocado en supuesto delante de Dios.

18, 14: Si Jesús hubiese pedido a las gentes quién volvió a casa justificado, todos habrían respondido: “¡El fariseo!” Pero Jesús piensa de un modo diferente. Quien vuelve justificado (con buenas relaciones con Dios) no es el fariseo, sino el publicano. De nuevo, Jesús da a todo la vuelta al revés. A muchas personas no les agradará la aplicación que hace de esta parábola.

Por eso la insistencia en la oración, porque es uno de los temas importantes en la formación del discípulo, según el evangelio de Lucas.

La parábola “del fariseo y el publicano” nos demuestra que Jesús tenía una forma diferente de ver las cosas de la vida y de la oración. Conseguía ver una revelación de Dios allí donde otros veían sólo una ruina;  ve algo positivo en el publicano, de quien todos decían: “¡No sabe rezar!”. Jesús vivía de tal modo unido al Padre por medio de la oración, que para Él todo se convertía en una expresión de oración. También nos muestra la eficacia de la oración, la cual no depende de la bondad del orante sino ante todo de la bondad de Dios, quien escucha y responde a  las plegarias. Igualmente se denuncia un mal hábito, lastimosamente expandido entre algunas personas piadosas, que piensan que la salvación depende de su esfuerzo solamente, razón por la cual se vuelven excesivamente rígidas en el cumplimiento de las normas, y olvidan que ella es esencialmente un don de Dios.

La oración auténtica es aquella en la cual nos abrimos a la obra creadora de Dios en el perdón: el perdón que transforma la existencia haciéndola renacer para la vida plena. La oración puede tener sus lugares, sus formas, sus posiciones, pero lo que más importa es la actitud que le da contenido: la entrega del “ser” (como bien dice el publicano: “soy”; no el “hago” del fariseo) completamente anonadado ante la infinita grandeza de la misericordia renovadora de Dios.

Oración
Dios todo poderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por Jesucristo nuestro Señor.