II Domingo de Pascua

II Domingo de Pascua

Lun, 05 Apr 21 Lectio Divina - Anno B

En este II Domingo de Pascua la liturgia nos lleva a contemplar que la aparición de Jesús Resucitado, el primer día de la semana, trae consuelo y libertad a los discípulos que están juntos, tras puertas cerradas por temor a los judíos; pero no solo eso, sino que con su aparición también está confirmando la veracidad de su Palabra, y da cumplimiento a las promesas pronunciadas días antes. De igual manera, el evangelista Juan nos relata dos apariciones del Resucitado: una el mismo día de la resurrección con la ausencia de Tomás uno de los once discípulos; y la segunda, ocho días más tarde, con la presencia de todos los discípulos.
Ante estas dos apariciones de Jesús, reflexionemos sobre estas cuatro realidades que el evangelista nos permite descubrir a lo largo de la perícopa: la paz, la acción del Espíritu Santo infundido por Jesús, el perdón de los pecados y la fe, los cuales son para el cristiano dones de Dios que le permiten abrirse a la gracia y a la salvación.

En el relato, el punto central se encuentra reflejado en el saludo de Jesús: “La paz esté con vosotros”, saludo que se repite tres veces en esta perícopa, por lo cual esto significa que la “paz” es sin duda alguna, la totalidad de los bienes.  Shalom en hebreo es paz, prosperidad, equilibrio, fecundidad, armonía, serenidad, integridad… Dar “paz” es dar todo lo bueno que tiene Dios y que quiere dar a los hombres. Dios da todo lo suyo, entrega a su propio Hijo; con esta expresión, comprendemos lo que dice el apóstol Pablo: “Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14). El mensaje del Señor es claro, nos está invitando a que aprendamos a vivir como familia de Dios en paz, porque lo es todo, la “paz” es Cristo. En efecto, los que gozan de la presencia de Cristo, es lógico que estén tranquilos y serenos.

Queridos hermanos, reflexionemos y acojamos el don de la paz que nos ofrece Jesús Resucitado; dejémonos llenar el corazón de su misericordia, para que sea nuestra fuerza y amor hacia nuestro prójimo y todos deseemos esta paz con las mismas palabras del apóstol Pablo: Y la paz de Cristo, que sobrepasa todo juicio, custodie vuestros corazones y vuestros pensamientos.    

«Recibid el Espíritu Santo». He aquí el regalo pascual de Cristo. El que había prometido. «No os dejaré huérfanos» (Jn 14,18), ahora cumple su promesa. Jesús, que había gritado «el que tenga sed que venga a mí y beba» (Jn 7,37), se nos presenta ahora en su resurrección como fuente perenne del Espíritu. Hemos de acercarnos a Cristo resucitado para beber el Espíritu que mana de Él, pues el Espíritu es el don pascual de Cristo.
También, la narración de este evangelio nos lleva a contemplar el soplo de Cristo sobre los discípulos, como signo de re-creación de la humanidad. El «insuflar» del aliento pertenece al aliento con el que Dios insufló en la nariz de Adán el aliento de vida (Gn 2,7; Sab 15,11). Jesús está ocupándose de una nueva creación. De sus discípulos hace personas que participan en el aliento divino y en la vital fuerza divina. Desde ahora el hombre que ha recibido este principio de vida pasa de la muerte a la vida.

Ahora bien, este don del Espíritu se vincula con el poder de perdonar pecados: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados». Jesús plantea el perdón de los pecados como una experiencia de gratuidad, de luz, de verdad, de comunión, de asombro, que solo el Espíritu del resucitado puede alcanzarnos, pues el don del Espíritu santo que les ha trasmitido Jesús a los discípulos y las palabras sobre el perdón son decisivos para la fe, la vida y el futuro de la comunidad cristiana.

Con este pasaje bíblico descubrimos que el perdón de los pecados no es algo que nos podemos dar nosotros mismos: no es así. El Papa Francisco en una audiencia afirmaba: “El perdón se pide, se pide a otro, y en la confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y Resucitado.” Que el Resucitado nos conceda este don precioso para nosotros mismos y para darlo a nuestros hermanos.

Por ultimo contemplar el tema de la fe como experiencia de encuentro a la luz de la imagen de Tomás, nos acerca con alegría y confianza a contemplar las llagas gloriosas de Jesucristo. De aquel Tomás dudoso, Jesús sacó el acto de fe más hermoso del evangelio. En el fondo, Tomás creía pero tal vez como le sucedió al hombre del evangelio dudaba de su fe; sin embargo en todos los casos Jesús siempre sale al encuentro del hombre, no le abandona, sino que le ayuda a fortalecer la fe; hermanos necesitamos del encuentro con el Resucitado  para continuar experimentando, viviendo y transmitiendo la fe.

Hermanos, la paz, la acción del Espíritu, el perdón de los pecados y la fe, que el Señor nos permite contemplar hoy son la certeza del amor misericordioso de Dios. Continuemos viviendo y celebrando en familia y como Iglesia esta alegría Pascual confiando que en Él tenemos la vida eterna.

Termino con un pensamiento de La Madre María Oliva fundadora de las Hijas de la Iglesia: Las Pascuas se pasan rápidamente y señalan nuestro camino hacia la Pascua eterna que la vida eucarística nos anticipa. Qué Misterio verdaderamente glorioso! Vivimos ya la vida eterna!  Por esto la Liturgia es siempre pascual y la Victima del altar es gloriosa también el Viernes Santo y Victima también en Pascua.