XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

Dom, 28 Ott 18 Lectio Divina - Anno B

En el Evangelio de este XXXI Domingo vemos que se acerca un escriba, supuestamente un gran estudioso y conocedor de la Ley, y le pregunta a Jesús: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» La pregunta se debe al hecho de que la Ley escrita, es decir, la Torah, contenía, según los rabinos, 613 preceptos. De estos 248 eran positivos, es decir, ordenaban determinadas acciones, mientras 365 eran negativos, ya que eran prohibiciones. Unos y otros se dividían en preceptos leves y preceptos graves, según la importancia que se les atribuía. Entre estos mismos preceptos podía existir también una jerarquía. De allí la pregunta a Jesús, cuál consideraba Él como el más importante de todos.

La respuesta de Jesús no se hizo esperar: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» Es el “Shemá Israel”, que todo israelita sabía de memoria. 

La pregunta que, el escriba le hace a Jesús se refiere el problema fundamental de la religión. “¿cuál es el primero de todos los mandamientos?”. Como se ve no se trata de este ni de aquel aspecto de la ley sino de la misma ley mosaica en su globalidad.

Con su respuesta Jesús muestra que acepta la ley, de la cuál declara el Espíritu, citando el comienzo del Shemá, la profesión de fe de los hebreos que todo israelita reza diariamente. Pero al mandamiento del amor a Dios, Jesús añade el segundo mandamiento, el del amor al prójimo. Los dos están en una relación estrecha: por una parte, el amor a Dios es el fundamento y el origen del amor al prójimo, y por otra este amor a Dios solo se puede vivir en el amor al prójimo. En efecto dice Juan: “Y hemos recibido de El este mandamiento: quien ama a Dios ame también a su hermano, porque quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve “(1 Jn 4, 20-21).

Luego el amor al prójimo media el amor a Dios y este mensaje de amor traspasa toda la revelación. Este amor debe ser aprendido y vivenciado, porque es el único lenguaje profundo que entiende el alma, que cuando es dirigido a su objeto verdadero que es Dios, nos permite encontrarnos y conocernos a nosotros y a los otros profundamente.

La fuente del amor verdadero es Dios mismo y nos lo ha transmitido de manera clara y perfecta a través de Nuestro señor Jesucristo, quien a través de su testimonio nos mostró la vivencia plena del amor a Dios y al Prójimo. Esta vivencia del amor verdadero es una necesidad vital y trascendental, para salir de las tinieblas a la luz y de la muerte a la vida, el amor verdadero permite desarrollar plenamente las potencialidades del alma, llevando así a su plena realización y por ende a la verdadera felicidad. Tarea pendiente y esencial para el hombre actual.