II Domingo del Tiempo Ordinario

II Domingo del Tiempo Ordinario

Lun, 11 Gen 21 Lectio Divina - Anno B

Celebramos el Domingo de la Segunda Semana del Tiempo Ordinario. Después del Bautismo de Jesús y de dar testimonio sobre él, Juan el Bautista le trasfiere dos de sus discípulos que, a su vez, llevan ante el Señor a Simón Pedro. Los primeros discípulos comienzan por escuchar la voz de Dios que les invita seguir a Jesús, primero en la boca de Juan y luego del mismo Señor en la intimidad de su compañía. La escucha atenta y la «vocación» de Dios son temas constantes del Antiguo Testamento, magníficamente descritos en la historia de la llamada del joven Samuel, modelo profético de los discípulos cristianos.

Texto
El cuarto evangelio desarrolla casi exclusivamente la función de Juan como introductor de Jesús. En el texto de hoy Juan presenta a Jesús a dos discípulos suyos y lo hace sirviéndose de una imagen figurada: el cordero de Dios. La imagen remite al sacrificio de los corderos en el Templo para la cena de Pascua. En el cuarto evangelio, en efecto, Jesús muere en las horas en que eran sacrificados los corderos que iban a ser comidos en la cena de pascua.

Contexto
El relato de Juan que leemos tiene lugar al tercer día de la "primera semana" de la vida pública de Jesús. Dentro del típico estilo joánico, la narración, sencilla, elemental (las preguntas, las reacciones, las observaciones, parecen cosas la mar de lógicas), presenta el recuerdo casi emocionado del primer encuentro con Jesús, que se convierte al mismo tiempo en la catequesis del proceso de todo discípulo que quiere acercarse a él. Y más aún, si queremos ir más al fondo en el simbolismo, presenta, en un solo relato, el paso del Antiguo Testamento (el Bautista) a la vida de Jesús y también a la alusión (por el cambio de nombre de Pedro) al futuro nuevo pueblo, la Iglesia.

El proceso del discípulo que se acerca a Jesús está lleno de significado. Por la palabra del profeta ("cordero de Dios": el Siervo a quien anunció Isaías y al mismo tiempo el cordero de la nueva Pascua), los dos hombres se ponen en camino de búsqueda.

Estructura del texto
La escena se hace después seguimiento tras Jesús por parte de los dos discípulos, en búsqueda del lugar donde Jesús vive. ¡Y sin embargo no se nos revela el lugar! A cambio, el autor ofrece una referencia de tiempo: serían las cuatro de la tarde.

De nuevo una referencia a las horas del sacrificio de los corderos. La escena es encantadora por su capacidad de sugerencia, quebrando la expectativa y la curiosidad del lector: éste se ve sorprendido por el desenlace, por cuanto que en él se le ofrece un dato que no buscaba (el tiempo) y se le oculta el dato que buscaba (el lugar), con lo cual su curiosidad por conocer ese lugar queda reforzada. ¿No será que el lugar al que el autor quiere referirse como lugar donde vive Jesús es la cruz?

La escena, en un tercer paso, se hace comunicación. El autor juega de nuevo con el factor sorpresa: del interés por el lugar y el dato sobre el tiempo nos pasa ahora a la persona misma de Jesús: es el Mesías.

Por último, y en un cuarto paso, el autor presenta el papel especial de Simón: el de Pedro.

El autor adelanta al comienzo situaciones y encuentros posteriores.

Meditación

– Desde su bautismo, Jesús formó parte de los discípulos del Bautista; va "detrás" de Juan y bautiza él también. No hay duda de que Jesús adquirió rápidamente ascendiente sobre sus compañeros, de manera que el movimiento bautista habría tenido entonces dos cabezas. Juan, "el amigo del Esposo", reconoció al "Cordero de Dios" y anunció que su misión de precursor había terminado. Y, al igual que el anciano Simeón, se llenó de gozo.

Los discípulos de Juan, que ahora se unen a Jesús, son todos galileos. Andrés, Simón y Felipe son de Betsaida: Natanael es escriba, medita debajo de la higuera, es decir, debajo del "árbol del conocimiento del bien y del mal", si damos crédito a la literatura rabínica (TOB). Discípulo de Juan y con compañeros galileos: los comienzos de Jesús son tremendamente humanos.

