I Domingo de Adviento

I Domingo de Adviento

Lun, 23 Nov 20 Lectio Divina - Anno B

El Adviento es el tiempo litúrgico en el cual nos preparamos para celebrar la Navidad, como conmemoración de la primera venida del Hijo de Dios entre los hombres y, a la vez, un tiempo en el cual, mediante esta celebración, la fe se dirige a la segunda venida del Señor Jesús, al final de los tiempos. Por estos dos motivos, el Adviento es un tiempo de alegre y confiada espera.
Es por ello que en este tiempo litúrgico podemos distinguir dos periodos. El primero de ellos, desde el primer domingo de Adviento hasta el 16 de diciembre, aparece con mayor relieve el aspecto escatológico y se nos orienta hacia la espera de la venida gloriosa de Cristo. El segundo periodo, que abarca desde el 17 hasta el 24 de diciembre inclusive, se orienta más directamente a la preparación de la Navidad.

Introducción
Este domingo comenzamos la lectura del Evangelio de Marcos, que se prolonga durante todo el año litúrgico 2020-2021. El pasaje escogido para este primer domingo de Adviento es la conclusión del discurso final de Jesús, en el cual los discípulos son invitados a la perseverancia en la espera de su venida.

Nos encontramos con el tema de la vigilancia, en el cap. 13 de Marcos, cuando Jesús está anunciando a sus discípulos la destrucción del Templo y de la ciudad de Jerusalén y precisamente antes del capítulo 14 de la Pasión-muerte y Resurrección del Señor. El evangelio de Marcos propio del Ciclo B que inauguramos con este Adviento, insiste en el tema de la carta de Pablo. El c. 13 de Marcos se conoce como el "discurso escatológico" porque se afrontan las cosas que se refieren al final de la vida y de los tiempos. Es un discurso que tiene muchos parecidos con la literatura del judaísmo de la época, que estaba muy determinada para la irrupción del juicio de Dios para cambiar el rumbo de la historia. Los otros evangelistas lo tomarían de Marcos y lo acomodarían a sus propias ideas. En todo caso, este discurso no corresponde exactamente a la idea que Jesús de Nazaret tenía sobre el fin del mundo o sobre la consumación de la historia.

Contexto
Jesús en su caminar en la historia, nos enseña este discurso, los discípulos deben estar atentos ante los peligros externos (los falsos profetas, la persecución) y los peligros internos (perder de vista al Señor). Pero no todo es negativo, en medio de la oscuridad se asoma una esperanza. Cuando llegamos a la última parte del discurso (13,28-37), Jesús cuenta dos parábolas: comienza con la parábola de la higuera (13,28-32) y termina con la parábola del patrón ausente (13,33-37).

Reflexión
El Evangelio de este primer domingo nos presenta la parábola del hombre que se ausenta dejando al frente de sus cosas a sus servidores. Jesús nos propone esta parábola con el fin de invitarnos a estar preparados, a estar siempre en constante vela, porque no sabemos el día ni la hora en la que regresará el dueño de la casa. Tampoco sabemos cuándo sobrevendrá el fin de nuestra vida; por eso la invitación es siempre a estar en actitud de fidelidad como los buenos servidores, dispuestos a salir al encuentro, como los servidores que esperan a su patrón, sin saber cuándo llegará.

El sentido y la finalidad de esta parábola es la de animar nuestra esperanza cristiana. Así como el dueño de la casa que sale de viaje y regresa, así Jesucristo viene a encontrarse con cada uno de nosotros. Esto implica, el ponernos al servicio de los demás, cumpliendo con todo lo que significa ser cristianos y siendo conscientes que no es sólo una espera pasiva, sino más bien una espera que se realiza en la perseverancia de cada día, haciendo, como nos dice María en otra parte del Evangelio, "Haced lo que Él os diga".

Veamos que significa Velar
Velar en sentido propio significa renunciar al “sueño de la noche”; e puede hacer para prolongar el trabajo (Sab 6,15) o para evitar ser sorprendido por el enemigo (Sal 127,1s). De ahí resulta un sentido metafórico: velar es ser vigilante, luchar contra el torpor y la negligencia para llegar al fin que se persigue (Prov 8,34). Para el creyente el fin es estar pronto a recibir al Señor cuando llegue su día; por eso vela y es vigilante, a fin de vivir en la noche sin ser de la noche.

En las primeras cartas Paulinas, hallamos el eco de la exhortación evangélica a la vigilancia, especialmente en 1 Tes 5,1-7: “Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas; no durmamos, pues, como los otros; vigilemos más bien, seamos sobrios” (5,5s). Esta actitud vigilante exige sobriedad, es decir, la renuncia a los excesos y a todo lo que puede distraer de la espera del Señor.
La exhortación a la vigilancia por razón de los peligros de la vida presente se repite diversas veces en las cartas apostólicas (1Cor16, 13; Col 4,2; Ef 6,10-20); está formulada en manera particularmente expresiva en un pasaje que se lee todas las noches en completas: “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar” (1Pe 5,8).

Oración.
Encendemos, Señor, esta luz, como aquel que enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene. En esta primera semana de Adviento queremos levantarnos para esperarte preparados, para recibirte con alegría. Muchas sombras que nos envuelven, muchos halagos que nos adormecen.
Queremos estar despiertos y vigilantes, porque Tú traes la luz, la esperanza y la alegría más verdadera. ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Señor Jesús!