También esto pertenece a la encarnación.
Vieron dónde vivía y se quedaron con él. La vocación de los primeros discípulos es la resultante del testimonio dado por Juan en un proceso que culmina en Caná: vieron su gloria y creyeron en él (Jn 2, 11). La expresión "he aquí el cordero de Dios" pertenece en su formulación al evangelista como fruto de sus largas meditaciones teológicas pospascuales, puesto que presupone la muerte y resurrección de Jesús. Quizás el Bautista designó a Jesús como el servidor fiel, descrito como "cordero llevado al matadero", que sufre por los pecados de otros. Es opinión bien fundada.

¿Qué buscáis? El tema de la búsqueda de Jesús es repetido en Juan: la masa que quiere hacerle rey (6, 24), los judíos que quieren darle muerte (7, 19), los discípulos (18, 14), la Magdalena (20, 15). La búsqueda va siempre seguida del feliz encuentro que tiene como consecuencia el "irse tras él". Es toda una teología de la fe, de la vocación y del discipulado. Hay relaciones interpersonales. Los discípulos aún no han oído a Jesús, pero se fían de él. Más tarde obedecerán fiados únicamente en su palabra (Lc 5, 11). Se trata de la adhesión a una persona. Ha nacido la fe.

– Unos amigos, probablemente Felipe y Andrés (siempre juntos, por lo demás en el Evangelio: Jn 2, 40-45; 6, 5-9; 12, 20-21; Hch 1, 13), que son también discípulos del Bautista (v. 35), descubren al Mesías y le siguen. Este es el origen de su vocación apostólica. E inmediatamente previenen a sus hermanos o a sus conocidos (v. 41 y 45) y suscitan otras dos vocaciones apostólicas: Pedro y Natanael. Por consiguiente, tras este relato se encierra toda una teología de la vocación. La red de relaciones humanas puede contribuir al nacimiento de una vocación: amistad, conciudadanía, coparticipación de un mismo ideal en torno al Bautista, fraternidad según la carne, son las circunstancias de la vocación de cuatro discípulos. La vocación no es, pues, un llamamiento deshumanizado; adquiere consistencia en las relaciones humanas más naturales y más ordinarias. Y, sin embargo, la vocación es claramente llamamiento de Dios y de Cristo: la autoridad con la que Cristo cambia el nombre de Simón (v. 42b), la mirada que Jesús fija en Pedro y que dice muchas cosas (v. 42a), el conocimiento misterioso que Jesús tiene de Natanael (v. 48) y, sobre todo, el misterioso atractivo que ejerce el Señor sobre los dos discípulos de Juan Bautista (v. 38) ponen claramente de manifiesto que, por muy arraigada que esté en lo humano, la vocación es iniciativa de Dios. Así, la vocación, que es a la vez llamamiento divino y atractivo humano, prolonga en la vida de cada "llamado" el misterio del Hombre-Dios.

Por encima de esta escena tan sencilla de la vocación de los primeros apóstoles, Juan invita a su lector a desarrollos doctrinales importantes y válidos para todos los discípulos de Cristo. El relato gira en torno a unas palabras-clave: dos actitudes del discípulo: seguir y buscar (v. 37-38), y una triple recompensa: encontrar, ver y permanecer (v. 39 y 41). Para Juan, "seguir a Cristo" tiene una resonancia más escatológica que en los demás evangelistas: supone poner los medios requeridos para llegar un día allí donde " permanece" Cristo (cf. Jn 12, 26; 10, 9-10). Ahora bien, Cristo vive en una gloria adquirida por medio de la Cruz; es, pues, normal que el discípulo se abrace a su vez a esa cruz para seguir a Cristo (Mt 8, 34; Jn 12, 26).
El Cristo presente por la Encarnación y la Epifanía nos interpela y nos exhorta a seguirle de tal modo que sólo cambiando la dirección de nuestra vida y siguiéndole en concreto podemos decir que somos cristianos. De ahí que la gran pregunta de los primeros discípulos y la nuestra sea la misma: "Maestro, ¿dónde habitas?" Es decir, ¿en qué lugar, en qué acción, en qué hermano, en qué circunstancia o situación te encontraré para HACER lo que Tú hubieras hecho, lo que quieres que hagamos nosotros ahora?
Jesús, maestro, que siempre te busquemos a Ti y no andemos errantes buscando en otros lugares o filosofías modernas verdades a medias. Queremos estar contigo